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Armas… no gracias. La paz se construye desde la niñez
Eva Sacasa G.
La autora es Directora del Programa Centroamericano de Control de Armas Pequeñas y Ligeras (CASAC).
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Escolares canjearon armas de juguete por cuadernos en Costa Rica, en Guatemala dijeron “no” al juguete bélico, “si nos gusta vivir, por qué jugar a matar”.

Eslóganes como éstos han formado parte de campañas de prevención de la violencia armada en varios países de Centroamérica donde niños y niñas nos dan una lección de prevención de la violencia. En Guatemala los niños y niñas también pintaron dibujos que dicen no a las armas. Es desde la más tierna infancia que se comienzan a formar los valores y modelar las actitudes de respeto a las personas y a uno mismo, de comunicación franca y abierta, de solidaridad humana. Los juguetes son símbolos que pueden contribuir a desarrollar una mentalidad agresiva o de paz. Regalar a nuestra niñez una pistola o un videojuego violento puede contribuir que se enseñe a matar, a lesionar, a sentirse poderoso, fuerte, a tener más estatus.

Durante el año 2008, Nicaragua destruyó unas 13 mil armas de fuego y Costa Rica 1,700. Con políticas públicas adecuadas se destruyeron armas que matan seres humanos. Estas prácticas contribuyen a la prevención de la violencia armada.

Tal vez no se perciba, pero las armas pequeñas y ligeras son también de destrucción masiva ya que mueren anualmente alrededor de 300 mil personas en el mundo por su causa y millones resultan lesionadas. Se estima que en el planeta circulan 875 millones de armas pequeñas y ligeras. El 42 por ciento de los homicidios ocurren en América Latina. Para la Organización Panamericana de la Salud, el índice normal de criminalidad es 0 a 5 homicidios por cada 100 mil habitantes por año. En América Latina y el Caribe es de 25, cuatro veces mayor a la de Estados Unidos, y casi 17 veces la de Canadá. En Centroamérica la tasa promedio es de 31 homicidios (en base al anuario estadístico regional del 2006), siendo las tasas más altas las del Salvador (58), Guatemala (48) y Honduras (44). Estando Nicaragua (14), Costa Rica (8) y Panamá (11) entre las tasas más bajas, no obstante, por encima del “índice normal”.

Estas cifras son aterradoras, pero sus consecuencias son peores. Se estima que el 14 por ciento del Producto Interno Bruto de la región se pierde por la violencia, limita los recursos económicos disponibles para satisfacer las necesidades básicas, ocasiona pérdidas patrimoniales directas o se destina parte del patrimonio a la protección de su integridad personal y sus bienes.

La violencia armada impide el desarrollo humano, social y económico, afecta a las personas y sus opciones para un proyecto de vida, limita el ejercicio de las libertades individuales, las probabilidades de una vida larga y saludable, inviabiliza el cumplimiento del estado de derecho, afecta la infraestructura colectiva, deteriora los valores para la convivencia democrática y las relaciones sociales, erosiona el tejido social, los vínculos de cooperación y la confianza en las instituciones (particularmente en las de seguridad ciudadana).

En la mayoría de las culturas, los hombres y las mujeres, lamentablemente vemos la violencia como elemento integral de la masculinidad. Los hombres, en especial los jóvenes, son la mayoría tanto de los actores como de las víctimas directas; más del 90 por ciento de las víctimas de homicidios por armas de fuego son hombres. Por otro lado, las mujeres, incluso las jóvenes, son afectadas por la violencia con armas de fuego de muchas formas.

Al iniciar el año 2009, invito a que reflexionemos sobre el rol de los estados para contribuir a una cultura de paz y de respeto a los derechos humanos de todas las personas, promoviendo que las comunidades, los y las ciudadanos/as ejerzan sus derechos en un clima de armonía, libres de amenazas a su vida, libertad, integridad física, psíquica y cultural, lo mismo que al goce de sus bienes, es decir, bajo un entorno de seguridad ciudadana.

Sigamos el ejemplo de los niños y niñas centroamericanos que han dicho: “Armas… No gracias”. Y desde las familias, las comunidades y las instituciones: identifiquemos qué podemos hacer como ciudadanos/as para contribuir a la construcción de una cultura de paz en Centroamérica.

Para comenzar, no regalemos armas de juguete. Nunca más.

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