Mientras Rubén Darío utilizaba la pluma para darle identidad a Nicaragua y Augusto Sandino su fusil para hacerla libre, Alexis Argüello apeló a sus puños para llenarla de orgullo a través de una excepcional carrera boxística.
Y aunque aún no se termina de asimilar su repentina muerte y las causas que la provocaron se mantienen en el misterio, el legado de Argüello está intacto y su marcha a la eternidad lo hará insuperable.
Alexis ha sido la más genial aparición en el deporte nacional. Aun cuando su inicio no fue deslumbrante, pronto llegó a mostrar el material que llevaría a convertirlo en un monarca mundial y en uno de los mejores de la historia.
Su primer gran impacto lo ofreció el 23 de noviembre de 1974, cuando en Inglewood, California, se impuso en 13 rounds a Rubén Olivares y lo despojó de la corona pluma.
Luego de cuatro defensas, saltó a las 130 libras y le arrebató el cetro a Alfredo Escalera y salió airoso en ocho exposiciones de esa corona, al extremo de llegar a ser nombrado el mejor boxeador ligero júnior de la historia por varias publicaciones.
Posteriormente atrapó la corona de las 135 libras, que estaba en poder del escocés Jim Watt. La defendió en ocho ocasiones también, para luego saltar al casillero wélter júnior, con el propósito de ceñirse un cuarto cetro, pero Aaron Pryor se lo impidió en dos oportunidades.
SIN COMPARACIÓN
Pero Argüello no necesitaba nada más para inmortalizarse. Su boxeo fino y elegante, y con el poder necesario para borrarle el mundo a cualquiera de un sólo porrazo, lo mismo que su humildad y el esmero con que siempre atendió a la gente, ya lo habían hecho incomparable.
A la hora de los combates era un fiera incontrolable, dueño de un jab asesino y una derecha destructora. Podía noquear con cualquiera de ellas, pero por lo general realizaba obras de demolición ante sus rivales.
Cuando la pelea concluía, volvía a adquirir su tranquilidad y esa figura inocente y atractiva hasta para los niños. Se le vio siempre pendiente de sus rivales y una vez que los combates terminaban, por lo general los abrazaba. Ahí comenzaron a llamarle el “Caballero del ring” y ciertamente merecía ese título.
Su popularidad fue inalterable aun cuando fue utilizado por los diversos gobiernos. En una ocasión se le vio sobre un caballo de Anastasio Somoza en Estelí y se le asoció al régimen de ese dictador, desterrado en 1979.
Posteriormente apareció cobijado con una bandera roja y negra del Frente Sandinista en una defensa de su título ligero júnior, para más tarde unirse a las fuerzas antisandinistas, luego que éstos le confiscaron sus propiedades tras su triunfo.
Y aunque había jurado que jamás se metería en política de nuevo, volvió a la palestra al correr y ganar como Vicealcalde de Managua junto a Dionisio Marenco, desde donde más tarde saltó a la silla edilicia, puesto que ocupaba al acabar con su vida.
Aún con esos bandazos, su calidad boxística y su sencillez como persona mantuvieron siempre a salvo la admiración.