León. Fuerzas de choque armadas con garrotes, piedras y algunos integrantes con las caras ocultas con pañuelos, toman las principales vías de acceso a la ciudad para impedir y reprimir a garrotazos una marcha ciudadana en contra del Gobierno. Buses detenidos con sus pasajeros apeados a la fuerza, cateados para decomisarles cualquier objeto que difamara al régimen (banderas, afiches, camisetas). Mujeres manoseadas. Vehículos incendiados con bombas molotov. Lujo de pedradas y garrotazos. Gente herida. Sangre.
Esta escena tal vez era normal en el país hace 30 años, cuando una joven fotógrafa estadounidense dejaba la comodidad de Nueva York para seguir su instinto y documentar el inicio de una insurrección contra un tirano. Pero la escena de León no es de aquellos tiempos. La escena se dio en democracia. El fin de semana pasado. En pleno gobierno del otrora guerrillero que combatió la tiranía de los Somoza.
Susan Meiselas regresa a Nicaragua convertida en una veterana fotógrafa de 61 años que ha recorrido medio mundo y documentado las injusticias de la guerra en Centroamérica, Irak y África. Ya no es la joven gringa que no hablaba ni pizca de español y que llegó a un país que antes tuvo que ubicar en el mapamundi. Regresó para presentar una nueva edición de un libro que recopila las imágenes de la insurrección contra la dictadura. El destino quiso que su llegada se diera en momentos de intolerancia política, de restricciones a la libertad y violencia. No es 1978. Han pasado 30 años.
La noche es cálida y hay amenaza de lluvia. El salón principal del Instituto de Historia está repleto. Fotógrafos, escritores, periodistas, profesores, estudiantes... todos se codean y se abren paso para disfrutar de cerca las anécdotas de Susan Meiselas, la crónica oral de una protagonista privilegiada de uno de los sucesos históricos más importantes del país.
Arropada por la ex guerrillera Dora María Téllez y el periodista Carlos Fernando Chamorro, Meiselas habla de aquellos años cuando llegó al país armada con su cámara para documentar, a finales de la década de 1970, las atrocidades de la dictadura y la esperanza de un grupo de guerrilleros, jóvenes la gran mayoría, que con bombas molotov y fusiles querían derribar a un tirano.
La joven había leído en la primera plana del New York Times que en una pequeña nación un tirano había ordenado asesinar a un periodista, despertando la indignación de su gente. Aquí hay una historia, pensó la joven, que empacó sus maletas y tomó el avión hacia aquel país del que hablaba el Times. Un país donde los cerdos se pasean por las calles, como unos transeúntes más. Esa imagen, dice Meiselas, fue la que más le sorprendió al llegar a Nicaragua.
“Yo tenía un temor increíble porque no me imaginaba qué iba a hacer el primer día cuando llegara. ‘Qué voy a hacer, no conozco a nadie, dónde me voy a quedar la primera noche’. Estaba muy ansiosa, no tenía ni idea de cómo manejarme aquí”, recuerda Meiselas, micrófono en mano. “El primer día me fui a La Prensa, donde encontré a alguna gente que hablaba inglés. Después anduve con periodistas locales para conocer el país poco a poco”, agrega mientras la escuchan deleitados un grupo de jóvenes, sentados en el piso con las piernas cruzadas y las barbillas apoyadas en las dos manos.
“Cuando empezó la guerra fue fuerte. Yo no tenía ni idea de que iba a haber una insurrección popular. Nadie tenía esta idea. Los periodistas recorrimos esquina a esquina para tratar de entrar a los pueblos y ver qué estaba pasando. No había un plan, teníamos que andar a pie, juntarme a un tanque que entraba a un pueblo y ver qué estaba pasando. Todo fue por intuición. Había que reaccionar rápido, pensar dónde ponerse, buscar un lugar con un poco de protección que te permitiera ver qué estaba pasando”, agrega la fotógrafa.
Meiselas logró muchas de las mejores fotos de aquellos acontecimientos. Tal vez por ser “obstinada”, como la describe la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, una de sus mejores amigas y quien cubrió junto a ella la guerra de aquellos años. Tal vez por ser una fotógrafa “aventada, con buenos nervios”, como dice el fotógrafo Uriel Molina, quien conoció a Meiselas en la cobertura de la guerra. O tal vez por ser una mujer “muy acuciosa y con visión”, como la califica la fotógrafa Margarita Montealegre, otra compañera de trabajo de Meiselas. O, quién sabe, tal vez por su coraje, valentía, persistencia o por ser una mujer muy metódica, cualidades con las que la describe el periodista Carlos Fernando Chamorro.
Para Meiselas fue cuestión de independencia. “Posiblemente porque nadie pagó por mi boleto y por mis películas. Me quedé lo más posible, me integré más en la vida de aquí, pasé mucho tiempo, no estuve llegando y saliendo. Nuestra manera de trabajar fue ponernos lo más cerca posible. El punto es sentir que de verdad quieres saber algo, conocerlo, comunicarlo, pero no con una agenda, sino realmente escuchando y observando”, dice.
La noche avanza y la tertulia atrapa más a los congregados en el salón. Un salón adornado con las fotos de Meiselas, como aquélla que presenta al delfín de la dictadura, Anastasio Somoza Portocarrero, “El Chigüín”, sonriendo junto a los soldados de la temible Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), vestidos con sus uniformes y bebiendo cervezas. O aquella otra que muestra a un grupo de personas bajadas de un bus con las manos alzadas. O ésta donde un joven soldado de la Guardia trata de armar una ametralladora con los ojos vendados, mientras sus compañeros le hacen barra y ríen a carcajadas. O bien ésta, que muestra un cuerpo carbonizándose en las llamas que devoran una foto del dictador. O la que muestra aquella marcha en Jinotepe donde un grupo de personas que protestaban por la masacre de cuatro estudiantes, cargaban la fotografía de la mártir sandinista Arlen Siú.
Ivone Siú está presente esta noche. Ella recuerda exactamente aquel día de la marcha y a la joven fotógrafa extranjera que buscaba ansiosa una venta para comprar rollos de película.
“La encontré en la calle. Me preguntó dónde podía encontrar películas y le dije que fuera a mi casa. Yo se las di. Cuando vi tanta gente algo me dio y pensé: ‘Éste tiene que ser el entierro de mi hermana’, a quien habían asesinado tres años antes y no nos habían dado el cadáver. Fui hasta mi casa, saqué la foto, que le había tomado cuando tenía 15 años, y se la entregué a la gente”. El clic de Meiselas registró para siempre aquella escena.
“Es bueno volver a ver las fotos de Meiselas para recordar por dónde no debemos volver a pasar. No olvidar el camino que recorrimos para no andar la misma ruta al mismo costo”. Ahora habla Dora María Téllez, la Comandante Dos de la toma del Palacio Nacional a manos de un comando sandinista en 1978, y quien hace unos meses se puso en huelga de hambre contra lo que ella llamó las arbitrariedades del Gobierno del presidente Daniel Ortega.
“Quiero agradecer a Susan que haya escogido este país. Y lo escogió a tiempo, en los días de la insurrección, para devolvernos nuestra propia memoria, porque con el tiempo nosotros siempre queremos olvidar”, afirma Téllez.
¿Se habrá enterado Meiselas de los sucesos de León? ¿Le habrán contado de la violencia, de las denuncias, de las restricciones? ¿Es tan diferente la situación actual a aquel país que ella fotografió hace ya treinta años?
“Tengo aquí apenas unos días y trato de saber. Hay algunas cosas que han avanzado, pero otras que están igual, lo que es chocante. Alguna gente vive igual, otras se están beneficiando bastante. Esa lucha fue bastante dura”, dice.
—¿Y qué opina de que aquel viejo guerrillero esté de nuevo en el poder? —se le pregunta.
—Vamos a ver qué es lo que puede lograr. No es cuestión de una figura, es de dirección, visión, ganas de cambiar la situación.
—Pero muchos denuncian de su gobierno algunos elementos de aquella dictadura.
—Eso es lo que ustedes deben enfrentar. Eso es un peligro seguro. Lo importante es abrir los espacios.
Fin de la noche. Hora de firmas y abrazos. El tin, tin, tin del hielo suena en los vasos con gaseosas y ron que pasan de mano en mano. Meiselas bromea. “Este libro es un poco irónico, que las fotos de una extranjera ilustren su historia”, dice sonriendo.