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Noticias >> Domingo
(La Prensa/Archivo)
Platón, la modernidad y la postmodernidad
Alejandro Serrano Caldera
El autor es filósofo y escritor nicaragüense
domingo@laprensa.com.ni
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Hablar de la presencia de Platón en el mundo de hoy podría parecer fuera de tiempo y lugar, si no fuese porque la fuerza de sus ideas ha atravesado los siglos y, de alguna manera, después de dos mil quinientos años, se niegan a desaparecer y a disolverse en el largo y tortuoso camino de la historia.

Tal vez podría decirse con mayor propiedad y justicia, que las ideas de Platón, más que de él, son de su maestro Sócrates, aunque este último circunscribió su enseñanza moral al ser, a su individualidad y esencia, en una filosofía primera, una metafísica y una ética que hace de la razón el origen y condición de libertad y dignidad del ser humano. Esto sin perjuicio de la relación dialéctica que estableció entre los valores y principios comunitarios, el ethos social, con la condición moral del sujeto particular.

Platón, y en esto reside su mayor originalidad y trascendencia, hace de la política, la condición de realización de la filosofía, la ética y la metafísica racionalista de Sócrates, las que adquieren así la máxima jerarquía filosófica y la condición más elevada en la que el ser humano puede realizarse y la sociedad alcanzar el orden frente al caos que es el mayor de los males.

República, una de sus obras cumbres que recoge los diálogos de Sócrates con Glaucón, Polemarco, Céfalo, Adimanto, entre otros contertulios, estará presente en la teoría y en la historia del Estado y sus instituciones y, me atrevería a decir, en la estructura institucional de la Iglesia a través de Pablo de Tarso, San Pablo, cristiano neo platónico que reprodujo en ella, con las debidas adecuaciones, la estructura jerárquica diseñada por Platón, empezando por las semejanzas entre el sumo Pontífice de la Iglesia y el Rey filósofo de la República.

La integración que hace Platón del pensamiento de Sócrates en la política, configura, como ya dijimos, su más importante dimensión filosófica. Su teoría del Estado, jamás realizada y jamás abandonada totalmente, está presente a lo largo y ancho de la práctica política de la humanidad. La idea de un principio ordenador de la vida social, religiosa y moral, se transforma en una constante histórica.

En este sentido podemos constatar que el poder público para los romanos, la sociedad teocrática en la Edad Media, la lógica y la estética en el Renacimiento, la razón y el Estado de Derecho en la modernidad, constituyen rasgos dominantes, en los que prevalece, de una u otra forma, la convicción platónica de la necesidad de un principio ordenador frente a la anarquía. No es sino en esta época contemporánea, llamada por algunos postmoderna, en que reaparecen tendencias orientadas a romper con la idea del principio ordenador, no sólo en la filosofía platónica, sino también en el pensamiento moderno. La deconstrucción o desmoronamiento de los modelos y sistemas filosóficos, científicos y políticos, constituyen rasgos dominantes de la post modernidad.

Para Karl Popper en su obra La sociedad abierta y sus enemigos, Platón es el máximo teórico del poder absoluto del Estado a cuyo interés subordina todo: filosofía, ética, justicia, principios morales y la propia naturaleza del ser humano, a la vez que destaca lo que a su juicio representa la influencia nociva ejercida sobre el cristianismo, señalando que aquéllos que “proclaman a la faz del mundo que su ética constituye el sistema más próximo al cristianismo antes de Cristo, no hacen sino abrir las puertas al totalitarismo y, en especial, a una interpretación totalitaria y anticristiana del cristianismo. Y eso no está exento de graves peligros, pues fueron muchas las veces en que el cristianismo sufrió la dominación de las ideas totalitarias. Hubo ya una Inquisición; actualmente bajo una nueva forma podría repetirse”.

Las críticas al totalitarismo de Platón se dirigen sobre todo a las ideas contenidas en República, en la que configura un concepto de justicia totalitaria que ordena, tal como él lo prescribe, que cada una de las clases sociales, haga lo que le corresponde. “Pero esta afirmación —dice de nuevo Popper— significa que Platón identifica la justicia con el principio del gobierno de clase y de los privilegios de clase. En efecto, el principio de que cada clase debe atender a sus propios asuntos significa, lisa y llanamente, que el Estado es justo si gobierna el gobernante, el trabajador trabaja y el esclavo obedece”. Otra era la actitud de Platón en obras anteriores a República, cuando la influencia de Sócrates sobre sus ideas era mayor, como aquella afirmación contenida en Gorgias, uno de los diálogos, en la que expresa que es peor cometer una injusticia que padecerla.

A pesar de estar en contra de los tiranos cree, sin embargo, no sé si en forma ingenua o intencionada, en el rey filósofo, síntesis política de virtud y sabiduría, en una sociedad en la que la justicia, según lo expresa, está garantizada por la ecuanimidad y rectitud del gobernante.

Lo que Platón no entendió, pero sí lo comprendieron perfectamente los filósofos de la Ilustración cuyas ideas, a fines del siglo XVII y en el siglo XVIII, crearon la modernidad política, jurídica y filosófica, e influenciaron las revoluciones inglesa y francesa que abolieron la monarquía absoluta, es que nunca, bajo ningún argumento o pretexto, se debe admitir la concentración de poder. Bajo ninguna circunstancia el poder debe concentrarse en una persona, sea ésta ilustrada o ignorante, justa o arbitraria, y que jamás su ejercicio debe estar por encima de las leyes y las instituciones.

Para entender un poco más a Platón, no para justificarlo, cabría decir que su preocupación central la constituyó la lucha contra la Grecia pre racional basada en el mito creado por Homero, Herodoto y Hesíodo, principalmente. Por eso vio en Sócrates la posibilidad de construir una nueva etapa en la civilización griega, que dura hasta hoy en la humanidad, fundada en la razón filosófica destructora del mito en el que Platón veía el reino del caos y del absurdo.

En ese sentido, lo fundamental en su filosofía es, como dice Ernest Cassirer en su obra El mito del estado, “la tendencia a unificar lo diverso, a convertir el caos de nuestras mentes, de nuestros deseos y pasiones, de nuestra vida social y política, en un cosmos, en un orden y armonía”.

La modernidad ha sido una rebelión contra Platón. La razón expresada en el Estado de Derecho y en los principios de legalidad y de legitimidad así lo demuestran. La post modernidad, por su parte, es una rebelión contra Platón, la modernidad y la propia razón, en tanto principio regulador de la vida individual, social y moral.

Uno de los mitos de la sociedad postmoderna es el de la libertad irrestricta de especulación de los mercados financieros, la desregulación de la economía, la afirmación de haber inaugurado la era de la post política, la pretendida subordinación del derecho al mercado y la reducción de las instituciones a mera correa de transmisión de los intereses económicos. El libertinaje del mercado financiero ha hecho volver los ojos al Estado, entendido no como poder absoluto, lo que es inaceptable, sino como necesario regulador de la vida social dentro de los cauces del Estado de Derecho, en el que deben prevalecer la subordinación del poder a la ley y el respeto a la libertad y a la dignidad de la persona.

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