Es el último partido y el más esperado del día. No es el clásico Bluefields-Puerto Cabezas el duelo entre las dos cabeceras regionales del Caribe, pero es la primera incursión en el campo del equipo de casa en esta edición 58 de beisbol de la Serie del Atlántico. Así que el estadio “Glorias Costeñas”, donde Bluefields jugará en breve contra el Karawala, está a reventar.
Es más de la una de la tarde. A esa hora, toda la bulla se concentra en el estadio donde no caben más de tres mil personas, sentadas y de pie, apenas un cinco por ciento de la población entera de Bluefields. Las calles se ven desiertas. El Parque Central está igual. Uno que otro se refugia en la glorieta. Los únicos que circulan a esa hora son los abundantes taxis Athos en los que han sintonizado el juego. El comercio, que por lo general cierra a mediodía, luce moribundo el resto de la tarde. Es poca la actividad del muelle. Bluefields está paralizada en función del juego.
Antes del primer lanzamiento el conjunto de Bluefields trota alrededor del cuadro y saluda a la fanaticada que grita, chifla y se mueve al ritmo de todo el ruido que sale de los enormes parlantes que están en una esquina de la tribuna derecha. Revuelta entre los jugadores corre la “Popó” —apodo al que responde Dalila Martínez—, una mujer de 45 años, criada en el tradicional barrio Beholden y a quien este torneo le debe mucho.
En los días previos al torneo, cuando ninguna autoridad daba ni un peso para lavar, pintar y poner el techo que hacía falta en las graderías del fondo por el campo izquierdo, la “Popó” convocó a la gente para hacerlo. Con su voz de trueno y su particular estilo de hablar sin pelos en la lengua, esta mujer que hoy viste de licra amarilla, camisa azul de beisbolista y que en una cola recoge una cortina de trenzas amarillentas, llamó a los blufileños a través del programa en inglés que dirige por una radio local. “Dios me ha dado ese don, que cuando le hablo a la gente, me escucha”, dice la “Popó”, hija de Graciela Garth, mejor conocida como la “Puná”, otra fanática a morir del Bluefields, quien heredó su devoción a la hija.
El efecto de sus palabras fue inmediato y espontáneo. Armados de láminas de zinc, pintura, clavos y escobas, una veintena de personas lideradas por esta mujer monumental limpiaron, pintaron y arreglaron el diminuto estadio. “Teníamos que demostrarle al gobierno que sólo juntos podemos lograr lo que queremos y que no podemos quedarnos sentados y esperar que las autoridades hagan las cosas”, dice la “Popó”, que ahora está sentada en mitad de las graderías, animando con su voz ronca, casi afónica, a los peloteros que todavía no hacen nada digno para que ella se suelte las trenzas y menee las caderas a pesar de la inflamación de uno de sus pies.
La primera mitad del juego transcurre sin emoción. Tras cada barrida en las bases en las que se cantan varios ponches seguidos, los jugadores levantan nubes de tierra que espolvorean a la barra que sólo atina un hondo “¡aaaahhh!”. La grama del terreno de juego es tan escasa como los pelos en la barba de un chivo. Entre los que han pagado 30 córdobas por ver este partido inicial de Bluefields hay hombres con boinas de tres colores (verde, amarilla y roja) y de largas cabelleras rastafaris, también los que parecen modelos de alguna joyería, el metal favorito de los costeños y que todavía, a diferencia de Managua, se puede exhibir a ciertas horas. Al entrar por la tribuna izquierda sobresalen las manos de un aficionado que son tan gordas como un guante de beisbol. Sus dedos se ven pequeños, embutidos en unos anillos gruesos, con piedras y planchas que acabarían con la cara de cualquiera a la hora de una refriega. El cuello del hombre parece el de un sultán etíope forrado con cadenas que refulgen y dan la sensación de ensancharse con el calor pegajoso que hace. La tribuna está cundida de muchachos con atuendo estilo hip-hop: pantalones cortos flojos, con talle bajo y camisetas tres o cuatro tallas más grandes. Por supuesto, botines deportivos y gorras con letras de equipos gringos. También hay mujeres de trenzas de colores y pelos tilintes que se alisan con planchas; hay otras de licras, shores apretados, jeans, faldas y tacones, adornadas con aretes grandes y camisas de colores chillantes.
Esta Serie es seguida también por una barra multiétnica, que en las graderías se distingue a veces por el idioma. En el estadio hay miskitos, ramas, garífunas, mestizos, ulwas y por supuesto, creoles.
A pesar de la barra, los cronistas hablan con más expectativas del partido que se celebra entre Puerto Cabezas y Mulukukú, a varias cuadras del “Glorias Costeñas”, en el barrio Pancasán, en un terreno más modesto que por lo árido parece más un potrero que un campo deportivo. Allí, cualquier aplauso se diluye con la estridencia de los parlantes que se han instalado en medio de unas gradas de madera que más parecen un corral o la arena de una pelea de gallos. Este duelo maratónico acabará al final de la tarde, luego de 18 entradas y a favor de Mulukukú, el equipo que se mantendrá como el trabuco de los otros equipos hasta la mitad de la Serie.
A esa hora también se celebran juegos en Kukra Hill, a 20 minutos en panga de Bluefields, otro de las sedes del torneo.
Por fin, después de cinco entradas el equipo de Bluefields, que ha sido campeón 25 veces y en el que juegan dos primos de la “Popó”, retribuye al público y anota las dos primeras carreras de tres, con que vencerá al Karawala. Entonces, las bromas de esa mujer recia que en lugar de pulmones parece cargar dos parlantes, alcanzan su plenitud.
La primera Serie del Atlántico se jugó en 1952, en Puerto Cabezas.
Por la misma época. Bluefields era una ciudad mucho más pequeña y limpia de lo que es ahora. No había tantos mestizos venidos de Chontales y la gente se podía bañar y pescar en la bahía de aguas azules. Se celebró en mayo, los días más soleados del verano, cuando no llovía en esta región en la que cae agua al menos nueve de los 12 meses del año.
Julio César Miranda, investigador e historiador del beisbol en el país, dice que algunas manifestaciones indican que este deporte entró a Nicaragua por Bluefields, a finales del Siglo XIX. Un comerciante de apellido Adlesberg, de origen alemán-estadounidense, les enseñó el juego a los creoles, quienes entonces practicaban cricket, un deporte traído por los colonos ingleses.
Por eso no es extraño que medio siglo después se organizara una Serie de beisbol en el Atlántico.
A diferencia del actual torneo amateur, en el que 14 equipos, siete de la RAAS y siete de la RAAN, se juegan el honor, la primera Serie se jugó con cuatro equipos: Puerto Cabezas, Siuna, Bonanza y Bluefields de anfitrión. Desde el inicio, este evento llamó la atención por su gracia, colorido y dinamismo, explica Miranda.
Ancelo Martins, un hombre de 77 años, de los cuales 50 ha usado uniforme de beisbol y que ahora lleva puesto el gris de Siuna, dice que participó con ese equipo minero en la segunda edición de la Serie del Atlántico, y que ese año (1953) fueron campeones.
Martins, hermano del pelotero profesional Alerton Martins, alcanzó la gloria en el beisbol amateur de la Costa. Jugó 17 años en series del Atlántico. A diferencia de ahora, recuerda que en esa época las empresas patrocinaban por completo a los equipos. El anciano cree que ahora los apoyos son tímidos y que los jugadores tienen que financiar parte de sus implementos.
Pese a las guerras y a los desastres naturales que se han cebado en el Caribe, la Serie nunca se ha interrumpido. Sólo una vez que caían aguaceros diluvianos en la región, la final de la tercera Serie (Bluefields y Bonanza) se trasladó a Managua.
El historiador detalla que este torneo ha sido una cantera de grandes peloteros. Los nombres de Duncan Campbell, que saltó al tapete en el 54 jugando con Bonanza, o el de Muden Mattew y Victorino Castro, una gloria costeña que vende lotería y vive a media cuadra del estadio, que en los primeros días de la Serie no asiste porque viajó a Managua a atenderse un problema de salud.
En la puerta del estadio está Aubrey Taylor, un ex pítcher que jugó en la Selección Nacional durante cuatro años, hasta 1973, quien le lanzó en cuatro ocasiones a la selección cubana de entonces. Taylor, que se desempeña orgulloso —según dice— como portero del estadio, brilló primero en costeñas, en los equipos de Puerto Cabezas y Rositas, antes que en la liga profesional.
Para Taylor, nacido hace 66 años en Laguna de Perlas, era mejor el beisbol que se jugaba antes. “Era mil veces mejor porque había más disciplina y dedicación. Ahora, el técnico tiene que andar buscando a los peloteros, eso así no sirve”, dice el ex pelotero que sacaría aún más pecho si estuviera en Salón Nacional de la Fama.
“Me han ofrecido que me vaya a entrenar equipos, pero no quiero dejar lo seguro”, dice refiriéndose al trabajo de cuidador del estadio, con el que no se siente nada triste, según confiesa, a pesar de lo que otros piensan. “Yo amo a Dios, al beisbol, a la música y a las mujeres… he dejado a cuatro mujeres por esto”, dice y su mano apunta hacia la casa del beisbol, donde él abre y cierra los ojos cada día.
A veces, cuando está solo y no tiene mucho que hacer, este hombre, delgado y menudo, se sienta en las gradas y mira hacia el terreno vacío. Ahí, contiene la respiración mientras imagina que está viendo un partido como el de sus viejos tiempos, y no uno bastante aburrido como éste, entre el Bluefields y Karawala que, a pesar de sus saltos y berrinches, ni a la propio “Popó” acaba de convencer.
El tiempo en Bluefields no sólo se detiene para seguir los juegos de su equipo, que con una actuación dudosa se coló en la semifinal del campeonato que termina hoy. Los días se han hecho más cortos desde la noche de la inauguración, a la que asistieron personalidades como la coordinadora del gobierno de la RAAS (Región Autónoma del Atlántico Sur), el alcalde, empresarios locales, miembros del comité organizador y por supuesto la “Popó”, que llegó acompañada de la gente que ayudó a rehabilitar el estadio sin cobrar un peso.
En la tarde de apertura, los equipos desfilaron por el barrio central, bajaron por el mercado, el muelle y subieron por unas calles de Beholden y luego dieron vuelta para llegar al estadio, para completar un recorrido de un kilómetro y medio. En el trayecto fueron acompañados por comparsas carnavalescas de Palo de Mayo y por la banda del colegio Moravo. Hermosas madrinas, de tacones altos y vestidos largos, encabezaron los equipos que hicieron su arribo triunfal al “Glorias Costeñas” al atardecer, cuando ya no cabía una trenza de colores más en el estadio.
“Todo Bluefields está aquí metido”, comentó una periodista de televisión. Un fotógrafo dijo: “Ya Bluefields tiene que ir pensando en un estadio más grande que éste”.
Y desde ese día, hasta hoy, todo Bluefields ha parecido seguir embebido en función de la Serie, en la que según los organizadores, se han invertido casi dos millones de córdobas. Alrededor de ella, un casino organizó un torneo internacional de pesca, una líder armó una competencia de cayucos de velas a la que se apuntaron más de 50 y que se inauguró con la música estremecedora del cantante Mango Ghost; también se celebró un concierto de hip-hop en El Flotante, en Punta Fría, donde una masa de adolescentes vibró con las letras cantadas por otros adolescentes.
Una noche hubo un concierto de rock “alternativo”, un mano a mano entre grupos de Bluefields y Somoto, el norte del país. Las universidades locales, BICU y URACCAN, aprovecharon la ocasión para celebrar un reinado de belleza y para graduar a nuevos profesionales.
Como pocas veces ocurre en esta ciudad del Caribe, donde también se juega baloncesto, cada día ha habido algo que hacer para los locales, pero también para los más de mil visitantes que llegaron a Bluefields por la Serie.
Quizás una de las que más oficio ha tenido es la “Popó”. Después de cada partido, cuando todavía quedan algunos cronistas y se silencian, o por lo menos se baja el volumen de los parlantes, la “Popó” y su grupo se quedan echando agua y barriendo las gradas celestes del estadio hasta que no queda la más mínima sobra humana. Porque gane o pierda el Bluefields, ése es el compromiso que ella adquirió durante esta Serie.