Con esa fría y a veces elegante tranquilidad que suelen tener los cajeros de bancos, el joven digitó con una velocidad impresionante la calculadora, luego el teclado de la computadora, sacó los billetes, contó las monedas y me entregó el dinero.
—¿Le puedo ayudar en algo más? Por favor cuente su dinero —dijo.
Tomé el recibo y conté. Faltaban cinco centavos. ¡Ah, pero qué son cinco centavos!, pensé. Cargar monedas es un tequio. Pesan mucho, ocupan demasiado espacio y, por supuesto, me consta que nadie es feliz cuando le realizan un pago con monedas. Todavía recuerdo aquella vez cuando un busero le tiró las monedas en la cara a un señor sólo porque le había pagado los 2.50 córdobas del pasaje con monedas de 25 y 10 centavos. ¡Qué humillación!
—¿Vos qué creés, que soy limosnero? —gritó el busero.
—Pero si son reales, valen lo mismo que cualquier otro billete —le contestó el hombre, mientras se bajaba del bus. No hubo forma de hacer reflexionar al conductor del bus, el tipo estaba ¿indignado?, ¡furioso!
Entonces me pregunté qué nos pasa por la mente cuando recibimos un puñado de monedas. ¿Por qué si al final de cuentas valen lo mismo que los billetes? ¿Será algo sicológico? ¿Masivo? El asunto es que a nadie le gusta cargar monedas. Si tratáramos de encontrar algún lado positivo, hasta son más duraderas que los billetes, pero ¡no nos gustan! Y si para evitarlas hay que hacerse de la vista gorda con los centavos menos que recibimos, ¡no importa!
Un día de éstos hice un experimento. Me fui con mi bolsita de monedas a una cafetería, a ver qué pasaba. A pesar de que la idea me entusiasmó mucho al principio, luego me vino un sentimiento de vergüenza. Y es que las monedas a veces hasta nos hacen sentir más pobres, aunque cien monedas valen lo mismo que el billete aquel con el rostro del pensativo Rubén Darío, no es lo mismo.
Entonces ordené un trozo de pastel y un té. Mientras comíamos, “reflexioné” sobre el tema con un amigo. Reconozco que tuve el impulso de abortar la idea, pero me contuve. Pedimos la cuenta. Mi amigo muy “digno” pagó con sus billetes y yo, ya saben...
—¿Le molesta que le pague con monedas? —le pregunté al mesero.
Me quedó viendo un segundo, sonrió y dijo: “No, no importa, descuida”.
Conté una a una las monedas. Las ordené en dos columnas, en una las doradas de 25centavos y en la otra las de un córdoba.
—Listo, aquí tiene. Cuente.
El mesero volvió a sonreír, esta vez con más gracia y me repitió que no importaba, que todo estaba bien.
Además que no nos gustan, tampoco nos interesa contarlas. ¿Qué clase de economía es ésta? Pero bueno, el experimento continuó. Todavía tenía unas cuantas monedas más, así que me fui al cine. La cartelera de la semana no tenía nada que me interesara, pero como todo era parte del “chiste”, entonces elegí al azar la película que vería, lanzando una moneda al aire.
Llegué a la taquilla, pedí mi boleto y saqué mi bolsita con los 45 córdobas. Claro, con monedas de un córdoba y 25 centavos.
La cajera me vio incrédula. Como que jamás en su vida de cajera le habían pagado los 43 córdobas del tique con monedas. Entonces usé mi táctica de “cien por ciento actitud”, como dice mi colega Lesly Medina. Con cara de quien no le interesa lo que digan, le pregunté: ¿Le incomodan las monedas?
Por supuesto que en su puesto de cajera ella se debe limitar a recibir el pago del cliente, confirmar que esté completo y nada más. Pero no, la cajera en lugar de contestar dejó escapar un largo suspiro y le dijo a su compañera de al lado: “¡Mirá!” Vació la bolsa sobre la mesa, algunas monedas cayeron al piso y con todo el esfuerzo perezoso del mundo las recogió y comenzó a separarlas por denominación.
No sé qué habrá pasado por su mente, pero mientras ella movía las monedas en cámara lenta yo pensaba en el trabajo que le había llevado en aquella bolsita. Con el tique en mano, esperaba que ella confirmara que había dos córdobas de más, pero admito que me dio pena esperar el cambio.
La cajera me volvió a ver, me sonrió y dijo: “Luego las cuento, puede pasar”.