Lo más importante que revela la última encuesta de M&R Consultores, cuyos datos principales fueron publicados ayer en LA PRENSA, es que, por un lado, el presidente Daniel Ortega no ha podido aumentar su respaldo popular sino que más bien lo ha disminuido; y por otra parte, que aunque la oposición es mayoritaria entre la población, carece de un solo liderazgo el cual está dividido entre Eduardo Montealegre y Arnoldo Alemán.
En cuanto a la pérdida de apoyo popular del presidente Ortega, es interesante advertir que las dádivas materiales durante la campaña electoral o fuera de ella —o sea el clientelismo político—, sólo surten efecto de manera parcial y, por lo tanto, insuficiente. Como lo hizo ver el señor Raúl Obregón, director de M&R Consultores, al presentar su encuesta en LA PRENSA, en diciembre del año pasado Ortega tuvo un 34.5 por ciento de aprobación popular gracias a que “entregó casas, cocinas, títulos de propiedad y otros artículos o proyectos a la población”, como parte de la campaña electoral para las municipales del 9 de noviembre. Pero a fines de marzo recién pasado, después de la regaladera que hizo Ortega abusando de los fondos y recursos públicos, su aceptación popular cayó a 17.7 por ciento, o sea 16.8 por ciento menos que en diciembre. Inclusive, la aprobación popular a Ortega del 18.4 por ciento en marzo, que demuestra la última encuesta de M&R, es menor que la que tenía en agosto del 2008, antes de la campaña electoral municipal.
Esto significa que el clientelismo político le sirvió a Ortega para subir 16.8 por ciento en su índice de aceptación popular, pero eso no fue suficiente para ganar limpiamente las elecciones municipales del 9 de noviembre pasado, de modo que tuvo que arrebatarlas mediante el escandaloso fraude que perpetró el Consejo Supremo Electoral (CSE) dominado por cuadros políticos del FSLN y el PLC. Además, este dato es una clara señal de que Daniel Ortega y el FSLN sólo podrían ganar las próximas elecciones nacionales mediante otro gran fraude electoral. Y por lo tanto la oposición tiene que prepararse y luchar desde ahora, para que esos comicios sean realmente limpios y libres, vigilados estrictamente por fiscales opositores confiables y bajo una amplia observación electoral internacional independiente.
Por otro lado, la encuesta de M&R que estamos comentando indica que un 30.9 por ciento de la ciudadanía no reconoce a nadie como líder de la oposición y que el 17.8 por ciento de los encuestados no quiso opinar al respecto. Sin embargo, el 48.3 por ciento de los ciudadanos sí considera que hay liderazgo opositor y se lo atribuye de manera compartida a los liberales Eduardo Montealegre del PLI y Arnoldo Alemán del PLC (29.1 por ciento el primero y 19.2 por ciento el segundo). Inclusive, un mínimo 3 por ciento de los encuestados califica como líderes de la oposición al sandinista disidente y ex alcalde de Managua, Dionisio Marenco, al sandinista democrático Edmundo Jarquín, y a “otros”.
A nuestro juicio, lo que indica esta información es que si la oposición se presentara dividida en las próximas elecciones, Ortega y el FSLN las podrían ganar sin necesidad de volver a hacer un enorme fraude como el del 9 de noviembre pasado. De manera que la unidad de la oposición en derredor de un solo líder y candidato, viene a ser como una cuestión de vida o muerte para las fuerzas democráticas del país.
Pero los sectores políticos liberales que lideran Eduardo Montealegre y Arnoldo Alemán, ya se unieron para las elecciones municipales de noviembre pasado, y de todas maneras Ortega y el FSLN se atribuyeron la victoria mediante el fraude, el cual fue facilitado, al parecer, por el mismo PLC. Entonces, ¿qué se debería hacer para que la oposición enfrente unida la amenaza dictatorial de Ortega y el FSLN y al mismo tiempo pueda defender y garantizar la victoria? Tal vez se podría hacer una gran elección primaria en la que los ciudadanos diluciden el liderazgo opositor entre Montealegre y Alemán, pero que quien sea derrotado se aparte del camino para no significar un obstáculo de cualquier clase.
Valdría la pena considerar esta idea, sin perjuicio de cualquier otra que apunte a unificar el liderazgo opositor para salvar nuestra precaria democracia y rescatar la República en Nicaragua.