Metapa se llama hoy Ciudad Darío, pero Ciudad Sandino no está en Niquinohomo. Su nombre tan impronunciable para el turista podría ser de origen chorotega y significa, no por casualidad, “valle de los guerreros”.
No hay ríos, ni lagunas como en Masaya, Catarina o Nindirí, no es conocida por sus artesanos de barro como San Juan de Oriente, ni por el uso de la madera como el vecino Nandasmo, ni por sus sopas de mondongo como Masatepe, ni por sus brujos como Diriá y Diriomo.
Aunque tiene un baile güegüense y podría disputar su origen, sólo es conocido el de Diriamba. El único patrimonio de Niquinohomo es ante todo el General Augusto Nicolás Calderón Sandino.
Durante la década de los ochenta se hizo internacional porque en una esquina del parque estaba el museo del primer jefe de guerrillas de América.
Al museo lo bautizaron como la casa natal de Sandino, pero los niquinohomeños saben que ésa era la casa de su padre Gregorio y su madrastra América Tiffer. Ahí sin embargo, estaba todo el patrimonio del General, sus botas, un traje, sus armas y la biblioteca personal. Así es, estaban.
Una figura conocida para todos, Rosario Murillo, se llevó supuestamente los trapos que quedaban del General, dejó al pueblo desnudo y desapareció el museo. Niquinohomo se quedó vacío y aunque los turistas a veces se pierden porque creen que aún van a encontrar algo en esta casa esquinera que ahora es una biblioteca, salen decepcionados porque no queda nada del General de Hombres Libres.
Los vecinos ahora pueden decir con más tranquilidad que “en realidad ahí no es donde nació Sandino” y señalan la esquina diametral opuesta donde está la Farmacia Santa Ana, donde se supone que verdaderamente nació el famoso guerrillero.
En la otra esquina, un granadino de ojos verdes y su familia tienen una pequeña farmacia en una vivienda dividida por el dueño, el cuarto aledaño no lo venden, ni lo alquilan, ni lo usan, ni nada.
“Cuando me pasé dijeron que me iba a asustar Sandino, pero no se sabe a ciencia cierta dónde nació, pero la balanza se inclina a este lugar”, dice el granadino René García.
Pero hay otro lugar que se disputa el mérito de ser la cuna de Sandino. Se trata de una choza de paja que hace algunos años fue destruida por completo para levantar una casa de dos pisos con balcón y todo.
Como premio de consolación la Asamblea Nacional declaró a Niquinohomo Patrimonio Histórico de la Nación, más que todo por su iglesia barroca construida en 1663, dedicada a Santa Ana. Aquí nuevamente aparece la leyenda no escrita de Niquinohomo. En el atrio principal, Sandino, un vendedor de frijoles le dio un tiro a Dagoberto Rivas cuando salía de misa con su novia Melania Zambrana, porque lo estafó con granos malos.
Rivas le vendió medio saco de frijoles malos, pero los puso debajo de los buenos para que Sandino no se diera cuenta hasta después de pagarle. El futuro guerrillero no respetó la iglesia barroca ni a los santos, le disparó un tiro en la pierna que lo dejó renco para siempre y salió huyendo por veredas hasta llegar a México.
No es difícil encontrar a una persona en el pueblo. Ni siquiera se necesita llevar la dirección. Niquinohomo tiene unos 15 mil habitantes. Así que es fácil llegar a Iván Aburto, el muchachito de 12 años que acaba de ganar un premio de pintura en Taiwán.
Aburto está en el parque y los vecinos lo señalan, dan la referencia de su casa, el nombre de la madre, el padre y con un poco más de tiempo podrían contar los chismes más recientes de la familia.
Juega en el atrio de la iglesia, se quita los patines y va a mostrar sus pinturas en la casa, donde también funciona la Farmacia Fátima. Aburto es una de las dos medallas de bronce que tiene Nicaragua en un concurso mundial organizado por el Gobierno taiwanés. Son pocas las noticias que salen de Niquinohomo y su éxito debe significar algo aquí.
Su pintura ganadora retrata el paisaje de La Chureca en Managua, donde sólo conoce por fotografías, como también el río San Juan, el río Grande de Matagalpa, puestos en óleo en sus cuadros que su madre exhibe con mucho orgullo.
El pueblo no es conocido por su artesanía, de hecho los campesinos de las comunidades trabajan más que todo con bambú para hacer canastas de ésas que se usan en los mercados. Ningún material de exportación.
Su maestro es uno de los diez pintores del pueblo, un hombre delgado que pasa los 40 años y se llama Luis Romero. No es la primera vez que uno de sus alumnos gana un premio. Romero recuerda a un chico masatepino que llevó a exhibir un cuadro en Nueva York.
Alumno de Ricardo Morales en la escuela Nacional de Bellas Artes, Romero es maestro de pintura y dibujo, pero no en su propio pueblo, sino en el vecino Masatepe, porque no tienen una casa de cultura, aunque hay grupos de danza, teatro y pintores.
“Bautizaron a Diriamba la Cuna de El Güegüense, pero allá es más baile, aquí es teatral, se habla con la lengua náhuatl y en los sesenta estuvieron en Venezuela y Estados Unidos presentándose”, dice el pintor.
Niquinohomo tiene poco que ofrecer, pocos minutos se necesitan para conocer el lugar. Es una comunidad muy simple que apenas es mencionada en las noticias, y quizá por eso mismo, un lugar con ese misticismo semirrural que se va perdiendo en el Pacífico nicaragüense.
El pueblo tuvo apenas en los ochenta su primera calle adoquinada, pero cuando se creó el Museo Sandino, donde dicen que el General vivió su adolescencia, llegaban turistas de todo el país y de muchas partes del mundo. Ahora sólo los estudiantes de Niquinohomo acuden a buscar los libros de la biblioteca municipal.
Una de las casas natales era alquilada por la Alcaldía, pero en los noventa apareció un dueño, Fernando Calderón Villanueva, propietario de Radio Horizonte que se incendió en el 2001 y sobrino de Sandino.
Margarita Calderón, madre del guerrillero, tuvo siete hijos, todos de padres diferentes y supuestamente con posición económica, advierten los lugareños.
Una de las parientes cercanas de la Primera Dama Rosario Murillo, prefiere que omitan su nombre, pero es de las pocas personas que sobreviven en el pueblo que conocieron personalmente al General Sandino y la familia.
“Yo vine aquí de 12 años. Se me vino el tiempo que me casé y me quedé aquí. Yo conocí esa casa de taquezal y forrada con palmas de coco”, describe una mujer de 90 años que vivió su infancia a pocos metros de la actual biblioteca, donde vivieron el padre y la madrastra del general.
“Tenía 13 años cuando vino a Niquinohomo porque habían firmado la paz; los padres vivían en la esquina de la biblioteca, su mamá vivía en una casa de zancos, era una viejita”, recuerda.
Augusto “tenía cara de vieja”, era feo, chaparrito y arrugado, llevaba unas botas hasta casi la rodilla y un sombrero de fieltro, dice la mujer, en cambio, su hermano Sócrates era alto, inteligente y muy bien parecido.
Dice que lo despidieron con una comida en la tarde antes de irse a Managua y visitó a su padre porque estaban emparentados. A las tres de la mañana la noticia del asesinato llegó a Niquinohomo, habían matado a Augusto y Sócrates.
En una de las entradas del pueblo está una escultura de Sandino. El fantasma no aparece. Quizá también éste lo han robado y se pasea en alguna esquina de Managua. Niquinohomo se conforma con la memoria difusa de los testigos que van desapareciendo y las leyendas que se van formando para conservar al menos el patrimonio perdido del pueblo, aunque no se pueda tocar, ni exportar, ni hacer turístico.