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En Letra Pequeña
Fabián Medina
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Código de la mafia

En noviembre del 2007 los periódicos italianos publicaron lo que parecía ser el “código mafioso”, encontrado en la casa de un alto jefe de la mafia siciliana. “No se mira a las esposas de aquellos que son nuestros amigos”, establecía este código, que exigía además a sus miembros decir la verdad al ser interrogados por sus superiores y no robar a sus propias familias mafiosas. El asunto es que hasta una organización criminal, gente de la peor calaña, tiene que establecer sus reglas para funcionar.

Desconfiados

En noviembre también, pero del 2003, entrevisté a Daniel Ortega. Para ese tiempo, el pacto iba para su segunda parte y Ortega contaba la gran desconfianza que sentía de su socio, Arnoldo Alemán. “Todo lo que se pueda acordar con él yo siempre (lo reviso) con pinzas. Él es un tramposo. Un marrullero”, dijo. Supongo que la desconfianza es mutua.

Dando y dando

No es casualidad entonces que el viernes pasado, el pacto haya llegado a su mayor nivel de recelo. Daniel Ortega comenzó a soltarle el pescuezo a Arnoldo Alemán a la 1:45 de la tarde, la lectura de la sentencia duró unos 20 minutos, y simultáneamente comenzaba en la Asamblea Nacional la sesión mediante la cual se eligió al sandinista René Núñez como presidente del parlamento. Con los votos liberales, por supuesto. La desconfianza, no se quedó ahí. Una vez que comenzó la sesión, el acuerdo fue elegir en plancha. No vaya a ser que una vez libre, el “tramposo” y “marrullero” no quiera cumplir su parte. O que una vez electo el presidente, los sandinistas quieran más cargos.

Código criollo

Mi consejo es que, al igual que la mafia siciliana, los criollos deberían tener su propio código, y ya que no respetan a nadie, por lo menos que entre ellos se tengan algo de lealtad.

Bipolaridad

Un día vemos a un Daniel Ortega furibundo, ofreciendo “el acero de la guerra”, diciéndole “moscas” a los representantes de la Unión Europea, agradeciendo a la cooperación internacional que se haya ido “porque así somos más libres”, y otro día, este martes, Daniel Ortega aparece haciendo “un llamado a las fuerzas políticas de nuestro país, a que le demos un respiro a la Policía” porque “es determinante realmente que la polarización, la confrontación política, el andar de arriba abajo calentando confrontamiento, provocando, desaparezca”. Y ahí mismo lo oímos decir que va a “insistir incluso con la Comunidad Europea, habrá que buscar cómo abrir diálogo con ellos, cómo hablar con contrapartes europeas, para que en la medida de lo posible, puedan ellos aportar algo”. ¿Es el mismo Ortega o hay dos? ¿El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde?

Rotondas

Usar las rotondas como plaza pública es como —y dispénsenme el ejemplo escatológico— servir la comida en el inodoro de una casa. Las rotondas tienen, en primer lugar, una funcionalidad vial, sirven para agilizar el tráfico, y luego una función ornamental, hacen la ciudad más bonita. En diciembre pasado a nuestra primera dama se le ocurrió celebrar La Purísima en las rotondas. Managua colapsó. Desde agosto pasado, la misma doña Rosario Murillo mantiene a grupos de gente muy humilde en once rotondas de la capital, cuidándolas de no se sabe qué. Hasta letrinas han instalado ahí. Recuperemos la cordura. Usemos el comedor para comer, las rotondas para el tráfico y embellecer la capital, y las plazas públicas para que la gente se reúna. Es lo que el sentido común manda.

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