El anuncio de Eduardo Montealegre de que su movimiento político se va a fusionar con el Partido Liberal Independiente (PLI), para impulsar la unidad de las fuerzas liberales democráticas y formar una amplia alternativa al contubernio pactista de Arnoldo Alemán y el PLC con Daniel Ortega y el FSLN, ha provocado reacciones diversas.
Por un lado, hay quienes consideran que esta decisión de Montealegre — a quien las encuestas sitúan como el principal líder de la oposición— es buena y necesaria. Pero otros creen que se trata de algo negativo, porque significa mantener la división del liberalismo que facilitó el triunfo de Daniel Ortega en las elecciones del 2006 y podría determinar que éste se mantenga en el poder por tiempo indefinido.
Pero la verdad es que Eduardo Montealegre y su movimiento político democrático ya intentaron la unidad con el PLC de Arnoldo Alemán, atendiendo a una extendida exigencia de las bases liberales y porque se creía que de esa manera se podrían ganar unas cien alcaldías de las ciento cuarenta y tres que hay en todo el país. Pero este objetivo no se pudo lograr por el escandaloso fraude que perpetraron el Gobierno de Daniel Ortega y el Consejo Supremo Electoral de Roberto Rivas. Y de todas maneras el PLC volvió a pactar con el FSLN, ahora para entregarle la Asamblea Nacional a cambio del sobreseimiento definitivo de Arnoldo Alemán de la sentencia a veinte años de prisión, que le impusieron en diciembre de 2003 por graves delitos de corrupción.
Es interesante la discusión sobre si fue positivo o negativo que Eduardo Montealegre y su movimiento liberal democrático se aliaran con el PLC de Alemán, y acerca de que mejor hubiera sido participar en las elecciones municipales de manera independiente, en la casilla del PLI y aliado con los ilegalizados Partido Conservador y MRS. Este debate es parte de la búsqueda del camino que conduzca a la derrota del pactismo libero-sandinista y a la recuperación o la conquista de la República de Nicaragua.
Sin embargo, a simple vista se puede apreciar que la alianza de Eduardo Montealegre y su movimiento político democrático con el PLC de Arnoldo Alemán, era necesaria; primero, porque si los liberales hubieran ido divididos a los comicios municipales de noviembre pasado, como fueron a las elecciones nacionales del año 2006, lo más seguro es que el FSLN los hubiera ganado limpiamente, o en todo caso con algunas trampas menores, sin necesidad de hacer el enorme y escandaloso fraude que finalmente tuvo que perpetrar coludido con el Consejo Supremo Electoral de Roberto Rivas Reyes.
Por otra parte, si Ortega y el FSLN no hubieran tenido que realizar el tremendo fraude que hicieron para imponerse a la brava sobre la alianza electoral de los liberales, el régimen orteguista no estaría ahora en la grave situación de ilegitimidad en la que se encuentra, repudiado por la mayor parte de la población nicaragüense y despreciado por la comunidad democrática internacional, la cual inclusive le ha suprimido o suspendido la cooperación externa para financiar el déficit presupuestario y el financiamiento de diversas obras públicas.
En realidad, lo irracional y absolutamente injustificado para Eduardo Montealegre y su movimiento liberal democrático, sería mantener la alianza con el PLC de Arnoldo Alemán después que entregaron la Asamblea Nacional —con todo y Junta Directiva y comisiones principales— a Daniel Ortega y el FSLN para que éstos avancen en su proyecto de restablecer la dictadura en Nicaragua. En estas condiciones, mantener esa alianza significaría subordinarse de hecho al plan pactista de reformar la Constitución para permitir la reelección de Daniel Ortega, o su continuación en el poder con el cargo de primer ministro, a cambio de que el FSLN acepte la petición del PLC de que el Consejo Supremo Electoral cambie de nombre y que la función de cedulación pase a una institución autónoma.
La tarea de rescatar las bases del PLC para la democracia —si esto es posible—, pueden continuarla líderes importantes de este partido que ahora están marginados, como Enrique Quiñónez y José Rizo. Pero Montealegre y su movimiento liberal, junto con el PLI, el Partido Conservador y el MRS, lo que tienen que hacer es impulsar la formación de la gran fuerza democrática que pueda derrotar y enterrar al orteguismo, junto con sus cómplices pactistas.