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Hagamos un buen pacto
Fabio Gadea Mantilla
El autor es director general de Radio Corporación
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Querida Nicaragua: Releyendo la historia se puede observar la permanente intolerancia entre unos y otros nicaragüenses. Los partidos políticos no han sido instrumentos de civilización y concordia como sí lo han sido en naciones civilizadas. Llámense timbucos o calandracas, democráticos o legitimistas, liberales o conservadores, nuestros partidos siempre fueron más que adversarios, enemigos a muerte.

Llegaba el uno al poder y, el otro comenzaba a guerrear, a hacer lo que llamaban su revolución. Subía al poder un conservador y aparecía un liberal de garra y de plata y se iba a su finca, lanzaba una proclama, reunía un centenar de mozos y ya estaba hecha la nueva revolución.

El partido en el poder no podía gobernar pues tenía que ocuparse en guerrear con su contrincante y así se pasaba todo el período, mientras el país se estancaba sin progreso alguno y el pueblo sufría desempleo, hambre y desnutrición permanente.

A veces las revoluciones triunfaban y botaban al Gobierno. Se instalaba en el poder el partido liberal, pero unos días más tarde, surgía un conservador también con garra y con plata, se iba a su mejor finca, redactaba su proclama, y armaba una nueva revolución, ahora conservadora, en contra de los liberales.

Ese manoseo irresponsable ha sido la nota clásica y permanente en nuestra historia. Eso trajo consigo intervenciones norteamericanas sangrientas y dolorosas, sobre todo humillantes.

El primer pacto de enorme trascendencia que hicieron los partidos fue el llamado pacto providencial, firmado el 12 de septiembre de 1856, una fecha que debería ser honrada en forma especial por todos los nicaragüenses. Mediante ese pacto se unieron los generales Tomás Martínez y Máximo Jerez, hasta entonces irreconciliables y convinieron en pedir ayuda a los gobiernos centroamericanos para derrocar al filibustero Walker que se había proclamado Presidente de Nicaragua.

Ese primer pacto produjo una paz de treinta años. El filibustero fue derrotado y Nicaragua vivió treinta años de sosiego, los llamados treinta años conservadores.

El pacto del Espino Negro en 1926 no fue pacto entre partidos, fue imposición norteamericana mediante la fuerza, que hizo claudicar a Moncada.

En el 50 se produjo el pacto de los generales Chamorro y Somoza García. Firmaron el pacto y se repartieron cuotas de poder. Aunque siempre bajo la hegemonía de Somoza, el país pudo progresar.

El otro pacto importante fue el llamado Kupia Kumi entre el doctor Fernando Agüero Rocha y el general Somoza Debayle. También hubo repartición de cuotas de poder, pero no se pudo progresar mucho. Somoza se hizo Presidente en el 74 y luego ya no hubo pacto. En el 79, era irreversible la rebelión y el derrocamiento del dictador. Los sandinistas entraron triunfantes y en diez años y medio dejaron en bancarrota a la nación. En el noventa perdieron el poder, pero, igual que los politiqueros de antaño, lanzaron su proclama, ahora desde las calles, un “gobierno desde abajo”, lograron la famosa piñata sandinista y quedaron millonarios.

Hoy las proclamas de antaño se gritan con garrotes en las ciudades, los mismos mozos disfrazados de universitarios, turberos, huelguistas, rezadores.

En los países cultos los partidos que pierden las elecciones se quedan tranquilos, dejan gobernar al partido ganador. Gane quien gane el país no se atrasa. Hay un programa de gobierno preestablecido, los empleados públicos permanecen en sus puestos y todo sigue igual. El único pacto consiste en respetar la voluntad popular. ¿Cuándo haremos aquí ese pacto?

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