Hace poco más de un mes, Manuel Zelaya fue forzosamente separado de su cargo como Presidente de Honduras. Esta acción desató unos días de febril actividad por parte de sus aliados del Alba que, hábilmente, lograron la solidaridad para el derrocado mandatario del SICA, el Grupo de Río, la OEA y hasta la Asamblea General de la ONU. Hay que reconocer que Daniel Ortega jugó un papel protagónico en montar este respaldo prácticamente universal para Zelaya.
Con esta coalición internacional, muchos apostaron a que Zelaya regresaría rápidamente a Tegucigalpa para asumir la presidencia, apoyado por una sublevación popular y por la presión internacional.
Éste era el guión en que confiaban los paladines de la democracia “directa” o “participativa” latinoamericana como Chávez, Morales, Correa y, por supuesto, Daniel Ortega. A estas alturas del juego, sin embargo, la estrategia de Mel y sus aliados no ha surtido efecto.
En primer lugar, el plan del Alba estaba basado en la restitución rápida de Zelaya. No contemplaba una lucha prolongada que, con cada día que pasa, consolida a las autoridades en Tegucigalpa y debilita la coalición internacional que apoya a Zelaya. Para muestra sólo un botón. El circo aéreo de presidentes latinoamericanos que acompañó a Mel en los primeros días de su peregrinación por el continente, y que lo hizo célebre, se ha desintegrado. Los mandatarios se han visto obligados a retornar a sus países para atender los múltiples problemas que enfrentan en sus propias pulperías.
Segundo, nunca se produjo la sublevación popular en Honduras, que era el otro elemento esencial de la estrategia albista. Más bien, el país parece haber regresado a la normalidad, aunque su economía ha sido golpeada —al igual que la de sus vecinos— por el “aislamiento” de Honduras. No olvidemos que Puerto Cortés es el puerto más importante no sólo de Honduras sino que de Nicaragua también. Y no perdamos de vista que los disturbios en la frontera provocados por Zelaya están contribuyendo a una importante disminución en el tránsito pesado centroamericano ocasionando pérdidas millonarias para la economía de Nicaragua.
La falta de una sublevación interna a favor de Mel Zelaya ha sorprendido, sin duda, a algunos que desconocen dos realidades políticas hondureñas. La primera es que su democracia representativa ha progresado mucho desde los años de las dictaduras militares y que es mucho más sólida que, por ejemplo, la nicaragüense. Y la segunda es que Zelaya es un huérfano político en su propia patria. No cuenta con el apoyo de ninguno de los poderes del Estado, ¡ni del partido que lo llevó al poder! Es más, poderosos elementos de la sociedad, como la Iglesia católica y los medios independientes no ven con buenos ojos su retorno inmediato a Honduras.
Tercero, con el pasar del tiempo, cabezas menos calientes y más objetivas han entrado en acción. Surgió una mediación de la compleja crisis política hondureña por parte de una persona cuyas credenciales como estadista son incuestionables. Me refiero a Oscar Arias, presidente no sólo de Costa Rica sino que pro-témpore del SICA y Premio Nobel de la Paz. Con Arias hay supervisión adulta.
Cuarto, Zelaya y sus aliados han cometido equivocaciones serias. Por ejemplo, Mel sigue amenazando que a su regreso realizará su “consulta” popular que desembocaría en una Asamblea Constituyente que permitirá su reelección. En lugar de confesar la equivocación que le costó la presidencia —su “encuesta” inconstitucional—, arrepentirse de su pecado y demostrar un firme propósito de enmienda, Zelaya ha demostrado que sigue comprometido con el mismo plan que resultó en su derrocamiento.
Por otro lado, el equipo negociador de Zelaya rechazó el “Acuerdo de San José” propuesto por Oscar Arias ¡a pesar de que éste le hubiera permitido el retornar a la presidencia! El equipo del Gobierno hondureño fue mucho más astuto, más moderado. Ofreció estudiar la propuesta y continuar negociando. Esta actitud le costó puntos a Zelaya internacionalmente y se los ganó a Micheletti.
Otras equivocaciones de Mel fueron hacer un llamado a la insurrección en Honduras al igual que su temerario intento de forzar su entrada en territorio hondureño y, más recientemente, su amenaza de enmontañarse con el manojito de hondureños que lo acompañan en Nicaragua, ilegalmente, por cierto. Hasta la fecha, estos pronunciamientos no han pasado a más que el teatro político que Zelaya nos ha ofrecido durante el último mes. Pero no nos equivoquemos, Zelaya en las Segovias representa un detonante que en cualquier momento, con cualquier cálculo errado, podría desembocar en un trágico derramamiento de sangre. Con razón la Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, ha tildado su presencia en el norte de nuestro país de temerario.
Las equivocaciones no sólo las ha cometido Zelaya. Después de prudentemente guardar silencio, Hugo Chávez —el pasivo más grande de Zelaya— no se aguantó más y el domingo pasado reventó. En un discurso virulento, Chávez arremetió contra los Estados Unidos y Oscar Arias y los acusó de pretender descarrilar el tren bala que Insulza y la OEA pretendían montar para el retorno inmediato de Zelaya a la presidencia. ¡Con amigos como Chávez, Zelaya no necesita de enemigos!
Más de un mes y contando. Zelaya ya debería de percatarse que el camino a Tegucigalpa se le ha complicado y que pasa por San José y Washington, no por Managua y Caracas. También debería de comprender que pasa por deponer sus ambiciones dictatoriales y retornar a la mesa de la negociación en lugar de persistir con su estrategia de la imposición, que ya fracasó.