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Managua
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19.04.09
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Noticias >> Domingo
(LA PRENSA/Agencia)
Ruido furioso
El alboroto reina en Managua. La contaminación acústica es una problemática que se extiende en silencio con la venia de todos los que se dejan absorber por el ruido que, según la OMS, es uno de los causantes de que en el mundo existan 250 millones de personas con problemas auditivos
Amalia Morales
domingo@laprensa.com.ni
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Ruido que aturde los sentidos

El oído es tal vez el último órgano en dañarse por el exceso de ruido. Antes que la estridencia y las vibraciones provoquen sordera en las personas, el ruido puede ocasionar daños en el sistema nervioso, pero también problemas cardiovasculares, según reconocen expertos y autoridades de Salud.

El ruido también provoca daños en el sueño de las personas. La gente no concilia el sueño cuando hay una discoteca reventando frente a su ventana o un motor. Para dormir, las personas requieren de ambientes tranquilos. El rumor de un aire acondicionado o de un abanico (30 decibeles) son los sonidos más altos tolerables por el oído humano a la hora del descanso.

Se ha comprobado que el ruido también causa neurosis en las personas y afecta el rendimiento escolar en los niños, porque es un distractor que impide procesos de conocimiento como la lectura, la falta de atención y la memorización, entre otros.

Fuentes: Doraldina Zeledón, MINSA.

Cierre los ojos por un momento. Piense que la rotonda de Bello Horizonte, en Managua, es una boca grande. Una boca que gesticula las 24 horas del día, por lo que mantiene los músculos tan tonificados como las piernas de Míster Universo. Una boca con la lengua más lubricada que los piñones de un ciclista del tour de Francia. Una boca con las cuerdas vocales tan potentes como las de un tenor que canta en plaza pública. Una boca que, como se dirige a un par de oídos sordos, no habla, grita. Chilla todo lo que puede hacerlo un recién nacido hambriento. En lugar de incisivos, esta boca tiene 20 grupos de mariachis que cantan, hablan y se ríen al mismo tiempo. Y en lugar de caninos y premolares cariados, la boca está llena de bares, restaurantes y negocios comerciales que hacen más ruido de noche que de día.

Ahora ábralos y métase en la boca ruidosa. Son más de las siete de la noche. El telón de la noche cayó hace rato sobre la rotonda de Bello Horizonte, situada en el reparto del mismo nombre. Del calor que hizo durante el día, sólo queda la piel brillante y pegajosa y las ropas en las que se secó el sudor. Eduardo Cruz, con su traje beige de mariachi, está recostado en la punta de una camioneta parqueada sobre la bahía de la rotonda, donde teóricamente es prohibido estacionarse.

Cruz está en silencio en medio de una algarabía que se extiende a lo largo de los 100 metros de esa rotonda. Tiene la mirada vuelta hacia la entrada de Los Ídolos, una taberna que, de seguir con las comparaciones, bien podría considerarse la muela del juicio, el acicate de esa boca estridente. De allí salen a borbollones voces revueltas con notas de trompetas, vihuelas, acordeones, guitarras, guitarrones y tumbadoras. Un collage musical que enloquecería a cualquier sonómetro (el aparato que mide los decibeles) que se compone con rancheras de Vicente Fernández, bachatas de Aventura, boleros de Agustín Lara y hasta las maracas truenan con maya-ya-la-sinqui…maya-ya-o de las fiestas de Mayo Ya de Bluefields. En el interior del bar, cuatro grupos se disputan, con la poderosa arma del ruido, la rala clientela que se sienta en las sillas blancas que en la oscuridad se ven fosforescentes.

Un hombre recio de guayabera blanca hace las veces de maestro de ceremonia en esa sinfonía del desorden. Sube la mano y uno de los grupos, que ha estado escuchando a los otros dos, empieza a tocar. Cuando la baja, otro se calla. En ese torrente sonoro que como la regadera de jardín trasciende más allá del área verde, las meseras se comunican mediante un lenguaje de señas. “A veces me aburre esta bulla”, dice una que lleva dos años trabajando, de cuatro a cuatro, en el bar.

Ella, que al salir del bar sólo quiere poner la cabeza en su almohada y hundir los oídos en el más profundo silencio, no sabe que el ruido –al que se expone 12 horas diarias y que hasta ahora no la ensordece-, la basura y la deforestación (en orden indistinto) encabezan la lista de los problemas ambientales más graves de Managua, según expertos y autoridades.

La música estridente de la rotonda de Bello Horizonte, que azota los tímpanos de la mesera y enmudece al mariachi, Eduardo Cruz, es apenas un hilito del manantial de ruidos que produce esta ciudad. Entre los ruidos más cotidianos y ensordecedores se encuentran: el claxon de los autobuses, la pólvora, las bandas escolares, los altoparlantes de las casas comerciales, supermercados y mercados, las discotecas, las iglesias, los motores de vehículos, aviones, helicópteros, así como los individuales aparatos reproductores de música (MP3, Ipod). Pero también existe una lista larga de los ruidos que genera la actividad empresarial. Calderas, turbinas, cuartos de máquinas, vehículos de carga pesada, maquinaria de construcción, entre otros. (Ver infografía pág 13.)

Doraldina Zeledón, comunicadora y jurista que en su libro “Derecho a un ambiente sonoro saludable” ha enlistado gran parte de las fuentes de ruido, dice que “el ruido es cada día peor”. Reconoce también que la contaminación acústica es una problemática de las sociedades contemporáneas. Zeledón posee un sonómetro. Y muchas veces, sentada en la sala de su casa, ha comprobado como el ruido es un ente invasor, que rompe con la tranquilidad de cualquier vivienda. Recuerda que una vez pasó una banda escolar y el aparato marcó una magnitud de sonido de 85 decibeles, a pesar que estaba a más de 10 metros de distancia. El dato está por encima de los 65 decibeles, que es el máximo para evitar riesgos en el oído, según la OMS (Organización Mundial de la Salud). Esta instancia asegura que en el mundo hay 250 millones de personas con problemas auditivos y que, en buena medida, el ruido de las ciudades es causante de esta epidemia que avanza en silencio.

A 85 decibeles escucha su reproductor de música cualquier muchacho que anda por ahí aislado con un par de audífonos, según reconoce la otorrinolaringóloga Karen Mojica. También, a 85 decibeles se baila, pero no se habla en una discoteca. 85 es el límite de sonido al que se pueden someter los trabajadores de una caldera, con protección. Con tres decibeles de volumen y la jornada laboral debe reducirse a la mitad, es decir a cuatro horas diario, según manda la Ley de Higiene y Seguridad Ocupacional.

En Nicaragua, según el Ministerio de Salud (Minsa), se calcula que entre uno y el dos por ciento de la población puede padecer algún trastorno auditivo. Mojica, quien atiende en un consultorio privado pero que ha hecho estudios sobre las enfermedades auditivas con el auspicio de una organización estadounidense, dice que los niños y los jóvenes son un grupo de población muy propenso a los sonidos altos y que sobre esa problemática se ejerce muy poco control por parte de los padres de familia y las autoridades.

Otro grupo vulnerable al ruido son los empleados del sector industrial. Es más fácil que llegue a padecer de hipoacusia (como se le llama a la enfermedad que produce sordera) una obrera de la Zona Franca, que un agricultor de Siuna, uno de los grupos poblacionales donde es más bajo el índice de enfermedades auditivas, justamente por la poca exposición a ruidos intensos.

Si a mediano y largo plazos la exposición constante al ruido puede causar sordera, en poco tiempo, el ruido es capaz de alterar los nervios y acelerar el ritmo cardíaco de cualquiera.

En las madrugadas, después de abandonar el palacio del ruido, lo ideal sería que la mesera o Eduardo Cruz, quien suele vivir en la rotonda hasta que amanece, reposaran en silencio unas 48 horas, pero eso es impensable cuando se trata de cumplir un horario de trabajo y devengar un sueldo mínimo, o, cuando puede más la fuerza de la costumbre, como en el caso de Cruz. “Uno se acostumbra a la bulla y ya no se puede vivir sin ella”, dice este hombre originario de Jinotega, quien hace cuatro años trocó su vida de agricultor madrugador por la de mariachi noctámbulo.

“A mí me pone sofocado el ruido, la gente ni me escucha lo que estoy diciendo”, dice César Mojica, un cuidador de carros del supermercado de Bello Horizonte, quien se gana la vida en el mismo corredor de ruido, a escasos metros donde en el crepúsculo los mariachis tocan solos de trompeta. Mojica no tiene que esperar la noche en la rotonda para vibrar con el ruido. Con suerte, sólo una vez por semana los establecimientos comerciales que rodean el área de parqueo sacan parlantes y baratas para promocionar sus artículos. Son por lo menos ocho parlantes y en cada uno suena una canción distinta. En cada uno, se superpone a la música la voz desesperada de un impulsador de las promociones del negocio. Llama, implora a gritos. A veces hay cuatro voces ininteligibles, intentando decir algo a la vez. Cuatro voces que parecen estar en un concierto. El número de decibeles puede dispararse fácilmente a 100.

­—¿Y venden?

—Qué va a ser, si a la gente más bien la espantan con tanto ruido– dice Mojica torciendo el labio —a uno lo vuelven loco. Yo quisiera que también se quitaran las roconolas de los buses— se queja.

Martha Herrera es una mujer canosa, de 56 años, vendedora de rosquillas en la acera del supermercado. Herrera, quien nació en San Rafael del Norte, pero que ha vivido 45 en Managua, recuerda que cuando llegó a la capital “no había ese alboroto que hay ahora”. Más de una vez Herrera le ha pedido a los choferes de buses que le bajen el volumen a la radio porque “ni siquiera oyen cuando uno les grita parada”, pero muy pocas veces le han hecho caso. Sólo en una ocasión, recuerda, el chofer redujo los decibeles dentro del bus.

En el Gancho de Caminos pasan centenares de buses todo el día. Llevan y traen a las más de cien mil hormigas humanas que se mueven por ese laberinto comercial. Junto a terminales como El Mayoreo y a otros mercados como el Huembes, el Israel y el Iván Montenegro, son focos seguros de estridencia. “A peso los churros, a peso…aguahelada, aguahelada, los jugos….a ver los elotes cocidos”. El pregón de tres vendedores que están en la acera de la delegación IV de Policía, se aplaca con el “peeeee” sostenido de una bocina de una ruta que acaba de parquearse. El chofer, con 24 años de experiencia, dice que el ruido a él no lo afecta. “Es la costumbre ya”, dice con tono de resignación, pero Eveling López, la vendedora de churros, dice que varias veces ella se ha ido a su casa con dolor de cabeza.

La boca ruidosa no sólo escupe música profana, también le canta a Dios.

Después de las seis y media de la tarde, también cuando cae el telón de la noche, empieza un culto religioso en el templo situado detrás de donde fue el Cine Bello Horizonte, y que ahora pertenece a la secta Pare de Sufrir.

En la iglesia fácilmente caben unas 2000 personas. Se sabe cuando hay culto porque las calles aledañas están atestadas de buses amarillos que dificultan el tráfico por el bulevar norte de la rotonda. También porque los carros de los fieles más acomodados se comen las aceras y obligan a los peatones a circular por las calles. Pero sobre todo, se sabe del culto por el hormigueo de gente y el ruido indiscriminado que se extiende por todo el vecindario. El pastor está en el centro de una tarima que se eleva a más de un metro de altura. Con los ojos cerrados, como un poseso, grita ante el micrófono que tiene frente a él. Le grita a un señor que no está ahí, pero que él supone que lo escucha. Le grita con rabia y con agitación. Al final de su perorata, sus palabras adquieren un tono más suave. Se mueve por la tarima y un coro de voces, con las notas de un par de órganos, lo siguen. Al final, un grupo de gente pasa al frente y él los toca con la cabeza. El culto está llegando a su fin.

En el 2006, cuando se aprobó la Ley Especial de Delitos contra el Medio Ambiente y los Recursos Naturales, y dentro de la ley un artículo que intenta regular la estridencia en muchos lugares, entre ésos el ruido de los templos, los pastores evangélicos protestaron contra el artículo y aseguraron que se intentaba poner un bozal a la libertad de culto.

Rita Orozco, quien vive sobre la calle donde están las dos iglesias, no se acuerda de esa ruidosa riña que se libró en la Asamblea, ella para entonces sólo recuerda que el ruido de la iglesia era insoportable. “Era una gran bulla, no se podía dormir porque a veces llegaban hasta la madrugada”, dice Orozco, de 62 años, hipertensa. A lo largo de varias cuadras, los vecinos se organizaron, hicieron cartas quejándose ante las autoridades y hasta llamaron a algunos medios televisivos. Ella dice que fue para nada, porque la iglesia siguió con su ruido. Sin embargo, reconoce que de un tiempo a la fecha ha disminuido. Ella lo atribuye a la construcción de un edificio que amortiguó la estridencia. “Cómo sería, que una muchacha que había alquilado enfrente, se fue porque no aguantó el alboroto de la iglesia”, dice esta ama de casa, quien ya se acostumbró a escuchar televisión a un volumen más alto que lo que se escucha del pastor de la iglesia desde su sala. A veces la sacuden los estertores de los merengues y los reggaetones que provienen de las casas de electrodomésticos que están al doblar la esquina, sobre el mismo corredor de la rotonda de Bello Horizonte. “Aquí tenemos ruido todo el día”, dice en tono de resignación Rita Orozco.

Sin mucha estridencia, cada semana el área de gestión ambiental de la Alcaldía de Managua atiende, en promedio, 10 denuncias por ruido. Discotecas, iglesias, casas comerciales, vecinos con sus parlantes puntean entre los ruidosos. Este año, la Comuna ha previsto dotar de sonómetros a los cinco distritos de la capital. Por ahora sólo hay dos aparatos para medir el ruido. Por lo general, se utilizan una vez por semana en las mediciones que se hacen en los sitios denunciados. Una funcionaria de la Alcaldía aseguró que seis de cada 10 investigados siguen las recomendaciones de los funcionarios, que en algunos son simples como bajar el volumen, proteger al personal y crear una infraestructura adecuada para amortiguar los sonidos. Pero el restante 40 por ciento queda en manos de la Procuraduría del Ambiente y del Ministerio Público. Algunos han sido acusados en los juzgados de violar el artículo nueve de la Ley Especial de Delitos contra el Medio Ambiente, la herramienta jurídica más importante que existe en el país (porque también hay una sanción en el Código Penal y de manera implícita la Constitución de la República propugna para controlar la contaminación acústica).

Doraldina, quien en su cotidianidad silenciosa ha logrado que el supermercado que visita baje la estridencia cada vez que se lo ha pedido al administrador, o que el Night Club que está sobre su cuadra, harto de recibir sus llamadas también le bajara el sonido a los shows de strip tease, cree que el ruido es un problema tan local que le toca a la propia gente resolverlo.

“Muchas veces está en tu casa, o es tu vecino el que le sube el volumen al aparato de sonido, y ahí no podés quedarte esperando que las autoridades te lo lleguen a resolver”, dice Zeledón. En su casa, pasadas las dos de la tarde, en un día de semana apenas se escucha el rumor del abanico que ventila el computador. Zeledón le huye a esa boca ruidosa de Bello Horizonte, en la que hay gritos y ruido durante 24 horas, pero de la que no puede alejarse ni un día, tanto por razones de trabajo como por un asunto de costumbre, el mariachi, Eduardo Cruz. Siempre vuelve a la boca del ruido, como lo hace la abeja al panal.

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