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Antigua Estación Central del Ferrocarril en la costa del Lago de Managua, la última parada del primer cinematógrafo que llegó a Nicaragua en 1899. LA PRENSA/Archivo Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica.
Una curisidad de feria (1899-1912)
Fragmento del libro A la conquista de un sueño. Una biografía del cine en Nicaragua, pronto a publicarse y reproducido a propósito del 113 cumpleaños del Cine (el 28 de diciembre de 1895)
Karly Gaitán Morales

A principios de diciembre de 1899 llega el primer aparato de cinematógrafo a Nicaragua, desarmado en el interior de un baúl metálico de color negro. La caja no causa ninguna expectación entre las maletas que van en el vagón de equipajes del Ferrocarril del Pacífico.

Pita el maquinista en la Estación Central de Managua al llegar desde León a las doce del mediodía, corren los muchachos hacia los encorbatados y ensombrerados pasajeros a ofrecer sus servicios de cargar equipajes por veinte centavos. Los llevan luego en los hombros o arrastrados con una pequeña patineta hasta el coche tirado por caballos que conducirá a los extranjeros hasta el hotel, a las señoras de vestidos largos a sus casas y a los comerciantes a sus tiendas.

El cargador baja, entre otras cosas, una caja donde se transporta el soporte rústico de metal y madera, pone a un lado de la primera maleta el grande y pesado bulto, un tomavistas marca Lumière.

Su propietario es un mexicano de apellido Lagarreta que se ha trasladado a Managua a tejer negocios con un compatriota llamado Estanislao Castaño, quien con el arte y el teatro se había hecho de una buena cuenta bancaria y de un chispeante nombre ante la alta sociedad nicaragüense.

En el mes de enero del año 1900 se realiza la primera exhibición de cine en el primer teatro que hubo en Managua, aquel famoso y añorado Teatro Castaño, edificado en unos terrenos que entonces pertenecían al Gobierno, en donde estaba la caballeriza y se guardaban los coches del Presidente de la República, José Santos Zelaya. La construcción duró dos años, se comenzó en 1894 y concluyó en julio de 1896.

Era un edificio de maderas preciosas, fachada imponente, con escalinatas y pasamanería dorada, espejos en algunas paredes, de cuatro pisos, balcones labrados, platea de cuarenta y seis butacas, luneta semicircular y una buena acústica por el retorno de sonido en la madera angular del techo y el delicado pulido en el piso de cedro. Debe su nombre este teatro al apellido de su propietario, que emigró a Nicaragua a finales de la década de 1880 llevando un circo acrobático que se presentó por el país. Don Estanislao, después de su gira, se estableció con su familia en una casa de arcos en la Avenida Central de Managua.

Durante el tiempo de la construcción, don Estanislao se preocupó por ser un reconocido empresario que se movía en un círculo social muy cercano al presidente Zelaya y a los alcaldes de Managua que cumplieron sus períodos en los años de la construcción; don Ramón Solórzano Zavala en 1894, don Lupertino Herrera en 1895, y don Félix Pedro Largaespada en 1896. Se ocupaba el señor Castaño, sobre todo, de agradar y ser un contador de chistes y hacedor de bromas negras, pero cuidadosas, con don Goyito Abaunza, el secretario privado del Presidente de la República. Estas estrategias teatrales, sociológicas y tácticas le facilitaron la movilización y logística de la construcción, como la importación de utilería y accesorios para el edificio, todo exento de impuestos.

Después de inaugurar el teatro se trasladó a la ciudad de Masaya y allí se quedó viviendo mientras construía su segunda sala con el mismo nombre. Al concluir la edificación decidió no volver a vivir en Managua y radicarse con su familia definitivamente en el centro urbano masayense.

El reloj público que se ubica en el rótulo de la Relojería Agustini sobre la cuarta calle oeste, marca las siete de la noche y el teatro revienta de gente. Va aquella alta sociedad a una función cinematográfica, es el invitado de honor el alcalde de Managua, el general Juan de Dios Moreira. Más que todo es por motivo de curiosidad que asisten y pagan su entrada en pesos plata, la moneda del momento.

Van los hombres de elegante casimir y las mujeres con sus vestidos largos y zapatos de hebilla al estilo Guillermina, muy de moda todo ello en la Managua de principios de siglo. ¿Cinematógrafo? Signos de interrogación rondan la cabeza de los curiosos que suben la escalinata del teatro apoyándose en la pasamanería dorada, otros conocían el fenómeno por las noticias leídas en las revistas europeas y centroamericanas. Una vez dentro de la sala oscura, conocedores o no del funcionamiento del cinematógrafo Lumière, se convierten en los primeros espectadores del cine en Nicaragua.

Según testimonios recogidos por el historiador Gratus Halftermeyer, esta primera noche de cine se proyectó “una película corta, no tenía argumento y estaba motivada en escenas al natural”. Las “escenas al natural” en el lenguaje periodístico de entonces significa que se hacía tomas de gente que caminaba, salía y entraba de sus casas y oficinas, sin actuaciones ni predisposiciones dramáticas.

A partir de entonces las proyecciones cinematográficas alternaban con las noches de teatro que se realizaban los jueves y domingos. Las semanas que no había una compañía sobre las tablas, dos muchachos utileros del teatro montaban el cinematógrafo con alguna película que don Estanislao mandaba a traer de México, a veces repetían las películas y la sala siempre se llenaba.

Ese año hubo una agenda muy exquisita en el Teatro Castaño. Por ser su propietario un mexicano las gestiones se facilitaban en cuanto a la puesta en escena de diversas obras montadas por compañías famosas e internacionales, que desde México trazaban una agenda en la que la sala del Castaño estaba incluida. Entre varias agrupaciones se presentó la famosa Compañía de Teatro Luque, en la que sobresalía el artista Ricardo Luque, con su actuación comiquísima y genial, que gustó mucho al público, ganándose ovaciones y risas.

La primera noche de cine en el Castaño puede considerarse como la llegada oficial del invento a Nicaragua, pero se registra en la historia del cine en Centroamérica la visita de franceses y estadounidenses que con el cinematógrafo en un baúl y casi siempre el visor en el ojo, recorrían la región filmando paisajes, personas, calles y edificios.

Es a partir de 1896 que se realizan estas visitas en el istmo como en todas las partes del mundo adonde estos aparatos estaban llegando a sofocar y excitar las emociones tanto de los espectadores como de los empresarios del teatro y del circo, porque representó un nuevo atractivo económico.

Como afirma María Lourdes Cortés, en su libro sobre la historia del cine en Centroamérica: “Llegó (a Panamá en junio de 1897) el célebre operador francés Gabriel Veyne con el cinematógrafo Lumière. Éste había recorrido, desde 1896, toda el área centroamericana, filmando vistas de pueblos y personajes”. Estas tomas de Nicaragua en ese período se han perdido, como se ha comprobado que el ochenta por ciento del cine silente que había sido recogido en las cinematecas del mundo ha desaparecido.

A partir de 1901 la magia del cine se expandió por el territorio nacional como una curiosidad de feria. Una curiosidad no sólo por el hecho de asistir a un evento novísimo y conocer el artefacto, sino porque los tomavistas, vitascopios y cinematógrafos proyectaban imágenes fijas y en movimiento filmadas en todas las partes del mundo.

Se podían ver los elefantes de África, los palacios de China, mezquitas de la India, las cataratas del Niágara, el arribo de imponentes transatlánticos a puertos de Nueva York o de Londres, niños jugando en la nieve, gente que entraba y salía de los museos en Roma.

Algunos propietarios de compañías peregrinas y noctámbulas montaban una carpa creando un ámbito oscuro, lejos del bullicio, luces y algarabía en la noche, y por cincuenta centavos de peso plata se podían ver dos o tres cortos de uno, cuatro y hasta cinco minutos.

El primer público mayoritario del cine en Nicaragua entre 1900 y 1901 pertenecía a la sociedad pobre y rural, por tratarse de una curiosidad circense presentada también en ferias ambulantes y fiestas patronales y se mostraba desinteresado por ese fenómeno de imágenes, sin sonido, blanco y negro, que muy pocas veces contaba una historia.

El desinterés era evidente porque el espectador habitual estaba familiarizado con las actuaciones magistrales del teatro, al llanto latente y terrible en una obra dramática, la voz vibrante de los iracundos malos de las historias, las risas enloquecidas de los actores en los papeles tragicómicos o la picardía de los personajes en las comedias; un espectador acostumbrado a presenciar cómo salían maravillas de tonalidades del pecho de los tenores o de un capriccio emitido por un violín, y se encontraba de pronto con que las personas que aparecían en la pantalla ni siquiera hablaban.

Más que todo esta curiosidad era consumida por ver fotos y tomas del mundo, el fenómeno en sí no era el principal atractivo. En el ambiente de fiesta fue más cautivador el carrusel, la puesta en escena de obras cortas de teatro, la venta de licor en los estantes, las tiendas de magia y quiromancia.

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