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Obama y las intangibles
Roberto Porta Córdoba
El autor es docente del Lincoln International Academy.
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Barack Obama es un superestrella. Su entusiasmo, preparación académica, elocuencia y hasta ahora intachable historial político hacen que su juventud y argumentada inexperiencia se hayan convertido más bien en activos que presagien un cambio profundo en los pasillos escleróticos de Washington. Su discurso de aceptación en la convención Demócrata atrajo la atención de 40 millones de estadounidenses, superando la audiencia de los Juegos Olímpicos de Beijing y colocándose como uno de los momentos políticos más emocionantes en la historia de la televisión.

Los estadounidenses demandan reformas. El mundo cambia vertiginosamente. Los retos internos y externos de Estados Unidos exigen transformaciones impostergables. ¿No es Obama un agente de cambio perfecto para las circunstancias? Por si fuera poco, el color de su piel es un tributo poético al avance de la lucha por los Derechos Civiles en los Estados Unidos. Martin Luther King, Rosa Parks y los miles de Emmett Till’s destrozados por el odio racial seguramente estarían orgullosos y agradecidos con su inédita nominación.

Pero la política no es bondadosa ni sentimental ni ecuánime, y Barack Obama caminará en las próximas semanas la senda más cínica e irreverente de su vida. Las campañas electorales no se distinguen por una ejecución ajustada a lo planificado. Los ideales se transforman en simples ideas, las ideas en estrategias y las estrategias en cientos de tácticas de ejecución que culminan en compromisos a veces distantes del blueprint con que se inició. Naturalmente, muchos de estos cambios responden a necesidades y conveniencias del momento, capitalizando oportunidades y explotando los traspiés del adversario. Sin embargo, otros cambios —los más traumáticos— son producto de las intangibles, aquellas revelaciones que con fuerza de locomotora impactan en la siquis del candidato y pueden causar un descarrilamiento gradual o súbito de la estrategia original, que se traduce eventualmente en la falta de confianza del votante y en una inesperada y decepcionante derrota electoral.

Estas intangibles no necesariamente parten del relámpago del azar, como le ocurrió a Aznar en España, en 2004, con los atentados de Atocha, o en Nicaragua al Movimiento Renovador Sandinista con el fallecimiento súbito de Herty Lewites, en 2006. En ocasiones, las intangibles brotan en silencio, se desarrollan gradualmente y aparecen en el trayecto inesperadamente. En otras, las intangibles están ya palpitantes desde el inicio de la campaña —como un embrión— sin que el candidato las perciba, listas para salir a luz, producto de la miopía o de la soberbia.

En una arena política tan ordenada como Estados Unidos, los relámpagos son poco probables y el brote de intangibles muy difícil de pasar inadvertido. El peligro para Obama son las intangibles que ya existen, que están ahí, y que nadie puede o quiere ver. ¿Cuáles podrían ser algunas de esas intangibles en esta campaña?

Primera: la subestimación de la fuerza republicana. Los demócratas han llegado a asumir dogmáticamente, que el Republicano es un partido exclusivamente de ricos. Aunque es cierto que la mayoría de ricos de Estados Unidos son republicanos, no significa que todos los afiliados sean ricos. Millones de votos para Bush en 2004 —a pesar de su impopularidad— provinieron de ciudadanos comunes, cuyos ingresos no los clasificaba como ricos. Segunda: la evidente traducción que se ha hecho de la popularidad mediática de Obama en popularidad electoral. La primera responde a emociones y ángulos, la segunda a convicciones y raciocinio. Tercera: cada vez más recurrente, pero aún subestimada, es la intangible del miedo. Aunque Obama no es musulmán, sino cristiano y multirracial, su nombre proviene del árabe, lo cual injusta, pero inevitablemente, inquieta la memoria de los estadounidenses y martilla heridas aún no curadas. Cuarta: su raza. A pesar de que Obama no llena la descripción típica del afroamericano y de que ya se ha hablado de los avances en la lucha por los Derechos Civiles, la sociedad estadounidense continúa siendo tradicionalista, liberal de pensamiento, pero conservadora en actitud, combinación que aún oxigena al demonio del racismo y que —especialmente en los Estados sureños— podría hacer de Obama, no un afroamericano, sino un epíteto de triste recordación.

Pase lo que pase en noviembre, Obama ya ha hecho historia. Su mera nominación, junto al intento de Hillary y ahora el de Palin por el lado republicano, constituyen un hito en la historia política de los Estados Unidos. Las minorías golpean a la puerta y se preparan a moldear el destino del siglo XXI. Aún con sus contradicciones, la democracia estadounidense debe sentirse orgullosa.

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