Ninguno de nosotros imaginaba, a pesar de tener conciencia de los riesgos, que aquella tarde calurosa de julio iba a terminar como terminó.
Desde los primeros días de junio de 1959, igual que todos los años en esa época, los estudiantes comenzábamos a llegar a León desde diferentes puntos del país. Para la juventud nicaragüense, o al menos para la parte privilegiada de ella que había concluido el bachillerato, todos los caminos iban a León.
“León copa de borde quebrado” como le llamara Salomón de la Selva era la ciudad a conquistar. El primer paso en el camino al futuro. Lejana, aunque sólo estuviese a noventa kilómetros de Managua, se comunicaba únicamente por tren con la capital, hasta fines de 1957 en que se concluyó la carretera que une a las dos ciudades.
Bordeando el lago y atravesando pequeños pueblos en cuyas estaciones ferroviarias estallaba la vida en una algarabía de voces que ofrecían cosa de horno, quesillo y tiste helado, el tren viejo, enfermo y cansado, cumplía el milagro cotidiano de cubrir en todo un día los noventa kilómetros entre Managua y León.
A su paso iban quedando el lago y el volcán, los que vuelven a su sueño cotidiano cuando alzan el vuelo los últimos pájaros del atardecer, y los pueblecitos, polvosos y olvidados, que apagan sus voces y recobran el silencio cuando el tren se pierde en la lejanía.
En los pasillos de la Universidad los estudiantes se reencuentran y abrazan, se comentan las vacaciones, las lecturas, e invariablemente se habla de política, de la situación del país, de la lucha contra la dictadura, del tercer año de Luis Somoza al frente del Gobierno después de la muerte de su padre a manos de Rigoberto López Pérez, de los 25 años (¡un cuarto de siglo!) que lleva ya la dictadura somocista en el poder (!nos faltaban todavía 20 años!), de la consolidación de Anastasio (el otro Somoza) al frente de la Guardia, de las próximas elecciones para el Centro Universitario, de los nombres de los futuros dirigentes estudiantiles, y de la ausencia de Carlos Fonseca entre nosotros ese año de 1959.
Se dice que Carlos se ha ido para organizar el movimiento revolucionario, pues a la dictadura habrá que vencerla con balas y que la lucha armada a través de una vanguardia organizada sustituirá la retórica vacía de los partidos y los políticos.
En el país, desde octubre de 1956, mandaba Luis Somoza, algunos le llamaban el bueno, ¡milagros de la relatividad!, seguramente lo comparaban con su hermano menor, Anastasio, al que derrocaría la Revolución, galardonado ya por los crímenes de los Héroes del 54, y las torturas y muertes de los rebeldes del 57, los asesinatos de Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva y por el horrendo crimen contra el jovencito, patriota y revolucionario, Ajax Delgado.
Nos movíamos pues en un marco histórico determinado por varios acontecimientos, por varias reacciones armadas contra Somoza: el 54, el 57, el General Raudales, en 1958; Olama y Mollejones, con Pedro Joaquín Chamorro al frente, en 1959. En el futuro inmediato, en 1960, se produciría la aparición de Fernando Agüero como líder de la oposición, el Movimiento Armado de Indalecio Pastora y La Toma de los Cuarteles de Jinotepe y Diriamba. El año de 1961 y con él la fundación del Frente Sandinista estaba ya a las puertas de la convulsionada historia nicaragüense.
En medio de todo eso León, y en medio de León la Universidad. La población de León, buena y sencilla, austera y valiente dio siempre prueba de su generosidad y anchura de sentimientos. Nosotros, los estudiantes, en medio de la tragedia del 23 de julio de 1959, fuimos testigos y destinatarios de su nobleza y generosidad.
Por la tarde del 23 nos reunimos en el Paraninfo de la Universidad en asamblea estudiantil bajo la presidencia de Joaquín Solís Piura. Yo dije el último discurso antes de salir a la calle. Habló también Rafael Ugarte, mi compañero de casa de estudiante. Otros dos estudiantes de primer ingreso que compartían conmigo la misma casa de estudiante en el hogar del Dr. José Machado Sacasa y doña Blanca Castaño de Machado, Chuno Blandón y Carlos Calvo, se encontraban también esa tarde en la asamblea y en la manifestación. En el curso de la manifestación hablaron, entre otros, Rafael Cabrera, Carlos Calvo, Julio César Briceño y Fernando Gordillo; los tres primeros estudiantes de primer ingreso.
La barbarie desatada por la guardia de Somoza en contra de los universitarios provocaría, junto a decenas de heridos, la muerte de José Rubí, Sergio Saldaña, Eric Ramírez y Mauricio Martínez. El sacrificio de los jóvenes universitarios reafirmaría para siempre en esa generación el rechazo a la dictadura, el caudillismo, la represión, la perpetuidad en el poder y cualquier forma de despotismo a la vez que consolidaría en la conciencia de esa juventud valores fundamentales como la libertad, la justicia y la democracia.
Después de la agresión brutal, los guardias y los empleados municipales, tratarían de lavar con mangueras la sangre de la calle; pero esa sangre había marcado para siempre a la Guardia de Somoza y a la juventud universitaria nicaragüense, delineando definitivamente las fronteras de dos campos irreconciliables.
Por la noche fue la velada fúnebre en el Paraninfo de la Universidad con los cadáveres de cuerpo presente, durante la cual el CUUN realizó en una de las aulas del segundo piso del edificio central la reunión que dejaba abierta la sesión permanente. Los que pudimos reunirnos lo hicimos y suscribimos un acta histórica, condenando el crimen, responsa-bilizando a la dictadura y comprometiéndonos a continuar luchando contra ella. El acta original quedó en poder de Humberto Obregón Aguirre, el Secretario de Actas y Acuerdos del CUUN, fallecido trágicamente en un accidente de automóvil hace ya varios años.
Afuera, la noche densa y sin estrellas envolvía la vieja ciudad y su tristeza, hasta que ese rumor sordo y apagado que empezaba a murmurar desde el mismo corazón del silencio se transformara en clamor y acción que tiempo después derrocaría a la dictadura y cambiaría la historia de Nicaragua.