Todos los años, a mediados de febrero, los estadounidenses celebramos el Día de los Presidentes, un feriado federal dedicado a honrar a los cuarenta y tres hombres que han ocupado la Presidencia desde 1789. No todos ellos han sobresalido por sí mismos. De hecho, algunos fracasaron en diversas maneras. Pero todos fueron electos democráticamente. Todos gobernaron sujetos a la Constitución. Y aquéllos que fueron derrotados para la reelección salieron voluntariamente. Nunca los estadounidenses han tenido que convocar al ejército, o recurrir a las cortes, para sacar a alguien de la Presidencia.
Dos de los más grandes presidentes de los Estados Unidos, George Washington y Abraham Lincoln, nacieron en febrero, y el feriado actual proviene de nuestro deseo de reconocerlos. Washington estableció el estilo de la Presidencia cuando insistió en ser llamado simplemente “Presidente”, negándose a aceptar la oferta de un título más monárquico.
De carácter modesto y físicamente imponente, Washington no tenía el inquieto intelecto de Jefferson, la sabiduría campechana de Franklin, o la estricta disciplina de Adams, sus talentosos contemporáneos y líderes nacionales por mérito propio. Pero él sí tenía su respeto y admiración. Él fue un hombre de integridad intachable y un carisma notorio. Cuando la joven nación estuvo en medio de dificultades —la Guerra de Independencia, la fraccionada Convención Constitucional, los primeros años de la República— todos buscaron su liderazgo.
Al momento de su muerte, unos años después de abandonar la Presidencia, Washington había pasado la mayor parte de las últimas tres décadas de su vida al servicio de su país y de su pueblo. En el proceso, se convirtió en un estadista modelo. Él nunca buscó el beneficio personal en la Presidencia y de hecho, gastó gran parte de su fortuna personal en apoyar la causa de la libertad y la democracia. Su conducta impuso el ejemplo de costumbres modestas y de tolerancia en estilo para todos aquéllos que le han sucedido en la Presidencia. Después de su funeral, un amigo escribió sobre él: “Washington fue el primero en la guerra, el primero en la paz, y el primero en el corazón de sus conciudadanos”.
En tanto que Washington enfrentó una serie de retos existenciales, Lincoln tuvo que enfrentar la mayor crisis en la historia estadounidense, la desintegración de la unión. Nacido en la entonces frontera del país, en gran parte autodidacta, humilde en apariencia y propenso a la melancolía, Lincoln fue un héroe insólito.
Aún cuando enfrentó la amenaza de la secesión, él quizás tomó la decisión más difícil que cualquier estadounidense ha hecho jamás: él declaró la guerra para preservar la unión. En el transcurso de esta amarga y sangrienta lucha, que lanzó a hermano contra hermano y al Norte contra el Sur, expandió el propósito de la guerra al favorecer la abolición de la esclavitud, elevando la batalla de sobrevivencia nacional a una cruzada por la libertad y la justicia.
Al hacerlo, Lincoln dio fundamento a los nobles sentimientos de Jefferson, expresados en la Declaración de la Independencia, que “todos los hombres son creados iguales, que el Creador les otorga ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad”.
La dura tarea de gobernar tuvo terribles consecuencias físicas para Lincoln, que estaba pálido y demacrado cuando tomó la palabra en su segunda toma de posesión en un día gris en marzo de 1865. Cuando se aproximaba al podio, las nubes se abrieron y un sol brillante abrió paso. En su discurso, que duró unos pocos minutos, él prometió dar fin a la lucha “sin maldad hacia ninguno; con caridad para todos” y de conseguir “una paz justa y duradera, entre nosotros, y con las demás naciones”. La guerra llegaría a su final en poco más de un mes y un asesino daría muerte a Lincoln muy poco después.
La fama de Washington y Lincoln, la estima que les ha conferido el pueblo estadounidense, se basa sólo en parte en los logros que alcanzaron. En igual medida su ejemplo, los valores que respetaban y defendieron, su coraje y su integridad contribuyen a su fama, a su aura. Ambos eran hombres con defectos. Ambos conocieron los fracasos durante sus vidas: Washington tuvo más batallas perdidas que ganadas; Lincoln fue derrotado en su única campaña para senador. Aún en los momentos de gran dificultad, en tiempos de profunda desesperación, ellos superaron los retos directamente y emergieron más fuertes y confiados.
Ellos también entendieron explícitamente que el juicio de la historia, y no la efímera opinión de amigos y enemigos, era el último veredicto del carácter de un hombre y el juicio final de sus acciones.
Los estadounidenses han emitido su opinión acerca de Washington y de Lincoln y ahora los llaman héroes. Por esa razón, celebramos el Día de los Presidentes, sus vidas y su legado.