Se repite tanto que algunos jóvenes pudie-
ran llegar a creer que es cierto la frase predilecta del presidente Ortega, que “en estos 16 años de capitalismo salvaje el país retrocedió y se empobreció”.
La fecha de mañana, 25 de abril, es sin duda oportuna para recordar cómo estaba el país el día que comenzó este período de 16 años en 1990, es decir, la era de los gobiernos electos por el voto popular, que inicia con la toma de posesión de doña Violeta de Chamorro.
Lo primero que se recuerda de aquella mañana, cuando Daniel Ortega entregó la banda presidencial en el Estadio Nacional, es que el país llevaba casi diez años de profunda guerra civil, en la que los muertos y lisiados de cada lado se sumaban por miles. Un ejército lo constituían 22,000 contras, el otro 96,000 oficiales y soldados del Ejército Popular Sandinista. Ninguno de los dos era el “Ejército de Nicaragua”.
Por otra parte, el Gobierno impedía a la ciudadanía el derecho a ejercer las libertades públicas: los medios escritos bajo censuras y amenazas, los canales de televisión en manos del FSLN, las marchas y manifestaciones prohibidas, confiscaciones injustas por discrepar del régimen, líderes del Cosep encarcelados por enviar una carta al Presidente, sacerdotes victimizados para desprestigiar a la Iglesia.
Y a la vez, la economía colapsada. Nuestra moneda valía tan poco que los billetes se convirtieron en “chancheros”, nadie quería tenerlos en la mano. La inflación obligaba a subir los precios semanalmente. Un dólar costaba C$140,000, las exportaciones habían caído al suelo, escasamente 601,000 quintales de café y 1,213,000 de azúcar. Se ordeñaban tan pocas vacas que había que importar miles de toneladas de leche en polvo para mezclarla con agua en las plantas de Managua.
Los jóvenes en las universidades no pasaban de 26,500, y apenas 144,000 en secundaria. El país tenía solamente 70,000 líneas telefónicas, y generaba al mes escasamente 110,000 megavatios-hora. La deuda externa era US$3,000 por habitante, la más alta del mundo, y el PIB tenía 7 años de estar reduciéndose, con el consiguiente aumento en la pobreza.
Sin embargo, cuando Ortega recibió la Presidencia en 2007, Nicaragua vivía en paz, con 16 años de democracia y respeto a todas las libertades, un “Ejército de Nicaragua” respetado por todos, y una economía avanzando, exportando 2,000,000 de quintales de café, 5,400,000 de azúcar, 1,200,000 de frijoles, y cien millones de dólares en quesos y derivados de leche.
La recibió con 189,000 jóvenes en las universidades y otros 425,000 en secundaria, con más de 2,000,000 de líneas telefónicas, generando mensualmente 245,000 megavatios-hora, con una deuda externa de menos de US$1,000 por habitante, y 13 años de crecimiento continuo en el PIB, un país avanzando.
Uno se pregunta, ¿quién en su sano juicio podría decir que del 90 al 2007 retrocedimos? El Banco Mundial y Naciones Unidas coinciden en afirmar que no es así. Basta ver las cifras. Nicaragua avanzó muchísimo en esos 16 años, aunque no todo lo que hubiésemos deseado. Pero decir que hemos retrocedido es ver el mundo al revés.
Esto implica enormes riesgos para nuestro país, porque si el Presidente llama retroceso al avance, creerá que avanzamos cuando provoca retroceso. Un claro ejemplo lo tenemos en las elecciones municipales, donde al querer avanzar se apropió indebidamente de un montón de alcaldías, pero terminó haciendo retroceder al país al perder el apoyo de Estados Unidos a la Cuenta Reto del Milenio y el de los europeos al Presupuesto Nacional.
Si el Presidente cree que vamos bien, seguirá perdiendo oportunidades de oro como la reunión con el vicepresidente Biden en San José, cuando decidió no asistir, o el encuentro con el presidente Obama en Trinidad y Tobago, donde habló más del pasado y de Cuba que de Nicaragua y su futuro.
Ante la crisis de la economía mundial y sus efectos en nuestro país, los nicaragüenses no podemos hundirnos más, perdiendo empleos, sembrando menos y reduciendo los niveles de vida. Es urgente visualizar salidas hacia el futuro y trabajar en ellas, en base a la construcción de los consensos necesarios a lo interno del país y con los países amigos.
Para avanzar, el gobierno del presidente Ortega tiene que aprovechar el momento abierto por el presidente Obama, cerrar de una vez la lógica de la confrontación con Estados Unidos y entrar a una de colaboración y beneficio mutuo.
También debe terminar la confrontación con los propios nicaragüenses y restituir su confianza en los procesos electorales. La verdadera soberanía de un pueblo radica en su libertad para elegir sus autoridades. De continuar viendo el mundo al revés, nos regresará a aquel 25 de abril, donde las cosas estaban tan mal que el pueblo impuso en elecciones libres un nuevo gobierno para hacer posible el progreso.