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Managua, 27/05/2012 8:22 AM
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El histórico cambio de abril
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Mucho se ha escrito, dentro y fuera de Nicaragua, sobre el cambio de gobierno que hubo el 25 de abril de 1990 (hoy hace 19 años), cuando el dictador sandinista Daniel Ortega le entregó la Presidencia de Nicaragua a la ciudadana democrática Violeta Barrios de Chamorro. Pero aquel acontecimiento histórico tuvo tanta trascendencia nacional e internacional, que se puede seguir escribiendo mucho más sobre sus antecedentes y sus consecuencias.

En realidad, aquella fue la primera vez —en la historia y en el mundo— que un gobernante revolucionario, totalitario y de orientación socialista marxista-leninista, le entregó el poder pacíficamente a una persona de signo político e ideológico opuesto, o sea democrática, y elegida por votación popular. Pero aquel fenómeno no ocurrió porque Daniel Ortega y sus compañeros de partido y dictadura súbitamente se hicieron democráticos, sino porque fueron obligados a aceptar su derrota y el triunfo de la oposición cívica, tanto por la presión de la comunidad internacional como por la fuerza de la resistencia civil interna y de la lucha armada que la Contra libraba en distintas zonas del territorio nacional.

También la reconstrucción del país, que había sido destruido en todos los aspectos por el totalitarismo revolucionario, por la incompetencia gubernamental y por la guerra civil, fue una epopeya que figura de manera destacada en los anales históricos; lo mismo que el establecimiento de un nuevo sistema de gobierno basado en la libertad y en el respeto a los derechos de todos los nicaragüenses, no sólo de los demócratas, de los miembros de los partidos que ganaron las elecciones del 25 de febrero de 1990 y de los ciudadanos que votaron por ellos, sino también de los sandinistas que habían desgobernado y arruinado el país; el respeto incluso a los derechos de los más recalcitrantes partidarios del totalitarismo, de los que ahora están de nuevo en el poder gracias a la bondad del sistema democrático, pero sobre todo por la traición a la democracia de quienes pactaron con Daniel Ortega y su partido, para facilitarles la recuperación del poder total.

Lamentablemente, Nicaragua ha venido retrocediendo desde el 10 de enero de 2007, cuando Daniel Ortega volvió a tomar el poder presidencial después que ganó las elecciones de noviembre del 2006, con sólo el 38 por ciento de los votos y porque otro 8 por ciento —equivalente a unos 260 mil sufragios— fue ocultado por el Consejo Supremo Electoral que manejan el FSLN y el PLC, seguramente para que no hubiera una segunda vuelta en la que Ortega no habría podido ganar. Ahora el país avanza hacia atrás, va con rumbo al mismo desastre económico, social y político en el que se encontraba a principios de 1990, cuando Ortega y el FSLN fueron obligados a entregar el poder. De nuevo Nicaragua es factor de discordia internacional. El sistema electoral se volvió fraudulento. La corrupción es peor que nunca. Se ha perdido la libertad de movilización pública. La libertad de prensa está restringida y los medios de comunicación amenazados. Ortega se prepara para la reelección o para imponer a su mujer en la Presidencia del país, sin duda que mediante un fraude electoral como el que se realizó el 9 de noviembre pasado. Inclusive ha anunciado, Ortega, su intención de llevar a Nicaragua más atrás de donde estaba a principios de 1990, a la dictadura totalitaria de partido único como la que impera en Cuba comunista, desde donde lanzó su invectiva.

Pero precisamente al respecto de esta situación el cambio de gobierno del 25 de abril de 1990 dejó una valiosa lección histórica. Se trata de que por muy fiero que parezca el dictador totalitario, no es invencible; se le puede derrotar e impedir que permanezca por mucho tiempo en el poder, si toda la gente democrática se une para enfrentarlo y vencerlo. Si la primera dictadura de Daniel Ortega y el FSLN duró sólo diez años, ahora podría durar menos. Pero esto depende de la lucha de la gente democrática y de que los dirigentes de la oposición sujeten sus ambiciones particulares y formen una nueva gran alianza política, igual o parecida a la que derrotó a Ortega y el FSLN en 1990. De otra manera, aunque la nueva dictadura tendrá que caer inevitablemente, habrá que soportarla quién sabe por cuánto tiempo, quizás tanto como la somocista.

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