La frase con la que titulo esta columna no es una amenaza, ni siquiera es “pleito”, fue pronunciada por una madre a su hijo el día que celebraban que el joven se había ganado una beca para estudiar en el extranjero.
La madre, una colega, me contaba que le dijo: “Andate, aprovechá para prepararte y ni se te ocurra regresar a este país”.
Son palabras difíciles de una madre para un hijo, pero no extrañas en esta Nicaragua que hemos “construido”. El otro día, conversando con dos jóvenes periodistas en la Redacción me decían algo similar, que ellos se irían de este país en la primera oportunidad que tuvieran. “Yo no me he ido porque no he podido”, me dijo uno de ellos. Y cuando le pregunté por qué quería irse, su respuesta no pudo ser más clara: “Porque éste es un país de mierda, don Eduardo”.
Yo entiendo pero no comparto estas opiniones, sobre todo porque yo estuve fuera, viví en Miami durante 13 años y regresé en la primera oportunidad que tuve, pero en realidad ésa es la actitud de miles de nicaragüenses que desde hace rato se refleja en las encuestas.
¿Entonces no debería asustarnos? Creo que es para asustarnos. Pero también para preguntarnos ¿qué país estamos construyendo? Bueno, no estamos construyendo en realidad ningún país. No hay la menor idea de respeto para el país, para las reglas, para el orden y cuando todo eso falta, el resultado no puede ser menos que desastroso.
Y no digo esto con el ánimo de presentarme como un ciudadano ejemplar, no estoy cerca de serlo, pero creo que deberíamos tomar conciencia de esta situación para comenzar a cambiarla. Al menos los que queremos quedarnos aquí.
El gran problema se refleja en hechos sencillos, no es necesario recurrir a los ya aburridos ejemplos de los políticos. Ayer, por ejemplo, cuando conducía hacia el Diario venía escuchando la narración de un periodista de Radio Nicaragua que describía la llegada al aeropuerto del Presidente de Taiwán, Ma-Ying Jeou, y en un momento empezaron las notas de nuestro Himno Nacional, pero el periodista ni se inmutó y siguió con su perorata.
Seguí conduciendo y a escasas cuadras un joven botaba la basura en la acera, como si de ahí iba a desaparecer por arte de magia, en el otro carril iba una pareja en moto, sin cascos protectores, y ya casi llegando al Diario me encontré la infaltable escena de un carretonero echando basura a uno de los cauces de la ciudad. Cada una de estas personas haciendo su pequeña acción del día para destruir nuestro país. Y seguro yo hice la mía sin darme cuenta.
La gran pregunta es ¿cómo lo empezamos a cambiar? La respuesta de cajón es a través de la educación, pero por ser de cajón no quiere decir que sea falsa. Es cierto, la respuesta correcta es la educación, pero ¿quién nos va a educar si todos estamos en la misma ignorancia?
Pero el problema no es de educación en el sentido de saber leer y escribir, sumar y restar; sino del medio en que vivimos, de la cultura que nos rodea. Digo esto porque ahí tenemos el ejemplo de los miles de nicaragüenses que han recibido escasa educación aquí, han sido expulsados por esta sociedad y en otros países han logrado desarrollarse con éxito y decencia.
Curiosamente también hay nicaragüenses que han recibido excelente educación en el extranjero y regresan aquí para comportarse como sinvergüenzas. Entonces no es sólo educación. Es el ambiente, la cultura.
La esperanza es que hay gente, no políticos gracias a Dios, que están buscando qué hacer para cambiar esa realidad, y una de esas personas me regaló un folleto en el que se recogía una frase que habría dicho Albert Einstein: “Los problemas que enfrentamos no pueden ser resueltos con el mismo nivel de pensamiento que teníamos cuando los creamos”. En buen nica: hay que cambiarse el casete.