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La noche era como cualquier otra. Caliente, absurdamente caliente y sin novedades. Aprovecho la madrugada para trabajar en textos pendientes, divagando la mirada con la negritud capitalina que observo desde la ventana de mi apartamento, en el tercer piso, y apresurándome a terminar la traducción al español de este cuento de Rubem Fonseca:
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