Al anunciarse el próximo retiro de la ayuda sueca a Nicaragua es oportuno destacar los resultados que deja su cooperación humanitaria y cultural. De todos los proyectos que realizó, el de mayor impacto es la restauración del Convento de San Francisco de Granada. Su importancia reside en que esa rehabilitación cuidadosa convirtió al macizo conventual, que abarca una manzana, en un valioso testigo de hechos históricos relevantes. Erigido en 1579 por los monjes franciscanos sufrió repetidas destrucciones, abandono, saqueos e incendios. En 1665, por ejemplo, fue reducido a cenizas en tres incursiones por el pirata inglés Henry Morgan. Un siglo antes había funcionado como escuela para que indios “encomendados” aprendiesen catecismo, las cuatro reglas y las primeras letras. En 1823 sirvió el Convento de asilo a perseguidos políticos durante la guerra Cerda-Argüello y en un breve período posterior, el director de Estado, José Zepeda, lo convirtió en 1835 en universidad que impartía los tres derechos y artes varias. Y en 1835 en sus espaciosos patios fueron entrenados los defensores de la ciudad, sitiada por Máximo Jerez. Poco después, en 1856, las celdas conventuales sirvieron de alojamiento a las huestes filibusteras de Walker, que terminaron incendiando a La Sultana del Gran Lago. Al instaurarse el régimen de los 30 años fue adjudicado al Colegio de Granada, cuyos profesores habían sido destacados alumnos de los docentes que contrató en España el presidente Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, quienes emprendieron la primera gran reforma educacional en nuestro país. Medio siglo después, en 1912 , el general Luis Mena escondió ahí el tren de guerra que había logrado sacar de Managua. Secuela de esa montonera fratricida, fue la llegada de la intervención norteamericana de 1912, quien durante 20 años escogió al antiguo monasterio como Cuartel General de las fuerzas de ocupación.
Al marcharse los marinos se instaló en ese edificio la Universidad de Oriente hasta su clausura en 1951 y más tarde, el Instituto Nacional de Granada.
En cuanto a la restauración del edificio, fue admirable la propiedad y respeto que emplearon para restablecer la joya arquitectónica. Los arquitectos, artesanos y carpinteros nicaragüenses, conforme al diseño original, sustituían con gran paciencia y minuciosidad las piezas gastadas, con materiales traídos de su sitio original. Me refiero a las piezas de madera que labraban a mano; a la caña de Castilla recogida en Nandaime; a los pesados y firmes adobes elaborados con zacate y barro del Mombacho; a las inmensas piedras transportadas desde Posintepe, para reparar los muros que circundan la periferia del complejo. Aún ahora sirven esas atalayas “para ubicar direcciones del vecindario”, como la vieja botica del doctor Francisco Álvarez, donde se reunía la tertulia del “cacho conservador” para conspirar contra Roberto Sacasa.
Por lo demás, la rehabilitación la supervisó un experto en arte colonial español, mientras la Embajadora sueca, Eva Zetterberg, insistía en que el presupuesto y la agenda se cumpliera, incluyendo la reconstrucción de la iglesia anexa, desde cuyo púlpito denunció Fray Bartolomé de las Casas el incumplimiento de las leyes de Indias.
Menciono finalmente, que la obra arquitectónica reparadora incluye muestras de nuestra cultura indígena , como la espléndida colección de dioses chorotegas, procedentes de Zonzapote Zapatera, descubiertas por el antropólogo sueco Carl Bovalius, de la Universidad de Upsala. También se exhibe una versión de la vida hogareña de nuestros indígenas; rancho de paja, hamaca de pita, piedra de moler maíz, tinajas y una pila de cueros de animales salvajes cazados con arcos y flechas.
En resumen, la remodelación del Convento de San Francisco efectuada por la culta Suecia, luce ahora como una vitrina testimonial de nuestros aciertos y errores.