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Managua
06:17 am
05.04.09
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Noticias >> Domingo
Vilma Ramos, de 64 años, asiste a los gimnasios desde que sufrió un derrame cuando tenía 38 años. “Vengo al gimnasio para tener buena salud, para tener energía, para levantar mi autoestima”, dice. (LA PRENSA/ORLANDO VALENZUELA)
La moda de perder peso
Los gimnasios están en auge. En cualquier barrio de Managua hay improvisado uno. Es un negocio rentable movido por la vanidad, pero también por la salud en un país donde el 60 por ciento de la población sufre de obesidad
Carlos Salinas Maldonado
domingo@laprensa.com.ni
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No morir en el intento

El entrenador Francisco Castillo dice que asistir a un gimnasio debe ser una decisión acompañada de disciplina. Una persona que entra por primera vez a un gimnasio tarda más en lograr sus metas porque tiene que adaptarse a las rutinas. Para no morir en el intento de perder peso, Castillo hace sus recomendaciones:

Obedecer la rutina que marca el entrenador

Ponerse retos realistas. Los varones, gracias a la testosterona (una hormona producida por los testículos que permite desarrollar los músculos en el cuerpo masculino), necesitan de cuatro meses para ver los primeros resultados del ejercicio; mientras que a la mujer los resultados le llegan después de seis meses.

Asistir diario al gimnasio y dedicar a los ejercicios al menos dos horas al día.

Buscar un gimnasio que reúna las condiciones: maquinaria en buen estado y entrenadores capacitados y dedicados.

Si la pereza reina, siempre es bueno acompañarse de un amigo para hacer menos aburrida la visita al gimnasio.

El papel de la alimentación

Así como los gimnasios están en auge, el interés por una mejor dieta también tiene su parte en esta industria de la salud. La nutricionista Martha González dice que hay un interés mayor de los nicaragüenses por comer bien, y no sólo por una cuestión de estética, sino por los problemas de salud que genera la obesidad, considerada una pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En Nicaragua, asegura González, la obesidad dejó de afectar a las clases más altas para convertirse en un problema de los sectores más pobres de la sociedad porque son los que menos se preocupan por la alimentación, porque influyen las tradiciones, porque la mayoría no cuenta con los recursos para una buena alimentación y porque no tiene la cultura de cuidarse.

Las consultas con los nutricionistas cada vez se hacen más comunes. Cuestan entre 25 y 40 dólares y hay clínicas que ofrecen paquetes de hasta mil dólares. Para González, sin embargo, no es necesario ser millonario para cuidar la dieta. Afirma que se puede lograr una menor ingesta de grasa y calorías reemplazándola por una dieta rica en cereales, frutas y verduras. Y ejercitarse: caminar, correr, bailar, ir al gimnasio.

“El secreto es ser pacientes, constantes y adquirir buenos hábitos”, recomienda la especialista.

Las clases privadas

Una de las nuevas tendencias entre los clientes de los gimnasios son las clases privadas, dice Jorge Artola, entrenador de Ilusiones. Este tipo de servicios son solicitados por las personas con mayores recursos económicos, ya que los costos varían entre 150 y 200 dólares al mes. Los cursos pueden durar entre tres y cuatro meses y en algunos casos van acompañados de una dieta. En algunos casos los clientes son personas con graves problemas de peso, explica Jorge, quien atendió a un joven que en un año perdió 100 libras, al pasar de 280 a 180 libras.

Además, las clases privadas son una alternativa de ingresos para los entrenadores porque no todos ganan bien, confiesa Jorge. “Yo soy un entrenador completo y eso tiene su costo”, dice este hombre moreno, musculoso. “Es un negocio que te da salud y bienestar”, agrega.

“¡Ay, aaay, Dios mío!”, grita, exhausto, Juan Ramón Quintanilla, presentador de un programa cómico de televisión que esta tarde se somete a una rutina de gimnasio bajo las órdenes de Jorge Artola, entrenador del gimnasio Ilusiones. Pretende hacerlo bajar de peso. JR, como llaman a Quintanilla, pedalea con todas sus fuerzas sobre la bicicleta estática, tratando de seguir el ritmo que le marca el entrenador. La cara de JR está empapada de sudor y los “aaay, aaay” y los suspiros se hacen más comunes mientras avanza la rutina. Son los últimos días de marzo y la temperatura marca 36 grados y una sequedad insoportable.

—Inclinate, los hombros abajo. ¡Más rápido!— ordena el entrenador.

—¡Aaaay! ¡Aaaay!— sigue gritando JR, que no deja de pedalear.

—Vamos, vamos, no te sentés.

—Ya no aguanto— dice el grueso presentador de televisión con gotas de sudor que nacen en su frente y se resbalan, impertinentes, por toda su cara. La camiseta está empapada.

—El cuerpo aguanta lo que la mente exige-- replica el entrenador.

—No jodás, se me van los pies— alcanza a decir, agitado, JR, antes de que la rutina termine.

JR es una de las 400 personas que llega a este gimnasio capitalino con la ilusión --o determinación-- de perder peso, verse bien y, claro, estar saludables. El presentador de televisión tiene dos semanas de estar aquí, dedicando hora y media a los ejercicios, sudando a cántaros sobre máquinas para caminar y bicicletas estáticas. “El comienzo es horroroso”, afirma, mientras trata de llenar sus pulmones con todo el aire que su boca y nariz puedan tomar. “Lo bueno es que aguanto más, a diferencia de otros gorditos”, exclama con orgullo.

A las tres de la tarde el gimnasio está casi vacío. Es un amplio edificio forrado de espejos, con música tecno para motivar a los clientes, máquinas muy modernas que miden todo: el pulso cardíaco, las calorías quemadas, el ritmo de los movimientos. Estas máquinas, dice Jorge, cuestan hasta cinco mil dólares cada una. En la sala de ejercicios, muy iluminada por lámparas fluorescentes, hay televisores que muestran anuncios de otras máquinas maravillosas capaces de convertir a una mujer gorda en una esbelta ama de casa.

JR comparte esta tarde el gimnasio con dos señoras que sudan lo suyo en las caminadoras eléctricas y un señor gordo con cara de dolor que lucha en las pesas. Hace apenas unas horas, en la mañana, el gimnasio estaba lleno, especialmente de jóvenes mujeres que, acercándose las vacaciones de Semana Santa y la tradición suicida de los nicaragüenses de ir a tostarse al mar a casi 40 grados y un sol inclemente, buscan el cuerpo perfecto en unas cuantas horas de sudor sobre las máquinas eléctricas.

Y es que enero y la Semana Santa son las fechas de oro de los gimnasios. Como explica Jorge, el entrenador, son las temporadas de los remordimientos y de la vanidad: en enero todos se proponen bajar las libras ganadas tras semanas de juergas, comilonas y excesos; Semana Santa es la época de enseñar, y mientras más bonito y sólido sea lo que se enseña, mejor. Por eso en Semana Santa las inscripciones a los gimnasios aumentan, en el caso de este gimnasio hasta “en un ciento por ciento”, según Jorge.

Y porque para muchos los ejercicios son cuestión de temporadas, la deserción en los gimnasios es común. Jorge dice que en el caso de su gimnasio, ésta alcanza el 40 por ciento, es decir, gente que se inscribe por unas semanas, pero no aguantan las rutinas o se cansan fácilmente. “La moda dice que mientras más delgado estés, mejor, pero eso no viene por magia. Son necesarios tres meses para tener un resultado básico. Unos vienen por salud, pero normalmente es por cuestión de narcisismo”, dice Jorge.

“Vengo por salud física y mental.... Y por belleza, claro”, dice, coqueta, Elvia Flores, una guapa muchacha de 20 años, blanca, delgada y ex candidata a Miss Carnaval, que esta mañana ha pasado de máquina en máquina ejercitándose. Elvia dice que usa el gimnasio desde los 17 años, pero hay temporadas en que lo deja. Ahora está de regreso porque se acerca la Semana Santa y “todo mundo corre al gym para después lucir los cuerpos”. Sin importar el costo. En el caso de Ilusiones, la inscripción cuesta 40 dólares, pero si el cliente quiere entrenamiento personal, tiene que pagar cien dólares más. Y eso sin contar con la ropa deportiva y los utensilios necesarios para las rutinas. Elvia se gastó más de 150 dólares sólo en ropa. “Pero vale la pena porque me siento relajada, con la mente activa”, dice.

Los gimnasios son un boom en Nicaragua. En las Páginas Amarillas de la guía telefónica hay 25 registrados sólo en Managua. Y son los más grandes, porque casi en cada barrio de esta ciudad de asentamientos hay un gimnasio, con pocas condiciones, con máquinas improvisadas, con inscripciones que cuestan desde diez córdobas, pero gimnasio al fin. Y la mayoría está lleno de jóvenes que pasan las horas ociosas ejercitando los músculos. Hace apenas dos décadas sólo había dos grandes gimnasios en la capital, pero el negocio se ha expandido por una nueva tendencia de culto al cuerpo, de delgadez, alimentada por la televisión y la publicidad.

Pero también por salud. Martha González, nutricionista, dice que la moda de los gimnasios responde a un interés mayor de los nicaragüenses a cuidarse, principalmente en un país con el 60 por ciento de la población sufriendo obesidad y con ella otras enfermedades como la hipertensión, problemas relacionados con el corazón y diabetes. Entre 2000 y 2005 habían muerto 15 mil personas por enfermedades relacionadas a la obesidad, 40 por ciento de éstas por problemas relacionados con el corazón. Un estudio publicado por la UNAN en 2005 muestra que la diabetes se incrementó en un 30 por ciento en el país, principalmente por alimentación inadecuada, falta de actividad física y consumo excesivo de tabaco y alcohol. En 2004, Carazo iba a la cabeza por número de muertes por esta enfermedad.

La culpa, dice la nutricionista González, está en el estilo de vida de los nicas, consumidores voraces de comida rápida y comensales frecuentes en las mesas de las fritangas, que atraen con sus olores a carnes jugosas, tajadas de plátanos fritas en litros de aceite, suave gallopinto cocinado en manteca de cerdo. Todo acompañado con una gaseosa fría que, en una sola botella, reúne 210 calorías. Un placer difícil de dejar. Energía en exceso que nuestros cuerpos ociosos no terminan nunca de quemar. Y para eso están los gimnasios, al menos eso piensan algunos. El presentador de televisión JR llega al gimnasio para perder peso. En dos semanas ha perdido siete libras, pero no es suficiente, dice. Él ya había venido antes a un gimnasio y logró perder 30 libras, pero luego lo dejó y engordó de nuevo. La ropa que había comprado ya no le queda. Y por eso, y por salud, tiene que bajar de peso.

Por salud también está en el gimnasio Vilma Ramos, una mujer de 64 años de edad que cuando tenía 38 sufrió un derrame que le afectó una parte de la cara. Desde entonces, dice, llega religiosamente a los gimnasios, para “tener buena salud, para tener energía, para levantar mi autoestima”.

“Me siento mal si no hago ejercicios”, explica, “siento que me cuesta caminar. Cuando estoy aquí me siento llena de vida”, agrega Ramos, mientras rota el torso en una máquina que sujeta con los brazos en alto.

A las diez de la mañana la pista de Rubenia es una parrilla que arde a 37 grados. El horizonte se presenta turbio con esas láminas de vapor producidas por las altas temperaturas y la fricción de las llantas de los vehículos. Los transeúntes van con las caras largas, enjugándose el sudor o comprando bolsas de agua helada que ofrecen en los semáforos vendedores ambulantes que se protegen del sol sólo con camisas amarradas en la cabeza, como las usan los estudiantes universitarios en las protestas. Quedarse ahí de pie, sin el auxilio de la sombra de los árboles, es un castigo digno de algún régimen fundamentalista.

A un lado de la pista está el gimnasio RhinoSport. Es un edificio amplio, con la apariencia de esos centros de entrenamiento para boxeadores. Hay máquinas mecánicas y pesas. Aquí no hay televisores, pero sí un cuarto amplio con una pared cubierta por un gran espejo, como los cuartos de practicar danza. En el gimnasio esta mañana sólo hay jóvenes, la mayoría varones. Como Marlon Gamboa, un joven de 22 años, blanco, alto, con los brazos musculosos, que tiene muy claro por qué viene a hacer ejercicios.

“La gente, como te mira, te trata”, dice el joven con una voz fina que no calza con su cuerpo. “Si te ves bien, la gente te trata bien y eso para mí es importante. La gente toma en cuenta a alguien que mantiene su cuerpo en forma, en excelentes condiciones. Porque la tarjeta de presentación de una persona es la cara y el cuerpo”, afirma.

Gamboa tiene tres meses de estar en el gimnasio dedicando tres horas diarias a formar su cuerpo. Además de buscar la belleza física que agrade a los demás, dice que el gimnasio permite “invertir el tiempo en algo productivo, alejándote de lo malo”.

Francisco Castillo es el entrenador de este gimnasio. Es un hombre bajo de estatura, moreno y musculoso. Dice que en el gimnasio hay más de 130 personas inscritas, con una deserción del 20 por ciento y con un 85 por ciento de clientes jóvenes. El costo de inscripción es de 14 dólares.

“Los gimnasios son un buen negocio porque la gente quiere tener un buen cuerpo”, dice Francisco, mientras le indica a una joven la rutina de esta mañana, que comienza con la bicicleta. “También es una cuestión de salud”, agrega, “porque hay personas jóvenes con una panza como si tuvieran 60 años”.

Francisco dice que tiene 16 años de ser entrenador. Comenzó a ejercitarse en un gimnasio pequeño y con el tiempo ha ido formándose de gimnasio en gimnasio. Afirma que la mayoría de jóvenes que vienen a este centro lo hacen por vanidad, por tener cuerpos de portada de revista: los hombres quieren brazos musculosos y pechos fuertes; las mujeres piernas sólidas y abdomen sin grasa.

Y para lograr esos cuerpos al estilo “Men’s Health”, una de las ofertas de este gimnasio son los suplementos para quemar grasa o aumentar la masa muscular. Este tipo de productos varía según las marcas y los tamaños: un frasco de 16 pastillas para quemar grasa cuesta 16 dólares, hay hasta de 50 dólares. Las pastillas para aumentar masa muscular oscilan entre los 14 y 85 dólares.

Son un boom entre los jóvenes, sobre todo para aquellos que quieren evitar la fatiga del gimnasio. “Pero estos productos deben ir siempre acompañados del ejercicio”, advierte Francisco, porque las pastillas no son milagrosas. Ni las máquinas. Ni las pesas. Ni la música tecno. Ni el mejor de los gimnasios. Sólo el dolor, el sudor y aquel “¡Aaaay, Dios mío!” que produce el ejercicio bien hecho.

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