Han pasado cincuenta años desde el alzamiento armado de Olama y Mollejones. Se le llama así por los lugares del departamento de Boaco donde ocurrió aquel acontecimiento protagonizado por un puñado de nicaragüenses ejemplares, liderados por Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, los cuales estaban convencidos de que la lucha armada era el único y último camino que dejaba la dictadura somocista para luchar por la libertad y establecer un sistema de gobierno democrático en Nicaragua.
Lamentablemente el alzamiento armado de Olama y Mollejones terminó en el fracaso. Al respecto, cuando se conmemoró el 45 aniversario de aquella gesta patriótica y libertaria, hace cinco años, el director de LA PRENSA, ingeniero Jaime Chamorro Cardenal, quien fuera uno de los expedicionarios de Olama y Mollejones, expresó que: “El destino hizo que se frustrara nuestro propósito. No obstante, dejamos al menos constancia a las futuras generaciones que, a pesar de nuestra inexperiencia, improvisación y falta de recursos logísticos, hicimos lo posible por derrocar a una nefasta dictadura. Por desgracia para Nicaragua no logramos nuestros empeños”.
Ahora tenemos que decir que, para mayor desgracia, el pueblo nicaragüense sigue sin lograr el empeño de ser libre y vivir en una democracia segura. Pero hay que advertir que también sigue la lucha por alcanzar los ideales de los expedicionarios de Olama y Mollejones y de todos los nicaragüenses que han vivido, luchado y muerto por la libertad.
Hoy la situación de Nicaragua es diferente a la de hace cincuenta años, cuando el episodio de Olama y Mollejones. Pero al mismo tiempo es muy parecida, pues como la historia avanza en forma ascendente, pero en espiral, a veces las situaciones del pasado se repiten bajo nuevas formas, tal comolo explicara el gran historiador británico Arnold J. Toynbee, el mismo que sabiamente dijera que: “el mayor castigo para quienes no se interesan por la política, es que serán gobernados por personas que sí se interesan”.
Cuando ocurrieron los sucesos de Olama y Mollejones, a mediados de 1959, la familia Somoza había confirmado su determinación de permanecer en el poder a cualquier costo y para siempre. Los hijos del general Anastasio Somoza García no aprendieron la funesta lección del asesinato de su padre, ocurrido el 21 de septiembre de 1956. El mensaje de aquella tragedia era que debían dejar el poder y permitir el cambio democrático de manera cívica y pacífica, pero ellos creían que Nicaragua era su hacienda familiar. Hasta que fueron sangrientamente derrocados.
Sin embargo, para desgracia de Nicaragua, después del derrocamiento del somocismo en julio de 1979 se impuso otra dictadura, que en muchos aspectos resultó peor que la anterior. Sólo por la debacle económica que causaron los nuevos dictadores, por el empuje de la guerra campesina contrarrevolucionaria, por las presiones internacionales y el crecimiento de la oposición cívica interna, fue que los comandantes sandinistas hicieron unas elecciones amañadas en 1984. Y después, en 1990, se vieron obligados a permitir elecciones libres, vigiladas por observadores internacionales, las cuales produjeron el cambio de gobierno y el establecimiento de una democracia, por primera vez desde fines del siglo 19.
No obstante, en la actualidad, aunque en condiciones diferentes Nicaragua está otra vez en la misma o parecida situación: desgobernada por un autócrata autoritario que quiere permanecer para siempre en el poder por medio del fraude electoral y la reelección amañada, gracias a pactos amorales con opositores colaboracionistas, mediante la represión y la restricción de la libertad y los derechos de los ciudadanos. O sea lo mismo que el somocismo e igual que la primera dictadura sandinista. Pero también los ciudadanos demócratas están de nuevo luchando contra el autoritarismo, contra la dictadura, contra el fraude electoral, contra el continuismo y la reelección.
Ahora la batalla es cívica, no armada como la de hace cincuenta años en Olama y Mollejones. Pero es batalla de todas maneras, e igual que dijera el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en la proclama de los insurrectos de Olama y Mollejones, acerca de que ellos llevaban a Dios en tienda de campaña, debemos decir que en la actualidad también llevamos a Dios en tienda de campaña cívica y pacífica, con la fe en que mediante la lucha del pueblo otra vez Él va a favorecer a Nicaragua con el don de la democracia y la libertad.