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Managua, 27/05/2012 8:54 AM
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Una “nueva” tiranía siglo XXI
Silvio Méndez Navarrete
El autor es ingeniero.
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Conocemos muy bien las consecuencias de no combatir las tiranías en su engendro. El pensar en las consecuencias de la cobardía, la ceguera ante el nacimiento de una cultura autoritaria, complicidad involuntaria que hace posible el asentamiento de una tiranía, trae la pesadilla de lo que nos ha llevado al abismo de la violencia.

El sandinismo llegó a la Presidencia por razones del pacto que lo apoya. El motivo principal, elemento central en sus discursos para imponer el autoritarismo, es lo que llaman la legitimidad moral que la explotación de lo pobres les otorga, para gobernar en representación de ellos. Por eso, su reiterada respuesta ante las críticas a su mala gestión de gobierno y la resistencia social al abuso de poder continúa siendo: “Odio hacia los pobres”. Esta justificación de una mala política es patética, pero consistente, sobre todo, efectiva, siendo este discurso solamente un adorno superficial, encubridor de una doble moral.

El Gobierno pasa de la doble moral al chantaje. Afirman que llegaron a gobernar para profundizar la democracia; pero abusan de la fuerza y consolidan el autoritarismo por ambición de poder. Aseguran que van a expandir las oportunidades de campesinos, mujeres, y pobres, pero al definir prioridades, se concentran en una nueva Constitución, que permita la reelección presidencial, todo impulsado por su mezquindad partidaria. Hacen campaña prometiendo equidad, justicia, desarrollo humano, desempleo cero, hambre cero; pero hoy la gente es más pobre, la justicia más injusta, el país más subdesarrollado. Todo ha sido y sigue siendo contaminación demagógica.

A estas alturas, la doble moral ha caído en simple inmoralidad. Hablan de leyes anticorrupción, pero conviven con ladrones, narcotraficantes, asaltantes de tierras, terroristas y contrabandistas. Demandan derechos para pobres y campesinos, pero defienden la toma de tierras en propiedad privada. Llegan al punto en que todo les viene igual si eso los hace sentirse invulnerables. Es un gobierno que ha desterrado la ley, por consiguiente, ha enterrado su única bandera de legitimidad. Son uno más, otro igual. Los mismos políticos inmorales de siempre. ¡Malditos osteófagos!

Hay otro componente que añade complejidad a esa sencilla relación de complicidad de la sociedad ante la emergencia de la tiranía. Ésta es la cultura del acoso. Negación del derecho a ser, a la defensa del ciudadano; empresas, medios, tierras amenazadas y, sobre todo, la amenaza a opiniones políticas divergentes. El acoso de los CPC es cada vez más, ligado a la construcción de un proyecto de poder de movimientos sociales y militantes partidarios afines al Gobierno, un actor político con identidad ideológica ostentando su proyecto de poder, sometiendo a quien intente resistir la emergencia de esa tiranía. El acoso, la amenaza en nuestro país es cada vez más un ostentoso acto político de los poderosos, no un desesperado acto de defensa, propia de los marginados, resultado de la doble moral, la hipocresía. Todo parece reducirse a una cuestión de poder, la celebración del depredador victorioso humillando el aullido de dolor de su víctima.

Agachar la cabeza ante la evidencia de una barbarie, mirar calladamente, soslayadamente, la evidencia del peso del más fuerte, la derrota del más débil, es precisamente la renuncia a nuestro pacto de convivencia social, no sólo para condenar todas las barbaries, sino, sobre todo, para manifestarlas. Las barbaries son un abuso de poder contra el indefenso, apelando a su ira y avaricia como argumentos de legitimidad; se trata de que la barbarie desprecia pertenecer a esa humanidad que nos construye virtuosos, no infernales. Revelan la herida que las barbaries infligen al bien común.

La justificación estatal y de sus adeptos a los abusos es vergüenza nacional y la impotencia social, una lamentable evidencia. Refleja la victoria de la barbarie, sintetiza nuestra enanez nacional. Estamos auspiciando el retorno de la barbarie caudillesca. Abuso de poder y acoso político desde movimientos sociales hacen posible la tiranía. Cuando un Estado y parte de la sociedad convergen en abuso de poder contra los derechos y libertades políticas, nos convertimos en testigos del nacimiento de una tiranía. Lo que estamos viviendo es apenas el principio preparándose para canibalizar lo mejor de nuestra conciencia nacional. Tenemos que resistir, luchar contra la tiranía, hermanarnos. No existe límite a la cantidad de lo que podemos hacer; más o menos que otros, pero hagámoslo. Más vale resistir por exceso que por omisión. El exceso puede convertirse en el placer de la libertad. La omisión, en tiranía, opresión y dictadura.

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