La visita de tres días a Nicaragua que hizo esta semana una delegación de alto nivel de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), la cual vino a examinar en el terreno de los hechos las denuncias de violaciones a la libertad de expresión y de prensa cometidas por el gobierno de Daniel Ortega, tuvo una gran repercusión nacional y tendrá sin duda importantes efectos para el ejercicio del periodismo libre en las adversas circunstancias gubernamentales que hay en este país. Y en todo caso es un aliento a la lucha por la defensa de la libertad de prensa, que es la tarea irrenunciable que realizamos todos los días.
Lamentablemente, la delegación de la SIP — la cual fue encabezada por su presidente, el periodista colombiano y director del diario El Tiempo, de Bogotá, don Enrique Santos—, no pudo reunirse con el presidente Daniel Ortega. El mandatario nicaragüense, que ha sido acusado o señalado nacional e internacionalmente como enemigo de la libertad de prensa, no quiso recibir a la delegación de la SIP. Y como es su mala costumbre, ni siquiera por cortesía elemental se dignó responder a la solicitud de entrevista que, con anticipación de tres meses, se le presentó a través de los canales apropiados. Más bien, por medio de uno de sus miembros más desacreditados debido a sus antecedentes políticos, el gobierno del presidente Ortega atacó e insultó a los representantes de la SIP, tal como los dictadores y sus sicarios políticos acostumbran atacar a todas las organizaciones y personas que promueven el respeto a los derechos humanos, y que defienden la libertad de las personas y de los pueblos, en este caso la de expresión y de información.
Sin embargo, esos ataques e insultos, aunque proyectan una fea imagen del Gobierno de Nicaragua y resultan desagradables para las personas honorables y de buena educación que las reciben, como son los directivos de la SIP, por venir de donde vienen hay que verlas con digna indiferencia. Como muy bien lo dijo el presidente de la SIP, Enrique Santos, al responder a preguntas de los periodistas sobre los ataques e insultos que el miembro del gobierno de Daniel Ortega lanzó contra la delegación internacional de periodistas: “Las dictaduras de derecha o de izquierda siempre han visto con malos ojos a la SIP. La han calificado de injerencista, de estar al servicio del imperialismo, de la oligarquía, calificativos que nos resbalan porque a nosotros nos respaldan sesenta años de lucha por la defensa de la libertad de expresión y de prensa, más allá de la ideología de los regímenes…”
Al respecto es muy importante señalar que la credibilidad de la SIP deviene no sólo de su larga trayectoria en defensa de la libertad de expresión y de prensa en el hemisferio occidental, sino también de la honorabilidad de sus miembros, así como del enfoque y el manejo equilibrado que dicha entidad y sus miembros dan a los asuntos profesionales de la información y al ejercicio del periodismo. La SIP no sólo es muy celosa en la defensa de la libertad de prensa, en la crítica a los gobiernos que la atropellan o la restringen de cualquier manera y que vejan a los periodistas independientes. La SIP también trabaja con mucha dedicación y vela por el mejoramiento continuo de la calidad técnica y editorial de los periódicos, y por la práctica del periodismo y por el ejercicio del derecho de información y la libertad de prensa con responsabilidad. Esto, para la Sociedad Interamericana de Prensa es un principio fundamental, pues del profesionalismo del periodismo se deriva “el nivel de confianza y respaldo de los lectores, que constituyen el máximo tribunal” de los medios de comunicación social, según se dice en un documento oficial de la SIP.
A eso se refirió expresamente el periodista colombiano Enrique Santos, en la conferencia de prensa que la delegación de la SIP ofreció el martes de esta semana por la tarde, al concluir su importante misión en Nicaragua. Responsabilidad profesional, cabe aclarar, que no significa ocultar información de interés público sobre funcionarios gubernamentales que invocan respeto a su privacidad personal porque no quieren que se conozca la asombrosa opulencia en que viven, en medio de la agravada pobreza del pueblo y a pesar de las políticas de austeridad que predica el mismo gobierno al que pertenecen y representan.