Daniel Ortega Saavedra se apuntó ayer otra victoria, con la elección de la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional que le permite asumir el control del Poder Legislativo, el único en el cual no tenía predominio, después que gracias al entreguismo de Arnoldo Alemán y la cúpula corrupta del PLC, ya controlaba el Poder Ejecutivo, el Poder Judicial, el Poder Electoral, la Contraloría y la Fiscalía General de la República.
Por su parte, la oposición recibió una severa derrota con esa elección parlamentaria, pues habiendo sido mayoritaria en el Poder Legislativo por la voluntad popular que le dio 53 diputados en las elecciones de 2006, ha pasado a ser una fuerza minoritaria ante el FSLN, al que el pueblo sólo le permitió elegir 38 diputados.
Pero más que la oposición, es la democracia, el país, la aspiración de la mayoría de los nicaragüenses a vivir en libertad, democracia y paz, los restos de la institucionalidad democrática de Nicaragua, los que han sufrido una dolorosa derrota ante el poder absolutista de Daniel Ortega, que se fortalece con la entrega del Poder Legislativo que le ha hecho el PLC, a cambio del sobreseimiento definitivo de Arnoldo Alemán en la sentencia de veinte años de prisión que justamente pesaba sobre él por los graves delitos de corrupción cometidos cuando ejercía el poder presidencial.
Ahora, después de tomarse el Poder Legislativo que era el único bastión institucional que quedaba para la defensa de la democracia, de la libertad y de los derechos humanos políticos y sociales de todos los nicaragüenses, Ortega va por la reforma constitucional para reelegirse fraudulentamente en las elecciones del 2011, y dejar como minoría congelada y zancuda al otrora poderoso y orgulloso PLC, que se dio el lujo de derrotar contundentemente, en dos elecciones consecutivas, a la maquinaria política del FSLN.
Pero lo que ocurrió ayer en la Corte Suprema de Justicia y en la Asamblea Nacional, con todo y que ha sido un rudo golpe a la moral pública, a la decencia política y a la libertad, la democracia y los derechos humanos en Nicaragua, no significa que todo se ha perdido y que ya nada hay que hacer en esa lucha. En política no hay derrotas permanentes ni victorias definitivas. La lucha será ahora más difícil, pero las perspectivas están más claras y el liderazgo de los luchadores por la democracia y la libertad será más sólido y confiable.
Seguramente habrá que hacer de nuevo grandes sacrificios para reconquistar la democracia y recuperar la libertad, como en la lucha contra la dictadura somocista y contra la primera dictadura orteguista. Pero inexorablemente, de nuevo el pueblo democrático de Nicaragua se liberará de sus opresores y verdugos.
Lo más importante es no desmayar, no dejarse dominar por el derrotismo y la desesperanza, tener certeza de la superioridad moral de la lucha por la recuperación de la República democrática. Hay que fortalecer al sector liberal honesto. Hay que robustecer a la izquierda democrática. Hay que desarrollar a la sociedad civil independiente. Que los liberales decentes del PLC —que los hay a pesar de todo— liberen a su partido del caudillismo pactista y corrupto. Y que se unan todas las fuerzas sanas de la nación para resistir las embestidas de la dictadura que se viene encima y para derrotarla de manera definitiva.
La lucha por la libertad y la democracia sigue, Nicaragua volverá a ser República.