La semana del 14 de septiembre pasará a la historia económica, no sólo de Estados Unidos sino que del mundo entero.
Desde el año pasado, Norteamérica pasaba por una crisis económica y financiera, pero a cámara lenta. Ésta fue exacerbada por factores como las alzas exageradas del petróleo y de otros commodities. Pero su causa principal fue el colapso del sector vivienda. Esto, a su vez, se debió al tardío reconocimiento que muchas instituciones financieras habían alegremente concedido préstamos hipotecarios sin debida evaluación de sus clientes. El resultado: literalmente millones de personas habían adquirido casas a altos precios pero sin la capacidad de abonar las mensualidades que sus hipotecas requerían. Los bancos se encontraron con una inmensa cartera de préstamos malos que comprometían su solvencia.
En el mundo globalizado, instituciones financieras de otros países habían comprado cientos de miles de millones de dólares en hipotecas norteamericanas y al reventar la burbuja de bienes inmuebles estadounidense, la crisis se regó a otros países como Japón, la China, Rusia y, por supuesto, en Europa Occidental.
En la medida que la magnitud de la crisis se fue comprendiendo, los bancos limitaron nuevos préstamos, la economía estadounidense entró en una fase de franca desaceleración y el desempleo creció. Este último aumentó a más de seis por ciento, y en lo que va del año 600,000 empleos estadounidenses desaparecieron.
Inicialmente, la Administración Bush trató de paliar la desaceleración económica con un programa de estímulo que consistió en reembolsar a contribuyentes US$100 mil millones en impuestos pagados. Pero esta acción resultó ser un poco muy tarde y los dominós del sector financiero comenzaron a caer uno tras otro. En marzo, Bear Sterns —uno de los bancos de inversión más prominentes de los Estados Unidos— colapsó. Posteriormente, otros también desaparecieron como Merrill Lynch y Lehman Brothers. Con cada baja, el nerviosismo aumentó en los mercados de capital.
Cuando Freddy Mac y Fannie Mae, dos gigantes empresas paraestatales que se especializan en estimular al sector vivienda, comenzaron a tambalear, no le quedó más remedio al gobierno estadounidense que intervenirlas y a comprometer US$400 mil millones para cubrir sus hipotecas malas. Esto le dio un breve alivio a Wall Street pero poco después otro gigante —esta vez AIG, una aseguradora— anunció su insolvencia. De nuevo el Gobierno tuvo que intervenir, esta vez con US$85 mil millones más.
A pesar de estas intervenciones, el nerviosismo en la bolsa de valores estadounidense creció y se convirtió en un pánico que estalló la semana del 14 de septiembre. En los primeros días de esa semana la bolsa perdió casi 1,000 puntos y cayó por debajo de la barrera psicológica de los 11,000 puntos, más de 20 por ciento por debajo de su pique del 2007. Era obvio para Wall Street que el problema no se había contenido y que otros gigantes estaban por quebrar.
Frente a esta situación, el Secretario del Tesoro y el Presidente del Banco de Reserva Federal norteamericano, los señores Paulson y Bernanke, informaron al presidente Bush y a los líderes de ambos partidos en el Congreso que la política de parches no estaba funcionando. Les advirtieron que el país enfrentaba la peor crisis financiera desde la que desató la Gran Depresión de 1929 y que sólo un programa de intervenciones masivas del gobierno podía evitar el colapso del sistema financiero.
Bush dio la luz verde a Paulson y Bernanke y los senadores y diputados también se comprometieron a aprobar expeditamente una respuesta que salvaría al sector financiero a pesar de inconformidad que hasta la fecha ni una sola persona había sido encarcelada por haber contribuido a esta hemorragia de dinero. Ni una sola.
Aunque los detalles del programa de rescate aún se estaban diseñando cuando escribí este artículo, se habla de unos US$700 mil millones más en alivio para el sector financiero. Repagar esto recaerá sobre los contribuyentes. Pero a corto plazo, el plan incluye legislación que aumentaría en US$800 mil millones la deuda pública de los Estados Unidos. El nuevo techo de endeudamiento será US$11.3 billones, una cifra incomprensible para meros mortales. Para ponerla en perspectiva, ¡es aproximadamente igual al PIB estadounidense y a la tercera parte del PIB mundial!
La decisión de Washington debería de darle una cierta tranquilidad a Wall Street y a las bolsas del mundo. Pero también sepultó a uno de los principales legados de Ronald Reagan, quien asumió la Presidencia en 1981 y que prometió resolver los problemas económicos que en ese entonces aquejaban a los Estados Unidos. Para Reagan, el gobierno no era parte de la solución a esos problemas. Era su causa principal. Y para que “la magia del mercado” funcionase, Reagan se comprometió a reducir el papel del gobierno, incluyendo lo que él consideraba su regulación excesiva de la economía.
Su filosofía de “laissez faire” se convirtió en un artículo de fe, no sólo para las administraciones republicanas que lo sucedieron, sino que también para la demócrata de Bill Clinton. También se extendió a otros países alrededor del mundo, incluyendo naciones que habían sido socialistas como la China, Rusia y Vietnam. Fue aceptada porque surtió efecto, y en algunos países —como la China y la India— espectacularmente.
¿Que concluir de todo esto? Primero, que la codicia —sin controles y sin castigos— tarde o temprano desemboca en descalabros como el que estamos pasando. Segundo, que la economía de mercado sigue siendo la mejor manera de asegurar crecimiento y reducción de pobreza. Sin embargo, necesita de regulación cuidadosa para evitar su malfuncionamiento. Visto de otra manera, hasta un buen modelo económico, llevado a excesos, puede fracasar. Sólo con una mezcla pragmática y profesional de políticas de mercado y públicas se puede pretender evitar futuras crisis económicas.