Nunca dos presidentes se quisieron tanto. Si por las fotografías juzgamos, la amistad que sostiene el presidente nicaragüense Daniel Ortega con su homólogo venezolano, Hugo Chávez, va más allá de la ideología y el protocolo.
Ortega, un personaje poco expresivo, de reacciones mesuradas y discursos monotemáticos, sufre una literal transfiguración cuando se junta con Chávez. El rostro cetrino se ilumina, celebra con aplausos o gestos infantiles las ocurrencias de aquél, y se permite abrazos y juegos de manos, inusuales en él.
Chávez es otra cosa. Es el polo opuesto al caritriste de Ortega. Fanfarrón, dicharachero y hablantín. Un día llama diablo al Presidente norteamericano George Bush y al otro comenta en cadena nacional de radio y televisión la ocasión en que sufrió un ataque de diarrea mientras inauguraba una obra y las peripecias que tuvo que pasar para encontrar un lugar donde satisfacer sus necesidades fisiológicas. El magnetismo de su personalidad es tal que en diciembre del 2006 encabezaba las votaciones para personaje del año que realiza anualmente la revista norteamericana Times. Finalmente, la revista eligió al “usuario de Internet” como su personaje a pesar que nunca estuvo en las votaciones.
Tal vez la anécdota que mejor retrate la naturaleza de Chávez, y al forma cómo Ortega se acomoda a ella, sucedió el 16 de enero de este año, cuando Ortega cedió inusualmente el volante de su camioneta al presidente venezolano cuando éste iba rumbo al aeropuerto. Mientras tomaba la Carretera Norte, Chávez realizó un inesperado giro y penetró en las instalaciones de LA PRENSA, obligando a Ortega a entrar a este Diario por primera vez en su vida y a enfrentar de cerca lo que ha sido su principal “dolor de cabeza”. Para Chávez fue una broma. Para Ortega un mal trago. Ahí están las fotos del episodio.