Robert Graves cuenta que desde la antigüedad, en Grecia, durante la vendimia —o sea la cosecha de la uva— guapas doncellas acostumbran mecerse en columpios colgados de los árboles que rodean los viñedos. Esta costumbre es tan antigua como la invención o el descubrimiento del vino. Y la leyenda, dicha brevemente, es así:
Al primer mortal al que Dionisio (Baco), el dios del vino de los antiguos griegos y romanos, le dio una vid o arbusto de la uva, fue a Eneo, rey de Calidón. Sin embargo, fue Icario, príncipe del Ática, el primero que aprovechó la uva para hacer vino. Sorprendido y feliz por su descubrimiento, Icario dio a beber el vino a unos pastores.
Los pastores, no acostumbrados a ingerir aquella bebida embriagante, se emborracharon rápidamente y todo lo miraban doble. Entonces creyeron que habían sido hechizados y, enloquecidos, mataron a palos al desdichado Icario.
El único testigo de aquel trágico acontecimiento fue el perro Mereo, que pertenecía a una hija de Icario llamada Erígone, el que vio con atención que los pastores asesinos enterraban el cuerpo de su amo debajo de un árbol de pino.
Mereo corrió al pueblo a buscar a Erígone, se prendió con sus dientes de la túnica de la muchacha y la haló hasta el lugar donde los pastores enterraron a su víctima. Puestos allí, el inteligente perro escarbó y puso al descubierto el cadáver del infortunado Icario.
Loca de dolor al darse cuenta de lo que había ocurrido, Erígone se colgó del pino a cuyas plantas habían enterrado el cadáver de su padre. Pero antes de morir pidió a los dioses que mientras no se hiciera justicia por el asesinato de su padre, las hijas de Atenas sufrieran la misma suerte que ella, es decir, que murieran colgadas. Y Mereo, al ver muertos a su amo y su ama, entró en una profunda tristeza que le causó la muerte.
Desde entonces, cada vez y cuando de los árboles de pino del bosque aparecían colgados por el cuello los cuerpos de hermosas muchachas atenienses, que se suicidaban de esa manera sin dejar ninguna explicación. Hasta que los notables de Atenas decidieron ir a Delfos, para consultar al oráculo de Apolo por qué ocurrían esas tragedias. Y el oráculo les dijo que era por la maldición de Erígone, que sólo dejaría de cobrar venganza cuando se ajusticiara a los asesinos de Icario.
Por todas partes buscaron a los asesinos de Icario, hasta que los atraparon y ahorcaron como castigo. Y en memoria de Icario y Erígone se instituyó el Festival de la Vendimia, durante el cual se hacían libaciones (derramar vino) en altares mientras hermosas muchachas se columpiaban en sogas colgadas de los árboles, impulsándose con los pies desde pequeñas plataformas colocadas en el suelo. Así las doncellas siguieron colgando de los árboles, pero ya no para morir sino en tributo al vino y a la alegría de la vida, por la justicia que se hizo a Icario y Erígone y en celebración de la vendimia. Y además, los dioses premiaron al perro Merea colocándolo en el cielo, donde se encuentra hasta ahora y es conocido como la Constelación del Can Menor.
(¡Ah! Y para que no volviera a ocurrir lo de los pastores que se volvieron locos al emborracharse con el vino de Icario, un hijo del dios Dionisio que se llamaba Enopión, aconsejó a los mortales que mezclaran el vino con agua para que su efecto no fuera tan embriagante).