Hace un año, todo parecía indicar que el Gobierno cubano tendría mucho que celebrar cuando cumpliese en enero el quincuagésimo aniversario de su revolución.
Si bien se estimaba que Fidel Castro seguiría “apartado” del manejo diario del poder, ya se habían disipado las dudas sobre la capacidad de su hermano Raúl de mantenerse detrás del timón. Además, los prospectos económicos eran alentadores: con los precios del níquel exportado por las nubes, el boom turístico y el petróleo subsidiado de Chávez, las tasas de crecimiento se disparaban.
Todo cambió debido a cuatro huracanes. Tres climatológicos y uno financiero. Con daños que superan los US$10,000 millones, el paso de los huracanes Gustav, Ike y Paloma por la isla, en pocas semanas consecutivas, destrozó la ya deficitaria producción agrícola, dañó extensamente la infraestructura y dejó a cientos de miles de personas sin hogar. En paralelo, el ciclón de la recesión global abatió los precios del metal antes señalado (fuerte fuente de divisas), y amenaza con moderar el flujo turístico. Eso sin contar con los aprietos predichos para Hugo Chávez, Presidente de Venezuela.
Según Phil Peters, vicepresidente del Lexington Institute, un think thank no partidista con sede en Washington, que sigue de cerca la economía cubana, “el impacto de los huracanes en la isla fue devastador”.
Más de 500,000 viviendas fueron destruidas y la producción de alimentos resultó golpeada de tres maneras diferentes”. Por un lado, la destrucción de las cosechas en sí. Por otro, “las autoridades también perdieron gran cantidad de productos cuando los almacenes en que se encontraban fueron destruidos”. Y, finalmente, un dato que se tiende a olvidar, “se perdieron las plantas, algunas de las cuales requieren varios años de crecimiento antes que comiencen a brindar frutos”, remarca Peters.
Debido a todo lo anterior, “hay un verdadero problema de seguridad de alimentos”, añade. “No estoy diciendo –aclara– que estén atravesando por una situación de hambruna, pero ahora tienen un reto que no tenían antes”.
La escasez comenzó a sentirse de inmediato en la calle después del paso de los huracanes. Incluso en La Habana, ciudad que se salvó de los peores golpes de Ike, Gustav y Paloma, los residentes se ven obligados a pasar hasta seis horas en cola para lograr adquirir alguna hortaliza.
“El tema alimentario toca fondo... La gente sólo sabe preguntar por comida”, relata la disidente cubana Yoani Sánchez, en su célebre blog Generación Y, que redacta desde la capital cubana, pese a la censura gubernamental (y a quien las autoridades prohibieron viajar para recibir el premio Ortega y Gasset de Periodismo en España y el Boobs, de la Deutsche Welle, en Alemania).
Pero lo peor se está viendo en las provincias de Holguín y Pinar del Río, las cuales sufrieron los golpes más duros de los ciclones. “Hay dos o tres lugares de la isla donde la situación se ha vuelto muy difícil”, comenta Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos. “Hay miles de casas sin techo, hay gente sin agua potable y que enfrentan un problema serio para conseguir alimentos”, agrega.
En el resto del país, se consiguen alimentos con más facilidad. Pero el estado de escasez se detecta en los precios de los productos en el mercado negro, donde un huevo ahora cuesta el equivalente de un tercio del salario promedio de los cubanos.
Y LA LISTA AUMENTA
La escasez ha llevado a las autoridades a tratar de combatir el ingreso de productos en este mercado y recientemente se arrestó a cientos de personas bajo cargo de vender productos sin autorización.
El problema básico es que Cuba debe ser muy cuidadosa con su cuenta de divisas. La destrucción de los sembradíos debería impulsar la importación de alimentos, pero ello no resulta tan simple a falta de moneda dura. Los precios del níquel, que –junto al cobalto– es una de las materias primas que exporta, descendieron desde los US$50,000 por tonelada en que se encontraban en 2007, a los US$15,000 por tonelada actuales.
Otro ítem de restricción es el impacto de la crisis de Estados Unidos en el envío de remesas. Se cree que la crisis mundial repercutirá en el envío de dinero de los cubanos exiliados, que actualmente se encuentra en el orden de los US$600 millones a los US$800 millones anuales.
Una segunda incógnita en la ecuación del financiamiento está en la industria turística. Hasta el momento, el flujo de turistas hacia la isla se mantiene estable. El Gobierno de La Habana dijo recientemente que espera cerrar con un total de 2.34 millones de visitas este año y superar los US$2,200 millones que obtuvo el año pasado. Sin embargo, la tendencia podría cambiar en 2009. España, Italia y Canadá, grandes aportantes de turistas, enfrentan fuertes desaceleraciones y crecimiento del desempleo.
Una caída de ingresos implica que el Gobierno tendrá dificultades para reparar los daños causados por el paso de los huracanes. El número de viviendas destruidas agrava aún más el serio déficit habitacional que ya enfrentaban los cubanos.
¿Puede todo derivar en un descontento abierto? “El Gobierno siente que puede mantenerse. Está completamente seguro de que el pueblo no se va a lanzar a la calle. El aparato de seguridad funciona, así que no están sumamente preocupados, porque no hay gran peligro”, dice Suchlicki.
Por su lado, Peters señala que esa estabilidad de ingresos con la que cuenta el Gobierno depende en parte de la asistencia que recibe de países amigos, como Venezuela, cuyos aportes en petróleo sumaron este año el equivalente de más de US$3,200 millones.
Bajo una óptica, la disminución en los precios del crudo amenaza con recortar severamente los ingresos del Gobierno venezolano, por lo que está por verse si el Gobierno del presidente Hugo Chávez seguirá brindando el mismo grado de respaldo. Pero bajo otra, el barril por los suelos hace menos costoso a Chávez intercambiarlo por servicios médicos.
Además, Cuba tiene un viejo amigo que ahora es su “nuevo” amigo: Rusia. “Los rusos están arrepentidos de haber abandonado a Cuba en los noventa debido a la evolución de su relación con Estados Unidos”, dice una fuente que siguió la visita de Dmitri Medvedev y prefiere la reserva. Pocos días antes, Igor Sechin, el viceprimer ministro ruso, entregó a Cuba un crédito de US$20 millones para inversiones en petróleo (prospección de aguas profundas) y níquel.
Más allá de ello, la gente común tiene por qué deprimirse. La escasez “ha puesto más en evidencia las profundas diferencias sociales entre los que pueden disponer de una reserva alimentaria, tablas y radio de baterías, y aquéllos que dependen exclusivamente de la gestión oficial”, denunció la valiente Sánchez en su blog.
“La voracidad por tomar ahora lo que mañana quizás ya no se oferte, hizo que los habitantes de un pueblo de Pinar del Río se liaran a machetazos para alcanzar las 100 tejas de asbesto cemento repartidas desde un camión”, reveló.
Hay un dejo de ironía que, a medio siglo de la revolución, sea un Presidente afroamericano estadounidense, y no un líder negro cubano, la principal esperanza de una vida mejor para Cuba. En tal contexto, el fin del embargo sería un huracán-desafío benéfico para el régimen de la isla.