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Noticias >> Domingo
Fernando Savater, el autor es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid ()
Trago largo
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Por lo visto un antropólogo alemán, solo o en compañía de otros (como suele decirse en los atestados sobre peligrosos crímenes), ha descubierto que nuestros primitivos antecesores no abandonaron el nomadismo y se hicieron agricultores sedentarios por las edificantes razones que hasta ahora se suponían. Aquellos remotos tatarabuelos se pusieron a sembrar y cosechar cereales con el aire más inocente del mundo y los estudiosos, enternecidos por tanto esfuerzo y laboriosidad, habían supuesto hasta la fecha que el propósito era renunciar a las inciertas cacerías, tan sanguinarias, para dedicarse a una manutención más sosegada y pacífica. Bueno, pues estábamos equivocados…como casi siempre que se atribuyen motivos demasiado elevados a las acciones humanas.

En realidad, lo que pretendían aquellos venerables juerguistas era aprovechar la cebada, el lúpulo y demás ingredientes agrícolas para fabricar cerveza y cogerse confortablemente monumentales cogorzas colectivas. Lo de Noé no fue ni mucho menos un accidente ni tampoco un caso aislado, como pudorosamente trataba de hacernos creer la Biblia, políticamente correcta por una vez. Noés hubo muchos, por lo visto, y todos ellos actuaban con perfecto conocimiento de causa, aunque quizá después, al levantarse con resaca, regañasen virtuosamente a sus hijos por no guardarles el debido respeto. El abandono del deambular nómada y la preferencia por el sedentarismo, además de venir impuesto por la naturaleza misma de la agricultura (que es poco viajera), se explica también por este proyecto etílico: cuando uno ha decidido cogerse una buena curda, en compañía de los colegas y de las bacantes que se presten generosamente a ello, lo que menos apetece es ir por ahí dando vueltas y soltando flechazos a los antílopes. Y al día siguiente del festejo, para qué contar.

Como mis conocimientos de antropología son bastante reducidos no tengo autoridad ninguna para juzgar el dictamen desmitificador que ahora nos proponen desde la sabia Alemania. Supongo que habrá otros especialistas que se lleven las manos a la cabeza y no es descartable que dentro de unos meses nos propinen otra explicación de nuestros orígenes, más ascética que ésta y ni más ni menos probable. A mi indocta opinión, la hipótesis orgiástica suena bastante verosímil. Ya Georges Bataille, hace mucho más de medio siglo, se hizo razonamientos sumamente parecidos. En cualquier caso, vienen a confirmar lo complicado que es establecer en qué consisten las necesidades humanas. En condiciones extremas sin duda se reducen a comida y cobijo, pero enseguida se hacen mucho más exigentes. Después de todo, podemos pensar que los hombres trabajan para hacer fiestas, pero sólo los capataces vocacionales creen que los hombres hacen fiestas para trabajar luego con más ganas. A nadie –ni primitivo ni moderno— le basta con lo meramente imprescindible: todos queremos el exceso, lo superfluo, lo que desborda y arrastra, lo que enajena, sea que lo obtengamos por medio de la bebida, la comida o el sexo, sea que nos llegue por la mística y la espiritualidad.

Según parece, lo natural para el ser humano es intentar ir siempre más allá de sus limitaciones naturales. Baudelaire recomendaba embriagarse, embriagarse siempre, sea de vino, de poesía o mirando las maravillosas nubes. Me alegra pensar que nuestros más rústicos antepasados estaban también de acuerdo con él.

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