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Managua
02:34 pm
25.01.09
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Noticias >> Domingo
(La Prensa/Archivo)
Noche del mal
Martha Solano Martínez
domingo@laprensa.com.ni
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El sonido intenso de las guitarras llegaba hasta la calle... chan-chan-pan-chan-chan-plash... Afuera varias siluetas negras yacían en las aceras, moviéndose ansiosas de un lugar a otro en espera del mejor momento para entrar al lugar. La escena parecía sacada de alguna película gótica, todo era oscuro y misterioso.

Iban de negro de pies a cabeza. Sobre las espaldas de sus camisetas unas cruces sangrientas y mensajes en latín invocando a la muerte. Mientras dominaban la calle como si fuera una huelga del 6%, los muchachos se entretenían fumando, “socializando”, escuchando de lejos el sonido seco de una batería y el grito áspero de alguien que no lograba decir nada. Al menos yo no entendía ni papas. Aquello parecía un intento de canción que por alguna razón me obligaba a seguir el ritmo golpeando la punta de los pies contra el piso.

No había alumbrado público, pero eso era más bien un punto a favor de esta tribu urbana que le puso nombre a la noche: Noche del Mal.

Se trataba ni más ni menos que de un concierto de rock. Ciento por ciento puro metal. Cinco bandas locales, un centenar de rockeros, mucha cerveza y un montón de humo se imponían en el pequeño patio de un bar normalmente tropical, donde siempre suenan una buena salsa o un merengazo, pero esta vez la mitad sabía a misterio y la otra a trópico.

El patio con paredes pintadas de naranja era el lugar de los metaleros. Ahí, un par de músicos que habían llegado del público fueron escogidos al azar para improvisar el inicio de la Noche del Mal. La banda que oficialmente lo haría había dejado plantado a su público, así que alguien debía resolver el problemita.

Con guitarra y batería prestadas, un par de leoneses, miembros de la banda Corpus Mors, comenzaron a interpretar las canciones de otras bandas, sus ídolos quizás, en espera de que la memoria les hiciera recordar a “Un millón de caníbales devorando un feto”, uno de sus canciones originales.

Frente a éstos, un grupo de adolescentes, delgados, mechudos, seguía los acordes con las guitarras imaginarias que sostenían y se agitaban sus cabezas dibujando círculos a medida que la música se volvía más “violenta”. Sus movimientos dejaban escapar un olor sutil a crema para peinar.

A la par de éstos, un trío de buscapleitos se preparaba para la acción. Como en toda sociedad, cada subgrupo juega su rol. En éste, los que entretienen llenan el escenario y en la periferia de los agresivos, están los simples espectadores y los que yo llamaría guardianes. Ésos que están listos para separar a los que se les pasa la mano en el mosh, una danza en la que golpearse es bailar.

A medida que pasaba el tiempo y las bandas iban cambiando, el patio se iba llenando. Dicen que lo mejor estaba al final del programa. En el reducido escenario los guitarristas trataban de no golpear al vocalista con el diapasón de las guitarras y de paso le guardaban un poco de espacio al batero que lucía arrinconado por los tambores de la batería.

Nemorhi y Fleshtorture fueron el plato de entrada. Entre gritos desesperados que seguía sin entender, tuve que preguntar qué cantaban. Por un momento me preocupé, tal vez estaba descubriéndome con un problema auditivo, pero no. Supe que los vocalistas muchas veces suelen cantar nada, es decir, gritan, sólo gritan como si fueran alguna niña histérica o un monstruo de ultratumba, pero es el chiste.

Al acercarse la medianoche, Maleficia y Ancestral amenazaban con cerrar con broche de oro (¿o de sangre?) tanto “Mal”. Eran las bandas más esperadas. El público se fue sumando frente a la pequeña tarima iluminada por tres focos amarillo y rosa que apuntaban a quemarropa las caras de los artistas. Unos minutos de silencio anunciaron el fin. Cinco músicos con las caras pintadas de blanco y sombras negras elevaron la euforia de los metaleros que esa noche invocaron a la oscuridad.

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