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En círculos por viejos y tristes caminos
Álvaro Taboada Terán
El autor es doctor (Ph.D) en Relaciones Internacionales.
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Curiosamente, cuando leí los resultados del reciente referendo venezolano que aprobó con 54.36 por ciento la propuesta chavista (reelección indefinida en cargos públicos) recordé parte de una vieja canción argentina “Caminos de Camatamarca”: “un pueblito aquí… un pueblito allá y un camino largo que baja y se pierde”… un camino largo, que baja y se pierde… la trágica historia hispanoamericana. Reiteradamente enlutada por caudillos, retrasada por caciques “elegidos por la historia”. Los mismos que han exacerbado la endémica inmoralidad cívica y el atraso de la región (atraso agudizado por un crecimiento poblacional que anula con frecuencia al crecimiento económico). “Camino largo”, serpenteante, casi circular, que se pierde frecuentemente en la penumbra del desencanto. Qué bueno es para los caudillos tener siempre pretextos (las potencias extranjeras) para culpar a otros del fracaso propio. Ayer España, después Inglaterra, hoy Estados Unidos, mañana… siempre habrá alguien.

Eufórico, Chávez celebró su triunfo como algo inédito en Iberoamérica: Inicio de una era dorada, profundización del “socialismo del siglo XXI”, proyecto cuyas diferencias con el arcaico social-despotismo familiar castrista no acaba de explicar el chavismo. Este evento legaliza la opción al continuismo propio del viejo caudillismo tradicional. Se usaron los recursos del Estado para intimidar adversarios y atraer votos con estrategias populistas insostenibles. En esencia, Chávez es adalid de la modalidad “caudillismo siglo XXI”: Asciende por voto popular (sin violencia inicial), luego degenera las instituciones y reprime para perpetuarse.

Convenientemente, el chavismo olvida que fueron caudillos quienes destruyeron al “Padre Bolívar”, quien cercano a su final expresaba “He arado en el mar”…. “En Latinoamérica no queda otro camino que el de emigrar”…. Naturalmente, estas palabras, final trágico del Libertador, son menos populares para el chavismo que la advertencia de Bolívar contra la futura hegemonía norteamericana cuando vio, asombrado, el crecimiento exponencial de la entonces recién nacida república estadounidense. Era una república poseedora de una clara visión estratégica de futuro, visión inexistente en la dirigencia iberoamericana. Los resultados no demoraron.

Indudablemente, la esencia de los males de la Iberoamérica independiente yace en su seno. Por citar un ejemplo, México tuvo unos 50 presidentes entre 1821 y 1860. Tras la guerra emancipadora y el corto reinado del caudillo-emperador Iturbide, México perdió 100 millones de dólares por la inseguridad reinante: diez veces (entonces) el presupuesto nacional.

Iberoamérica fue territorialmente fragmentada por iberoamericanos. El caudillismo (“novedad” chavista) abundó en Iberoamérica desde inicios de su historia republicana. Hubo caudillos poco conocidos fuera de su tierra: Cerda, Argüello, o Cleto Ordóñez. Otros, de diversas épocas, resultaron más famosos: Carreras, Justo Rufino Barrios, Zelaya, Estrada Cabrera, los dos Anastasio Somoza.

La trágica historia mexicana fue marcada por caudillos: Iturbide, Santa Ana, y hasta Juárez (prócer cuya muerte natural impidió otra reelección), Porfirio Díaz. Vemos la historia del Sur plagada de caciques: Gaspar Rodríguez, de Francia; los Solano López, Rosas, Urquiza, Perón… (¿Seguirá esta huella la corrupta dupleta de Néstor y Cristina Kirchner?)

Las más diversas repúblicas han sido azotadas por sus caudillos como por plagas de distintos colores y variadas consecuencias: Victoriano Huerta, Juan Vicente Gómez, Velasco Alvarado, Pérez Jiménez, los hermanos Trujillo, Duvalier, Stroessner, Manuel Noriega, Mariano Melgarejo, los hermanitos Castro Ruz…

A pesar de su variedad, los regímenes caudillistas poseen rasgos estructurales comunes: socavamiento de las instituciones y la manipulación de sus fachadas para beneficio personal y partidario, corrupción de la sociedad por el clientelismo, el soborno, el chantaje y la amenaza. Otros rasgos: el machismo y los círculos de “hombres de confianza”, colocados por encima del Derecho. La naturaleza primitiva del caudillismo evita la modernización del Estado, la creación de aparatos burocráticos efectivos y modernos, y retuerce o anula las reglas democráticas de sucesión: invita a sangrientas guerras civiles o instala prolongadas tiranías.

Dichas características estructurales limitarán inexorablemente al “novedoso” modelo chavista, cuyo reciente e ilegal triunfo nace de convocar a un referendo sobre una propuesta rechazada en un todavía reciente referendo anterior. Las instituciones servilizadas pueden bendecir las violaciones contra los principios legales y contra los pueblos, pero no pueden mejorar la naturaleza sociológico-política de un sistema, ni la dinámica que erosiona su legitimidad.

Aún en su derrota, la oposición al chavismo ensanchó sus bases. Aprendió que debe unirse, trabajar más con el campesinado, presentar un discurso convincente, y un sólido proyecto alternativo no simplemente antichavista. Tendrá oportunidades en las elecciones legislativas si el Gobierno las celebra limpiamente.

Venezuela superará eventualmente al chavismo, pero ya ha sufrido otro atascón con diez años de “neosocialismo” y lo que falte. Al reanudar su camino, la brecha con las sociedades prósperas habrá aumentado: es la vieja historia. El camino largo que baja y se pierde… en la recurrente maraña de demagogos que culpan a otros por los fracasos que ellos provocan en Iberoamérica.

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