Dos días antes de subir al ring para enfrentar al japonés Yutaka Niida, Román “Chocolatito” González experimentó los días más largos de su vida.
“ Desde que llegué a Japón no podía dormir, eran las cuatro de la madrugada y aún estaba despierto, no sé qué me pasaba, era como una confusión”.
Los ojos de Román se tornaban vidriosos al ver la deliciosa comida, su paladar añoraba ese suculento pollo con papas, pero estaba prohibido, tenía que dar el peso exacto.
“Yo sólo bebía un vasito con agua y luego para el cuarto. Me daban ganas de comer todo lo que había en el hotel. Fueron días muy complicados. En el boxeo lo más difícil no es la pelea, sino el entrenamiento, esa etapa es de sacrificios”, relata “Chocolate”.
El día de la pelea, Román estaba un poco nervioso. Una oración calmó sus ansias y se concentró para subir al cuadrilátero.
“Ring, ring”, sonó la campana e inició el combate.
“Yo sentí que perdí en el primer round, no pude darle un buen golpe a Niida. Le preguntaba a mi entrenador si estaba ganando y sólo me decía que lo atacara más”, explica.
Para el segundo asalto, González entró con más confianza.
“Le di un gancho en el estómago al japonés y oí su gemido de dolor, yo ya lo tenía, sus golpes no me hacían nada, esperaba un rival de mayor fortaleza”, detalla.
En el tercero, ya con la victoria casi asegurada, “Chocolatito” aún esperaba una reacción de su rival, pero era todo lo contrario.
“Bam, bam, lo golpeaba y él no logró darme un golpe fuerte, pero aún no me confiaba, esperé alguna reacción y no llegó”.
La inocencia de Román lo asustó en el cuarto round.
“¡Ay Dios mío mi lindo!, dije, porque me asusté cuando le rompí la nariz al japonés”. ¿Habré hecho algo malo?, se preguntó.
“Luego de que el médico dijo que Niida no podía seguir, allí me sentí campeón, pero hasta hoy no he logrado asimilar bien todo lo que me ha sucedido”, confiesa el Campeón Mundial.