¡Pasen adelante, vean cómo quedó todo adentro! ¡Vengan, pasen! La joven no paraba de sonreír. Con entusiasmo insistía en que las visitas vieran dónde había acomodado sus pocas pertenencias.
En el costado derecho de la casa de madera, una sábana separaba su nuevo cuarto de la sala, y a un par de metros de distancia, en el costado opuesto, una pequeña cama indicaba el dormitorio de su hermano menor.
Meyling Álvarez Luna sólo tiene 18 años y ya está estrenando casa. Es la cabeza de su familia y siente una alegría tan grande, tan grande, como la sonrisa con que describe su primera Navidad fuera de las latas sarrosas que formaban su hogar anterior.
“Ahora tengo bastante espacio para que el bebé y mi hermanito estén más tranquilos. Antes no hallábamos ni cómo dormir. La Navidad fue un poquito difícil, pero gracias a Dios todo salió bien. Me regalaron un pollo hermoso y el niño, Joel, se sacó una rifa. Todo fue a su tiempo. Yo estoy feliz, esta bendición no todos la reciben”, comenta, estrechando sus manos dando gracias.
El 20 y 21 de diciembre del 2008 fueron dos días excepcionales para cinco familias del barrio 30 de Mayo, al sur de Managua. Un grupo de jóvenes llegó dispuesto a construirles sus casas, gracias a la iniciativa impulsada por un salvadoreño y una chilena que trabajan con la organización Un Techo para Mi País.
El mensaje circuló a través de una cadena de contactos. Un Techo para Mi País vendría a Nicaragua y necesitaban manos voluntarias para echar a andar las primeras construcciones.
Luis Bonilla, director ejecutivo de Un Techo para Mi País en Nicaragua, recuerda que lo único que tenían claro era que debían “enamorar” a todas las personas posibles para que se sintieran comprometidas con su país.
“No sabíamos a qué ritmo crecería, no conocíamos las empresas, no conocíamos a la gente. Sí teníamos una expectativa y era simplemente que nos entendieran y se comprometieran, que sintieran lo que nosotros sentimos al ver un mundo injustamente pobre y falto de dignidad y que decidieran y pensaran en la acción”, comenta Bonilla a través de un correo electrónico.
Esas primeras construcciones que realizaron en diciembre pasado fueron el primer paso para ver qué tan difícil les sería trabajar en Nicaragua, pero con la solidaridad que caracteriza a este pueblo, la meta fue cumplida.
Carol Solórzano, estudiante de Comunicación Social de la UCA, fue una de las reclutadas. A ella le llegó la invitación a través de una cadena de amistades que conocían al salvadoreño Luis Bonilla. Otros amigos de Solórzano también se enteraron y se ofrecieron a trabajar en conjunto.
Durante tres meses tocaron puertas, llevaron cartas a las empresas en busca de apoyo y corrieron la voz para encontrar más manos voluntarias, tal a como lo hacen desde hace doce años los voluntarios que trabajan en los 14 países donde tiene presencia el proyecto.
Para esta chavala de 17 años, la experiencia ha sido enriquecedora. Según cuenta, con su idea de que “el mundo es bonito”, cuando vio por primera vez un modelo de las casas que construyen, “lo primero que pensé fue que me hubiese gustado tener una cuando estaba chiquita, para jugar”.
Pero ahora, consciente de los resultados de su esfuerzo, se siente impactada por la felicidad que llevan con tan sólo una estructura de madera de 6x3 metros, “un simple cuarto con techo de zinc en donde las familias esperan pasar un invierno tranquilo”.
En la casa de José Napoleón Zelaya, sus tres hijas arman una algarabía al ver llegar a “las voluntarias del techo”, Laura Lacayo y Carol Solórzano. Recuerdan sus caras, son las muchachas que llegaron hace un mes a hacerles la casa.
Arely, de 4 años, con un aire de confianza toma de la mano al fotógrafo de Domingo y le pide que le tome una foto sentada sobre las gradas que dan a su nuevo hogar. La niña está orgullosa.
La felicidad de estas tres niñas es nada más el reflejo de lo que sienten sus padres, Napoleón Zelaya y Jamileth Hernández.
Hernández es ama de casa y su marido, un vigilante que trabaja 12 horas seguidas todas las noches. Antes de recibir lo que ellos llaman “una bendición del Señor”, vivían en una casuchita de zinc, amontonados con la familia de su esposa. Padres, abuelos, hermanos, nietos, todos juntos.
Un día, llegó una muchacha preguntando quiénes vivían ahí, desde cuánto, cuánta gente, de quién era el terreno. Pasaron los días y después, otra vez llegó la muchacha.
—¡Buenas! —dijo. Era Javiera Serani, una chilena voluntaria que ha dejado su país para construir casas en Nicaragua.
—Pase adelante —le contestó Napoleón Zelaya.
—Mire, ¿aquí vive Jamileth? Es que ella salió beneficiada con una casa y queríamos saber si se puede.
Serani le explicó a Zelaya que lo único que debían pagar eran 130 dólares, divididos en dos cuotas. Los voluntarios se encargarían del resto. Zelaya aceptó y esperó con ansias el 20 de diciembre, ese día comenzarían a construir su casa.
“Para mí ha significado creer en Nicaragua, un país que apenas conocía, creer en su gente, creer en su compromiso. Nicaragua tiene un gran potencial, no sólo en reconocer su pobreza, sino en hacerse cargo de ella de manera integral, eso dado que existen las voluntades para hacerlo y grandes líderes tanto en las comunidades como entre los jóvenes”, comenta Serani.
Una característica que este par de voluntarios extranjeros encontró al llegar a Nicaragua, fue la disposición de muchos jóvenes para ayudar a los demás. Las manos sobraron y las cuadrillas que en otros países son normalmente formadas con cuatro y hasta ocho miembros, aquí se conformaron con once voluntarios.
“Me he enamorado de una realidad distinta que plantea muchos desafíos y que por su gente y su ímpetu me muestran un gran optimismo. Los jóvenes nicaragüenses y las familias en extrema pobreza tienen mucho que decir y estoy convencida que la sociedad nos abrirá un espacio y encontraremos la manera de trabajar todos juntos en la solución de un problema país, un problema latinoamericano. Me conforta saber que este desafío de acabar con la pobreza nos quema por dentro no sólo a mí en Chile, a Luis en El Salvador, sino a todos nuestros voluntarios acá en Nicaragua”, agrega Javiera Serani.
En Nicaragua, la primera meta que se planteó Un Techo para Mi País como proyecto permanente fue construir cinco viviendas en el 2008.
Para este año, la proyección es lograr beneficiar a 135 familias que viven en extrema pobreza, pero la cifra irá aumentando cada vez más, y a la vez, según explica Luis Bonilla, implementarán un proyecto de habilitación social, con el que impulsarán un plan de desarrollo sostenible para mejorar los ingresos económicos de las familias.
“Tenemos metas muy altas y no vamos a descansar hasta que todos los nicaragüenses puedan vivir de forma digna”, señala Bonilla.
Para Jimmy Varela, otro de los beneficiados del barrio 30 de Mayo, fue ver sonreír a su mamá. “Mi madre deseaba tanto una casita... La otra que teníamos era de zinc, estaba por caernos encima. Ya los cuartones estaban caídos, el zinc picado. Yo le agradezco a los jóvenes que estuvieron aquí estuvieron., eran once chavalos”, recuerda con una sonrisa burlesca.
Según Varela, la experiencia durante esos dos días de construcción fue inolvidable. “Yo puse de mi parte, también construi con ellos, incluso, a algunos hasta les tuve que enseñar a poner clavos porque ellos tenían las ganas de trabajar, pero no sabían cómo”, comenta.
En otra de las casas, la familia va a celebrar un culto evangélico en señal de agradecimiento. Napoleón Zelaya ya comenzó a hacerle mejoras y piensa hacer un pequeño porche con los restos de zinc de la casita anterior. Pero lo mejor de todo es que el espíritu solidario también contagió a estas familias que ahora, también se ofrecen como voluntarios para construir más casas a los que las necesitan.