Dotado de un excepcional talento, Josh Hamilton parecía una apuesta segura al éxito en el beisbol de Grandes Ligas, pero nadie visualizó hacia dónde iba su vida personal, que, flagelada por las drogas, lo llevó a destruir no sólo el dinero recibido por su firma, sino a dormir sobre un remolque con desconocidos, mientras agredía a quienes más lo amaban.
Hamilton es hoy día una cara y una historia conocidas en el beisbol y más allá. Su ritmo ofensivo desplegado a través de toda la campaña es probablemente lo más alentador en este decaído equipo de Texas. Sin embargo, lo que más admiración ha suscitado es su capacidad para reaccionar ante su terrible pasado, del cual parecía que jamás escaparía.
Después de impresionar en el beisbol de secundaria en Raleigh, Carolina del Norte, una tropa de scouts se dedicó a seguir sus pasos. Se trataba del mejor prospecto surgido en Estados Unidos desde Alex Rodríguez, y los Rays de Tampa fueron los afortunados de poder escogerlo en el sorteo del beisbol amateur de 1999, por 4.5 millones de dólares.
Hamilton, de tan sólo 19 años, era un hombre grande y fuerte. Un jugador con todas las herramientas. Así que se suponía que podía manejar sus problemas. Y todo parecía ir en la ruta correcta. En su primer año en Clase A, resumió 301 puntos, con 13 jonrones y 61 remolques, bueno para ser nombrado el Jugador del Año por Baseball America.
EL DÍA QUE CAMBIÓ SI VIDA
De pronto ocurrió lo imprevisto. Acostumbrado a la compañía de sus papás, Josh quedó un tiempo solo tras un accidente automovilístico que obligó a sus progenitores a tener un reposo. Hamilton decidió “experimentar” y se tomó unas cervezas, luego pasó al ron y después a la cocaína. Y durante tres años, permaneció ahí sin ver salir el Sol.
Ahora es tremendo verlo conectar jonrones, electrizar multitudes y colocarse en el centro del espectáculo como lo hizo en el pasado Juego de Estrellas en el Yankee Stadium. Esa noche del 14 de julio, hubiera eclipsado hasta al mismo Babe Ruth. Metió 28 pelotas a las gradas en la primera ronda del festival de cuadrangulares y el mundo se rindió a sus pies.
“Antes, yo tuve que rendirme ante Dios”, dice a LA PRENSA, con ese hablar suave que para nada delata el infierno que tuvo que vivir. “Dios es la única razón por la que estoy aquí. Yo no hice un trato o cosa por el estilo, sencillamente le pedí ayuda y eso para mí no fue tan fácil considerando que yo pensaba que podía manejar mis problemas”, agrega.
Aun cuando deseaba entrevistar a esta estrella de los Rangers, en realidad yo estaba a la expectativa de que se abriera la puerta de la oficina del manager Ron Washington para solicitarle una cita. De pronto apareció Hamilton, y el buen amigo Eleno Ornelas, voz en español del equipo texano, me dijo: “Habla con Josh, es muy amable”. Y es cierto.
AQUÍ EL DIÁLOGO
Los aficionados del beisbol están contentos de verlo de regreso al juego, pero entiendo que no ha sido un proceso fácil…
Estar aquí es una bendecida e inesperada oportunidad. Ahora por donde me muevo, veo que todo está limpio. Hay un casillero con mi nombre y muchas atenciones. No se parece en nada a los lugares donde estuve antes, en un rincón donde pasaban las ratas, o sobre un tráiler durmiendo con desconocidos, que igual que yo eran víctimas de las drogas.
¿Cuándo fue que tocó fondo, o qué fue lo peor que le tocó vivir durante toda esa etapa de adicción a las drogas?
No lo sé, porque hay tantas cosas que hice. Gasté todo el dinero del bono (4.5 millones de dólares) y tuve que pedir para seguir consumiendo. Dormí en un remolque, o en la cabina de mi camioneta, caminé varios kilómetros sobre la raya amarilla en una pista en Raleigh con los autos rozándome a ambos lados, y empeñé y rompí muchas cosas. Fui a la cárcel.
Y su familia, ¿cómo vivió toda esta situación?
Me apoyaron siempre, pese a que yo los agredía. Recuerdo que mi esposa me decía que iba a volver a jugar, que había un plan grande de Dios para mí, y yo sólo le decía que se alejara de mí, que parara de hablar. En seis ocasiones me llevaron a programas para ser rehabilitado, pero siempre volvía a caer. Pasó así durante tres años y un poco más.
¿Y Dios jugó algún papel en todo esto?
Bueno, al principio yo oraba para no despertar. Ya no quería vivir. No quería seguir consumiendo crack, pero no podía evitarlo. Katie (su esposa) me decía que Dios me amaba, que tenía un propósito para mí, pero yo no lo entendía. Ahora sé que Dios es la única explicación para haber salido de ese infierno. No sé cómo lo hice, pero sé por qué.
¿Y por qué es?
Porque soy un hombre con una misión. Soy un ejemplo de que nunca hay que perder la esperanza. Hay mucha gente luchando contra adicciones y creen que no podrán ganar la batalla, pero yo lo he conseguido, así que ellos también pueden. Ahora entiendo que el beisbol es una plataforma y yo soy un mensajero. Un mensajero de esperanza.
SOÑABA CON EL DIABLO
Hay muchos tatuajes en su cuerpo…
Sí, son 26 y aunque quisiera no los puedo borrar. Tampoco puedo borrar mi pasado. En realidad están ahí para que la gente vea de dónde vengo y cuánto daño puedes llegar a hacerte. Ahora puedo dormir en paz y sentirme limpio. Antes en cada sueño estaba el diablo y me sentía con mucha culpa y aflicción, y venía la adicción. Eso ya no lo tengo.
¿Cómo eran sus sueños con el diablo?
Terribles. Lo miraba y agarraba lo que fuera para golpearlo. Le daba con un bate y se iba hacia atrás, pero luego estaba nuevamente de pie. Una vez pasé así toda la noche y cuando desperté estaba sudado y cansado. Pero después que pedí ayuda a Dios, el diablo regresó y volví a darle duro, y cuando giré la cabeza, Jesús estaba ahí y el diablo ya no se levantó.
Dicen que el diablo suele estar muy cerca…
Así es, por eso no hay que darle ninguna oportunidad. Desde esa noche que tuve a Jesús a mi lado, el diablo desapareció, pero cuando se me indicó que recibiría un nuevo chance en el beisbol tras estar suspendido cuatro años por mis adicciones, el diablo reapareció, pero yo había aprendido la lección, y es que con Jesús a mi lado nada volvería a afectarme.
¿Usted cree que ya superó esa etapa?
Es una batalla que libro día a día. Cuando llego al final del día y no he consumido, me siento muy bien. Se me hacen varias pruebas de orina a la semana y siempre salgo limpio porque le pido a Dios que me ayude, y de paso tengo que demostrarle a quienes me dieron la nueva oportunidad que estoy siendo honesto y agradecido con este nuevo chance.
Y más llamativo aún es que su talento se conservó…
Dios fue tan generoso que me cuidó. Pasé muchos meses en los cuales no tomé un bate o un guante. Mi cara se volvió muy pálida y mi peso había bajado de 230 libras a 180. Dios me conservó para tener éxito en un trabajo muy difícil como es batear en el beisbol de las Grandes Ligas. Por eso hablo de él y es la única razón por la que he vuelto a vivir.
Josh Hamilton descargó 28 jonrones en el festival de los cuadrangulares en Nueva York. En la ciudad a la que llegue le solicitan entrevistas y en Texas todos quieren un pedazo de él, pero lo que más le llena es estar de vuelta en el campo, ver hacia las gradas y encontrar a su esposa Katie junto a sus hijas Sierra, Julia y Michaela Grace brindándole más apoyo.
“Uno suele lastimar a las personas que tiene más cerca y mi familia sufrió mucho. Sin ellos no estaría donde estoy. Por eso, se lo agradezco tanto, su apoyo, y diario oro al Señor para no defraudar a nadie, para que la gente que viene donde mí y me habla de sus adicciones vea que yo pude salir a la luz y ellos también pueden hacerlo”, explica.
¿Qué tan a menudo revisa el vídeo del Derby de los jonrones?
Bastante. Creo que es necesario aprender a valorar y apreciar todo lo bueno que hemos hecho. Lo malo queremos dejarlo atrás, aunque sigue siendo parte de uno. Pero siempre es muy estimulante descubrir, que a pesar de todo, también tienes un lado bueno.
Dice Vicente Padilla que usted es una persona muy callada…
Es que sólo tengo dos años en las Grandes Ligas y con dos años no creo que debas hablar mucho. Pero estoy contento con lo que he hecho y sobre todo porque he estado saludable. Dios me mantuvo la habilidad para jugar y eso es algo que nunca dejaré de agradecer.
¿Qué piensa de Padilla como lanzador?
Es un gran lanzador. Yo disfruto jugar el centerfield cuando él lanza porque desde allá puedo apreciar mejor todo el daño que sus pitcheos hacen a los bateadores. Cuando Padilla sale al montículo, sé que tenemos gran chance de ganar el partido. Es un competidor.
¿Y los Rangers se pondrán mejores en el futuro?
Ésa es la esperanza. Con el aporte de algunos veteranos, lo que podamos hacer nosotros y el desarrollo de algunos jóvenes, vamos a formar un equipo peleador.
Ése el compromiso para el futuro, dice Hamilton, quien sí parece saber el significado de esa palabra.