La Organización de Estados Americanos (OEA) debió haber hecho en el caso de Honduras, inmediatamente después de que Manuel Zelaya fue derrocado el domingo 28 de junio pasado, lo que ahora está haciendo el Presidente de Costa Rica, Oscar Arias. Es decir, mediar entre las partes y ayudarles a encontrar un acuerdo mutuamente satisfactorio y beneficioso para toda la nación hondureña.
Como dijimos en esta misma columna editorial el jueves 2 de julio corriente, “una salida viable de las honduras de la crisis en que se han metido tanto los que depusieron a Manuel Zelaya como éste mismo, quien con sus abusos provocó el golpe de Estado de nuevo tipo o de baja intensidad que lo derrocó, sería que con la mediación de una autoridad internacional responsable y respetada por todas las partes, se acordara la reinstalación de Zelaya en el poder presidencial hasta que finalice su período en enero del próximo año. Pero esto bajo el compromiso estrictamente vigilado de que Zelaya no insistirá en su irresponsable pretensión de cambiar el sistema democrático hondureño, por un régimen autoritario como el de Hugo Chávez en Venezuela o el de Daniel Ortega en Nicaragua”.
Sin embargo la OEA prefirió el uso de la fuerza, para tratar de restaurar a Manuel Zelaya en la presidencia de Honduras, mediante la fracasada operación cuasi militar del domingo 5 de junio que fue dirigida o coordinada por Hugo Chávez desde Venezuela, la cual causó dos muertos y estuvo a punto de provocar un baño de sangre.
La verdad es que con el caso de Honduras la OEA se ha desenmascarado. Ahora esta organización de gobernantes es influenciada por fuerzas que están minando la democracia. La OEA sólo mira con el ojo izquierdo. Ve el derrocamiento del chavista Manuel Zelaya en Honduras y actúa con energía para tratar de reinstalarlo en el poder, pero ignora los golpes de Estado graduales contra la democracia que realizan los gobernantes autoritarios de izquierda. Tales son los casos, por ejemplo, del fraude electoral que perpetró Daniel Ortega en los comicios municipales del 9 de noviembre pasado para adueñarse a la brava de más de tres cuartas partes de las alcaldías de todo el país; de los cambios de correlación de fuerzas políticas en los órganos legislativos mediante pactos, arbitrariedades y sobornos, desconociendo la voluntad popular que eligió mayorías democráticas. Así ocurrió en Ecuador y ha ocurrido en Nicaragua, donde el pueblo eligió 54 diputados democráticos y 38 del FSLN, pero ahora éste tiene la mayoría parlamentaria. Y tal es el caso de Venezuela, donde las atribuciones y presupuestos de los gobiernos democráticos municipales elegidos por los ciudadanos, han sido arrebatados por el gobierno del militar izquierdista autoritario Hugo Chávez.
De manera que la OEA ha perdido la autoridad política y moral para actuar como amigable componedora en un grave conflicto político de repercusiones internacionales, como es la crisis gubernamental de Honduras. De allí que la iniciativa de mediar entre las partes enfrentadas a fin de buscar una salida pacífica y legal a la crisis hondureña, la haya tenido que asumir el presidente costarricense Oscar Arias, quien dicho sea de paso, según información de La Nación, de Costa Rica, ha dado una excelente demostración de tacto político y diplomático al recibir y tratar en iguales condiciones a Manuel Zelaya y a Roberto Micheletti, a uno como el Presidente de Honduras que fue elegido por el voto popular, y al otro como el Presidente hondureño interino que ha sido designado por el Congreso Nacional.
A juicio del mandatario costarricense, las negociaciones entre los dos presidentes hondureños pueden durar dos días o dos meses. Se habla de la posibilidad de un intercambio de amnistía para Manuel Zelaya e indulto para quienes lo derrocaron. Se menciona la posibilidad de que Zelaya pueda retomar la presidencia sin ánimo revanchista, con garantía de gobernabilidad y el compromiso de iniciar un diálogo de reconciliación nacional. Se dice que Zelaya podría renunciar a su intención de reformar la Constitución y establecer en Honduras un régimen autoritario y arbitrario como el de Chávez en Venezuela y el de Ortega en Nicaragua. Pero eso lo deben resolver los mismos hondureños. Lo importante es que se ha abierto el diálogo y que la OEA ha quedado fuera de la búsqueda de una solución democrática de la crisis, porque carece de la autoridad política y la calidad moral que se requiere en estos casos.