Las personas democráticas saben que los problemas de la democracia sólo se pueden resolver con más democracia, no con menos de ella. Eso mismo se puede decir del sistema económico capitalista, el cual siempre está metido en problemas pero éstos únicamente se resuelven con más capitalismo.
La experiencia histórica internacional ha demostrado que todos los intentos de resolver los problemas del capitalismo con fórmulas y ensayos anticapitalistas, sólo han conducido al fracaso, a empeorar la situación económica y social de la gente, a causar escasez, miseria extrema e incluso hambrunas masivas y generalizadas. Todo eso, además de que las falsas soluciones totalitarias a los problemas del capitalismo, han significado la pérdida hasta de las libertades y los derechos individuales más elementales de las personas. Y quien lo ponga en duda puede simplemente ver, como ejemplo, en qué situación se encuentran Cuba y Corea del Norte, a do nde se está encaminando Venezuela y qué ocurrió durante el siglo pasado en la extinta Unión Soviética y en la China Mao Ze Dong y su mujer, la extravagante y cruel Jiang Qing.
Es más, para poder salir del atraso y la miseria a la que arrojaron a sus pueblos con el experimento estatista y totalitario, los gobernantes de algunos países comunistas han tenido que restablecer el sistema económico capitalista. Sólo de esa manera han podido salir de la miseria y convertirse en naciones pujantes y prósperas, aunque dominadas todavía por regímenes políticos autoritarios. Nos estamos refiriendo específicamente a la República Popular China y la República Socialista de Vietnam.
En estos días el sistema capitalista mundial —particularmente en Estados Unidos— es sacudido por una grave crisis financiera. Y como ocurre cada vez que estalla una de las crisis cíclicas del capitalismo, desde la izquierda se oyen voces que hablan de que este sistema se está muriendo. Es lo mismo que sentenció Lenin en 1916 en su libro sobre el imperialismo como capitalismo agonizante, pero otra vez los malos agoreros están equivocados.
Al respecto cabe señalar que el jueves de la semana pasada, en la página de The Wall Street Journal Americas que se publica todos los días como parte de la sección de Negocios & Economía de LA PRENSA, tres expertos en economía y finanzas, John Hilsenrath, Serena Ng y Damian Paletta, pusieron absolutamente en claro las causas y las consecuencias de la crisis financiera actual de la economía estadounidense. Entre muchas otras cosas interesantes los mencionados autores dijeron lo siguiente:
“La Reserva Federal y el Departamento del Tesoro (de Estados Unidos) ya identificaron la patología (es decir, la grave enfermedad que sufre actualmente el sistema financiero norteamericano). Se llama desapalancamiento. Durante el auge crediticio, las instituciones financieras y las familias estadounidenses se endeudaron con exceso. Entre 2002 y 2006, los préstamos a los hogares crecieron a una tasa promedio anual de 11por ciento, muy por encima del crecimiento de la economía. Las instituciones financieras hicieron lo mismo. Ahora, muchos acreedores no pueden pagar los préstamos debido en parte al colapso en los precios inmobiliarios. Necesitan reducir su dependencia del dinero prestado, un doloroso proceso que puede ahogar el crecimiento económico y del crédito”.
Por eso, y para evitar una catástrofe que hundiera a todo el sistema financiero, el Gobierno ha inyectado una enorme cantidad de recursos monetarios y prácticamente ha comprado la gigantesca compañía de seguros AIG, la más afectada por la crisis. Ante esto, ciertos analistas desde la izquierda, otros desde el centro e incluso algunos desde algún rincón de la derecha, han reclamado que la intervención del Estado en esta crisis financiera significa que el capitalismo ha renunciado a sí mismo, al actuar contra la regla de laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar), que según ellos es su principio sagrado.
Pero eso no es cierto. Sólo en la utopía del comunismo y del anarquismo la sociedad puede existir sin el Estado y el Gobierno. En la sociedad moderna y democrática el Estado no tiene que meterse en todo, pero desempeña una función facilitadora tanto para hacer negocios como para el buen funcionamiento del sistema de libre empresa y el mercado. Lo cual no excluye sino que implica velar por los intereses generales de la sociedad y de los ciudadanos.