En un sitio de Internet que se llama “La storia nascosta” (La historia oculta) encuentro entre comillas una presunta declaración mía al diario El País y ponen en mi boca que “Las Brigadas Rojas tenían una idea justa que era la de combatir a las multinacionales, pero se equivocaron en creer en el terrorismo”. De ello se deduce, por lo tanto, que yo sería partidario de la fórmula “compañeros que se equivocan”, y no sólo: sostendría yo que “las ideas se podían suscribir, eran los métodos los que no funcionaban”. Y concluye: “Si a treinta años de distancia del asesinato de Aldo Moro ésta es la contribución teórica de la cultura italiana, estamos ante una película ya vista. Desgraciadamente”.
Sin embargo, el sitio acoge también los comentarios de los visitantes y encuentro sensata la intervención de un anónimo que escribe “tengo mis dudas de que el Prof. Eco haya pronunciado unas palabras tan banales. En El péndulo de Foucault hay (entre otras mil cosas) una valoración de los ‘años de plomo’ que desde luego no exalta el mundo del terrorismo. Tengo curiosidad por oír sus palabras exactas y no la versión que llega de los periódicos”. En cambio, el redactor del sitio no sólo no se ha leído ni El péndulo de Foucault ni los artículos que escribía para el diario La República en los tiempos del secuestro de Aldo Moro y que, posteriormente, publiqué en mi libro Siete años de deseo (y está en su derecho, derecho que defenderé a ultranza), sino que tampoco —sospecho— se ha leído mi entrevista en El País: sencillamente, se ha basado en los sueltos de los periódicos italianos que reproducían algunas frases.
Deducir de premisas incompletas y falaces es un error de lógica que no puede reconocerse como un derecho. Con todo, respondo: por respeto a ese prudente anónimo que, en cambio, acostumbra a leer y por otros que podrían ser inducidos (de buena fe) al error por ese sitio malicioso.
Lo que dije en el curso de aquella entrevista española era lo mismo que escribí hace treinta años. Decía que los periódicos definían como delirantes los comunicados de las Brigadas Rojas cuando sostenían que existía el Estado Imperialista de las Multinacionales, mientras que era la única idea no delirante de todo el asunto (salvo estar expresada con una fórmula un poco folclórica). Y tampoco era una idea suya, sino que la habían tomado prestada de muchas publicaciones europeas y americanas, en especial de la Monthly Review. Hablar por aquel entonces de Estado de las Multinacionales quería decir considerar que gran parte de la política del globo ya no la decretaban los gobiernos individuales, sino una red de poderes transnacionales que podía decidir incluso las guerras y las paces. En aquellos tiempos, el ejemplo por excelencia era el de las Siete Hermanas del petróleo, pero hoy en día incluso los chicos hablan de globalización, y globalización quiere decir, precisamente, que nosotros comemos lechuga cultivada en Burkina Faso, lavada y empaquetada en Hong Kong y mandada a Rumania para que luego sea distribuida en Italia o en Francia. Éste es el gobierno de las multinacionales, y si el ejemplo les parece banal, piensen en cómo grandes compañías aéreas transnacionales pueden determinar las decisiones de nuestro gobierno sobre el destino de Alitalia.
Las que eran verdaderamente delirantes en el pensamiento de las Brigadas Rojas y de los grupos terroristas afines eran las conclusiones a las que llegaban: primero, que para doblegar a las multinacionales había que hacer una revolución en Italia; segundo, que para ponerlas en crisis hubiera que matar a Aldo Moro y a muchas otras buenas personas; tercero, que sus hazañas empujarían a las masas proletarias a hacer la revolución.
Estas ideas eran delirantes ante todo porque a las multinacionales les habría importado un bledo la revolución en un solo país y, en cualquier caso, la presión internacional habría vuelto a establecer el orden rápidamente; segundo, porque el peso de un político italiano, en este juego de intereses, era completamente irrelevante; y tercero, porque había que saber que, por mucha gente que mataran los terroristas, la clase obrera no haría la revolución. Y para saberlo no era necesario prever el desarrollo de los acontecimientos, bastaba ver lo que había pasado en América Latina con los Tupamaros uruguayos y movimientos análogos (que a lo sumo convencieron a los coroneles argentinos no a hacer una revolución sino a dar un golpe de estado), mientras las masas proletarias no movían un dedo.
Ahora bien, el que saca conclusiones equivocadas de una premisa al fin y al cabo aceptable no es un compañero que se equivoca. Si un compañero mío de colegio hubiera afirmado que el Sol gira alrededor de la Tierra o dos más dos es cinco, no lo habría definido como un compañero que se equivoca sino como un buen tarugo. El hecho de que hoy nos encontremos incluso con un terrorista rojo que se dedica a atentar contra las mezquitas en nombre de la Liga Norte, demuestra, precisamente, que no tenían mucho juicio. Por lo tanto, el único compañero (¿pero de quién?) que se equivoca es el señor que administra ese sitio.