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De nuevo la luna llena se alza como un icono sobre las escarpadas horas del tedio, afuera los seres humanos se matan en las carreteras o en los bares o en las calles asidas al tropiezo de sus obsesiones, otros se protegen de la soledad, bailan la danza de las diversiones, se revuelcan en las camas para olvidarse de sí mismos en el cuerpo del otro o se suicidan bajo la claridad de los altos puentes del vacío. Sólo los solitarios se ensimisman en el sinsentido de los días venideros, los rayos lunares no alteran sus marejadas internas, en el laberinto de las musas extintas hallan consuelo, a pesar de que la luna llena se baña en el ir y venir del flujo marino, en medio de las aguas interiores de las mujeres o en esa nostalgia de lobos que los hombres llevan dentro. Los solitarios viven del rumor de sus silencios y beben, a solas brindan con su propia sombra, bajo el resplandor de la luna llena, emulando al eterno Li-Po en sus viejos rituales del desamparo.
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