Los miembros del partido oficialista que el sábado pasado desataron la violencia y sembraron el terror en la ciudad de León y sus alrededores, consiguieron sin duda su propósito de impedir la marcha cívica opositora que había sido convocada por organizaciones de la sociedad civil. Y para festejar su victoria, al día siguiente los violentos oficialistas recorrieron en caravana algunas calles leonesas. Fue una celebración de la barbarie sobre la civilización, de la violencia sobre el civismo, del garrote sobre la indefensión, del grito sobre la razón, de la delincuencia sobre la decencia ciudadana, del fascismo sobre la democracia.
En realidad, es correcto el calificativo de fascistas que dirigentes de la alianza sandinista no orteguista, MRS, le dieron a quienes ordenaron, organizaron y practicaron la violencia el sábado pasado en León, para impedir la marcha cívica opositora. Con actuaciones como ésa el orteguismo se ajusta muy bien a la definición de fascismo que el mismo Benito Mussolini hiciera en 1932, en su clásico escrito titulado Doctrina del fascismo: “La concepción fascista del estado es totalmente incluyente; fuera del mismo no puede existir ningún valor humano o espiritual, mucho menos tener valor. Comprendido esto, el fascismo es totalitario, y el estado fascista —síntesis y unidad que incluye todos los valores— interpreta, desarrolla y potencia toda la vida de un pueblo”, escribió el creador del movimiento fascista italiano.
Desde el lado democrático, el ex Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, en un mensaje al pueblo norteamericano emitido en 1942 definió al fascismo en la forma siguiente: “La primera verdad es que la libertad de una democracia no está a salvo si la gente tolera el crecimiento del poder en manos privadas hasta el punto de que se convierte en algo más fuerte que el propio estado democrático. Eso, en esencia, es el fascismo, la propiedad del Estado por parte de un individuo, de un grupo, o de cualquier otro que controle el poder privado”. Y con más precisión, el escritor, profesor universitario y antiguo dirigente socialista de Argentina, René Palestra, en un escrito titulado Anatomía del fascismo ha dicho que: “El fascismo —negro, rojo, pardo o de cualquier color— es la fuerza de los hechos, el vencimiento, no el convencimiento. Como es lógico, es emocional, no racional. La inteligencia se vuelve sospechosa y se rehabilita el instinto. La conversación, la reunión para dialogar, la explicación verbal lógica, no entran en el inventario de la mentalidad fascista. El conglomerado tiene sólo autorización para recibir órdenes. Y la fuerza o la violencia de los hechos se convierte, para esta concepción, en la partera de la historia”.
Palestra corrige a quienes dicen que el fascismo ha sido un fenómeno puntual italiano, y que por lo tanto no se puede aplicar a los regímenes autoritarios latinoamericanos. Pero la verdad es que, según precisa Palestra, “el fascismo es una manera de entender la política y la utilización del poder. Una manera de sentir y de ser. Visceralmente, el fascista no tiene en cuenta al otro. El otro, si no piensa o es como él, es un objeto, no un sujeto. Le fascinan los movimientos de masa. Quiere ‘fijarla’ para que siga siendo masa: vive de ella y gracias a ella. No debe nunca convertirse en pueblo. Su ego es monstruoso. Necesita incondicionales, no partidarios. Con una reiteración vomitiva, el siglo XX y el nuestro vieron y ven repetirse en todas las paredes los retratos de estos gobernantes que buscan y logran la adoración y el culto a su exclusiva persona”.
Mejor retrato escrito de lo que está pasando en Nicaragua no se podría hacer. Pero el triunfo de los fascistas, como el del sábado pasado en León al impedir la marcha cívica opositora, es una victoria pírrica porque a la larga el daño es para el supuesto vencedor, no para el aparente vencido. Lo cierto es que con esas acciones fascistas, el orteguismo muestra y usa su fuerza bruta pero pierde fortaleza moral y social. Por ese camino el orteguismo se quedará sólo con el apoyo de la minoría violenta de la sociedad, de la gente que no tiene ideales sino únicamente estómago y vísceras. La mayoría de la población nicaragüense, que es decente, pacífica, cívica y democrática, repudia esas acciones fascistas y lo podrá demostrar volcándose a votar masivamente contra Daniel Ortega y su FSLN fascista en las cruciales elecciones municipales del próximo mes de noviembre.