La política es una ironía permanente que a menudo engaña hasta a sus mismos jugadores. Hay quienes con una “jugada” que aparentemente les asegura una cuota adicional de poder a cambio de entregar los ideales de sus electores piensan que han ganado, cuando en verdad lo han perdido todo porque han visto la política como una subasta de compra-venta.
El electorado pasa la cuenta cada 5 años y ahora más que nunca en la política nicaragüense ha quedado claro quién es quién en la Asamblea Nacional ante los ojos del más humilde ciudadano. A como hay ganadores de mentira, que son perdedores de verdad, en política, también hay perdedores de mentira que en realidad son ganadores de verdad. Es una cuestión de plazos y tiempos.
Eduardo Montealegre es un perdedor aparente, pero en realidad es un ganador de verdad porque no ha traicionado la voluntad del 62 por ciento mayoritario del electorado que le dio su voto a la democracia, o que al menos no votó por el sistema antidemocrático que se quiere instaurar en Nicaragua disfrazado de “institucionalidad” mediante el control paulatino de todos los poderes del Estado y de los medios de comunicación.
Los que fueron electos con los mismos votos, pero que traicionaron la voluntad popular, no volverán a contar con el favor del 62 por ciento del electorado y seguramente tampoco, una vez pasado el juego político coyuntural, tampoco contarán con el favor de sus aliados del 38 por ciento, para quienes tampoco son gente de fiar porque ellos mejor que nadie saben de lo que son capaces de hacer en la subasta política.
Es la eterna lucha entre aquéllos para quien el fin justifica los medios y aquéllos para quienes el fin no justifica los medios. Para el político moderno, el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para poder ayudar al pueblo, para servir. Para el político tradicional el poder es un fin en sí mismo y para permanecer en el poder el mayor tiempo posible se pueden doblegar ideologías, ética, moral, principios cristianos.
Si para conservar o ampliar el poder (logrando en las elecciones una aparente cuota mayor) hay que hacer fraude, bienvenido sea. Si para mantener el fraude, hay que desoír las voces del pueblo, de la Iglesia católica, de la comunidad internacional, aún a costa de perder la cooperación económica en la difícil situación que vive el país ante la crisis mundial, pues se mantiene el fraude.
Son ganadores de mentira, al igual que los que pensaron que para escalar la cima de las comisiones y de la directiva de la Asamblea Nacional había que pactar nuevamente, había que intermediar en ese último capítulo del pacto, mediante se le cedió el control de la Directiva de la Asamblea Nacional y las Comisiones a los representantes del 38 por ciento a cambio del sobreseimiento definitivo del doctor Arnoldo Alemán.
Los del 62 por ciento, que seguramente cuando llegue el momento de las elecciones del 2011 serán muchos más, ante el evidente fracaso económico y social que ya se siente del gobierno minoritario Ortega-Murillo, jamás olvidarán esto cuando estén frente a la urna electoral depositando su voto.
Entonces será el momento de descubrir al contar los votos —si es que no permitimos el fraude— que los ganadores de verdad serán los que ayer parecían perdedores, los que mantuvieron sus principios en alto a costa de muchas penalidades, los que no traicionaron los ideales del 62 por ciento y los perdedores de verdad serán los que hoy son ganadores de mentira.
Así es la vida, en política, a veces lo que parece ser no es en realidad, pero hay algunos que compran espejismos y se conforman con vivir un espejismo por algún tiempo, que desearían que fuera eterno, hasta que la realidad se impone con la crudeza de siempre. La política es una ironía permanente que a menudo engaña a sus mismos jugadores.
¿De qué servirán las vallas, las fotos gigantes anunciando nuevas victorias, los arbolitos de Navidad malgastando la energía eléctrica, las flores plagando las tarimas, los rezadores en las rotondas, el fraude electoral? ¿Un nuevo autoengaño?
Si no recuerdan, ¿se acuerdan lo que pasó el 25 de febrero de 1990?