En el acto público del 14 de febrero de 2008, don Daniel Ortega acompañado por doña Rosario Murillo con quien comparte de facto el Poder Ejecutivo, y el CSE presidido por Roberto Rivas Reyes, convirtieron el masivo fraude del 9 de noviembre en un acto del Estado de Nicaragua con claras consecuencias jurídicas nacionales e internacionales.
En efecto, el violador de los derechos políticos de todos y cada uno de los votantes cuyo voto fue anulado, invalidado, ignorado o físicamente destruido, no es un simple funcionario sino el propio Presidente de la República que la Constitución obliga a defender dichos derechos. Es como si el presidente de la Junta Directiva de un banco se robara el dinero de los depositantes y de los propios accionistas. El fraude ha sido acompañado de insolencia, vulgaridad y crueldad al restregárnoslo su autor en la cara diciendo: “Lo hice, y qué!”
Es como si un violador lanzara a la calle —semidesnuda, morateada y mancillada con sus secreciones— a la mujer que acaba de ultrajar y, arrojándole al rostro sus prendas íntimas, le gritara con desprecio: “Andá a quejarte a donde querrás: ¡la culpable sos vos por torearme!... Y, además, a todos los policías y jueces los tengo comprados”.
Don Daniel Ortega juega con fuego al desafiar a la OEA, a la Unión Europea, a los países donantes y a toda la comunidad democrática internacional. El fraude del 9 de noviembre viola valores universales de la democracia y los derechos humanos consignados en la Carta Democrática de la OEA y en otras declaraciones e instrumentos internacionales de los que Nicaragua es parte. Hay precedentes sobre cómo atender estos casos con apego al Derecho Internacional.
Completando el vaciamiento de las instituciones de nuestro Estado republicano, Daniel Ortega ha asestado un zarpazo fatal a la Asamblea Nacional con la complicidad de políticos inmorales sometidos al caudillo del PLC, Arnoldo Alemán. Ante tan grave atropello, Nicaragua reclama nuestro apoyo para vengar el ultraje y conjurar la amenaza a nuestra existencia como nación libre y soberana.
En efecto, donde se instala una dictadura, la Constitución se convierte en papel mojado, el pueblo no puede ejercer su soberanía, desaparece la protección de la ley y se incrementa la pobreza de los sectores más vulnerables de la población.
Ante esta dramática situación que afecta negativamente a toda la región, Nicaragua nos interpela directamente: “…y vos —hijo, hija—, ¿con quién vas?” A este llamado de nuestra madre Nicaragua sólo cabe responder reafirmando nuestra voluntad clara e inconmovible de rescatarla de los colmillos de la víbora bicéfala, descrita en el Capítulo 13 del Apocalipsis como “un monstruo de siete cabezas y diez cuernos y cuyo número es el 666”.
¡Aquí estamos, Madre, con las armas del Derecho y la Justicia listos para defenderte y defendernos. Estamos de pie y no nos doblegaremos!
Además de la carencia de legitimidad y de la bancarrota moral del Ejecutivo, el Estado ya está en bancarrota financiera. Ni el propio Chávez, aplastado por el peso de sus promesas faraónicas, podría salvarlo. Los que han desviado millones de petrodólares hacia cuentas secretas en paraísos fiscales, no repatriarán jamás lo robado para subsanar el déficit fiscal. La incompetencia, corrupción e irresponsabilidad de los círculos del poder exceden lo tolerable. La devaluación está a la vuelta de la esquina.
Unidos y fuertes como los músculos del brazo poderoso de Andrés Castro, sabremos defendernos con las armas invencibles del civismo y de la resistencia, pacífica pero vigorosa e inclaudicable.
Ésta no es hora de veleidades, de proyectos personales ni de miopes intereses partidarios. ¡Es hora de Patria! Nicaragua está siendo agredida y Nicaragua somos todos.
¡De pie, soldados de la dignidad nacional! Nadie debe quedar al margen de esta nueva Guerra Nacional cuya culminación será un nuevo y esplendoroso San Jacinto en el que brillarán la grandeza de Nicaragua y la hidalguía de nuestro pueblo.