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Los debates electorales
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Mientras en Estados Unidos se celebraba el primer debate de la campaña presidencial entre el candidato republicano, John McCain y su rival demócrata, Barack Obama, que atrajo el interés y cautivó la atención de un inmenso público dentro y fuera de ese país, en Nicaragua, el candidato del FSLN a la Alcaldía de Managua se negó a debatir públicamente con el candidato democrático Eduardo Montealegre. Y el pretexto que puso el candidato sandinista para evadir el debate, es que a él le gusta hacer, no discutir.

Pero es lógico que el candidato del FSLN no quiera debatir con su oponente democrático. El debate público es un mecanismo característico de la democracia y la transparencia electoral. Por lo tanto, los candidatos democráticos tienen una natural predisposición a debatir con sus adversarios todos los aspectos relacionados con sus puntos de vista políticos y con sus propuestas para el Gobierno que pretenden conquistar y ejercer mediante el voto popular. Sin embargo, los candidatos que no son demócratas no tienen igual disposición al debate público.

En nuestro tiempo, con mucha mayor frecuencia que antes los partidos políticos autoritarios usan y aprovechan los mecanismos de la democracia para conquistar el poder y posteriormente atentar desde allí contra las instituciones, las libertades y los derechos democráticos. O sea que ellos no se han convertido en demócratas. Los autoritarios usan los medios instrumentales de la democracia, pero desprecian su sistema de valores y principios.

En realidad, los candidatos del autoritarismo se niegan a debatir públicamente con sus contendientes, porque es más lo que tienen que ocultar que lo que pueden decir y reconocer. Ellos prefieren mostrarse ante el público con hechos, sobre todo de fuerza bruta impositiva, no con razones persuasivas. Son partidarios de vencer, no de convencer. Les gusta aporrear a sus adversarios, ya sea con los puños en un cuadrilátero boxístico o con garrotes en las calles, en vez de correr el riesgo de que un adversario inteligente y armado de razones los derrote en los medios de comunicación social y ante la presencia del público.

Los candidatos democráticos debaten incluso con participantes en la misma campaña electoral que no tienen ningún chance de ganar; salvo que se trate de candidatos minoritario “de zacate”, como se les llama popularmente a aquéllos que son creados artificialmente por algún contendiente mayoritario y malévolo, con la intención de dividir los votos de los simpatizantes del rival que lo puede derrotar, o por lo menos para confundirlos. Y tampoco para el público es útil un debate con candidatos que participan en la contienda electoral sólo por afán de publicidad, o por un supuesto espíritu olímpico, o sea que creen que lo importante no es ganar, sino participar.

Volviendo al caso de Estados Unidos, donde el sistema político democrático se basa incondicionalmente en la libertad de expresión y de discusión pública y por lo tanto en los debates electorales, éstos se llevan a cabo únicamente entre los dos candidatos principales, ambos potenciales ganadores y uno de ellos inevitable triunfador en las votaciones de noviembre. Cabe mencionar que en la actual campaña presidencial de Estados Unidos, además de McCain y Obama participan otros seis candidatos, incluyendo a dos mujeres. Ellos son Cynthia McKinney, del Partido Verde; Bob Barr, del Partido Libertario; Charles Baldwin, del Partido de la Constitución; James McCall, de un tal partido de los Boy Scout; y Ralph Nader y Gail Parker, de otros dos partidos independientes.

Todos ellos tienen derecho a ser candidatos en la elección presidencial y de participar en la campaña electoral, pero sería ridículo y garantizaría un absoluto fracaso de audiencias en la televisión, ponerlos a debatir con Obama y/o McCain.

Sin duda que el debate electoral es también un espectáculo mediático. Pero ante todo es un mecanismo fundamental de la democracia y la transparencia electoral y tiene que ser tratado con seriedad. Por lo tanto los debates no deben ser algo formal y superficial, sino plataformas de compromiso público, para que los candidatos presenten sus propuestas y los electores se formen una mejor opinión sobre ellos, basada en el examen de sus propuestas y no en ridículas imágenes personales de megarrótulos, ni en consignas altisonantes que están programadas para embrutecer a las masas, no para educar a los ciudadanos.

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