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Los “misteriosos” precios de los combustibles
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Es lógico que al aumentar el precio internacional del petróleo tengan que subir también los precios de los combustibles. Esa misma lógica indica que, en sentido contrario, si los precios del petróleo bajan también —y en la misma proporción— tienen que bajar los precios de los combustibles y sus derivados.

Pero no ocurre así. Los precios de la gasolina, el diesel y el gas suben de conformidad con el aumento del precio internacional del petróleo, pero cuando éste baja se quedan arriba o se reducen de modo casi insignificante. Y la explicación que dan las autoridades correspondientes a este “misterioso” fenómeno es que el precio del petróleo representa sólo uno de los varios componentes del precio de los combustibles.

Estamos claros de que el precio del petróleo bruto no es lo único que determina el precio de los combustibles. En su determinación influyen también los costos de transporte, de refinación y de distribución; así como los impuestos, los gastos de publicidad, los salarios y sueldos de los trabajadores y empleados, las ganancias de los intermediarios y distribuidores y quién sabe cuántos otros factores más.

Pero al bajar el costo de cualquiera de esos componentes del precio de los combustibles, lo lógico es que éste baje igualmente, no que suba y ni siquiera que se mantenga igual. Por ejemplo, si ocurriera el milagro de que los diputados de la Asamblea Nacional se decidieran a bajar el monto del Impuesto Selectivo de Consumo (ISC), que es uno de los componentes más encarecedores de los combustibles, el precio de la gasolina y el diesel tendría que bajar inmediatamente. Y lo mismo debería ocurrir con la reducción del precio internacional del petróleo.

Dicen economistas y otros expertos en el tema del petróleo, que la causa de su alto precio radica en una simple ecuación de oferta y demanda. Es decir, que si los países exportadores de petróleo producen más, su precio en el mercado internacional baja de manera obligatoria e inevitable. Y al revés, cuanto menor sea la producción de petróleo más alto será su precio en el mercado internacional. Tan cierto parece ser esto que el Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, viajó a Arabia Saudita en enero y mayo de este año para convencer a las autoridades de ese país — el cual, como se sabe es el principal productor de petróleo en el mundo—, de que aumentara la producción y ayudara de esa manera a aliviar la grave crisis internacional que ha provocado su desmesurado aumento. Finalmente el rey Abdullah accedió a aumentar la producción petrolera de Arabia Saudita en 300,000 barriles diarios, lo cual, aunque sólo fuera como un paliativo causó inmediatamente una baja en los precios internacionales.

Sin embargo, el Gobierno de Nicaragua, en vez de cabildear para que aumente la producción de petróleo en el mundo a fin de que bajen los precios internacionales, más bien hace lo contrario, o sea que apoya las políticas de Hugo Chávez de mantener altos y subir cada vez más los precios del petróleo, y por lo tanto de los combustibles, de los cuales dependen casi absolutamente la economía del país y el modo de vida de todos los nicaragüenses. Según Hugo Chávez y Daniel Ortega, con el encarecimiento del precio del petróleo están golpeando estratégicamente a los imperios capitalistas de Estados Unidos, Europa Occidental y el Asia, pero la verdad es que le causan daño a todo el mundo y hunden en una mayor y más profunda pobreza a pueblos débiles e indefensos como el de Nicaragua. Además, como Ortega y la cúpula de su partido monopolizan la importación del petróleo venezolano, entre más caro sean éste y los combustibles mejor es el negocio que ellos hacen pues mucha más plata se echan en los bolsillos.

Los diputados de la Asamblea Nacional están discutiendo el problema del alto precio de los combustibles, en busca de un mecanismo que lo haga bajar cuando baja el precio del petróleo. Pero la propuesta de los representantes de Daniel Ortega es estatizar la importación de petróleo. Lo que quieren, entonces, no es bajar o regular racionalmente el precio de los combustibles, sino quedarse con las ganancias que obtienen las compañías petroleras privadas que operan en el país. O sea que para la población nicaragüense —incluyendo al “pueblo presidente” de Daniel Ortega— lo que proponen es un remedio peor que la enfermedad.

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