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Centroamérica
Iván de Jesús Pereira
El autor es Abogado
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Ciento ochenta y siete años han pasado desde que surgimos a la vida independiente. Lo que hoy se conoce como Centroamérica, tiene su punto de partida en la erección de la primera Diócesis de Nicaragua, en León (primera institución española en el istmo) en el Consistorio presido por Clemente VII, el 26 de febrero de 1531 y confirmada por la bula “Equum Reputamus” del Papa Pablo III (2 de noviembre de 1534) en la que se nombra como primer Obispo de Nicaragua, al venerable Diego Álvarez Osorio, y en la decisión administrativa de la Corona Española de crear una audiencia, lo que se conoce como: “La Audiencia de los Confines”, 13 de septiembre de 1542.

El Reino de Guatemala era una agrupación de unidades dispersas y aisladas, sin verdaderas vías de comunicación, que las conectasen entre sí. Subsidiado por México, y como dice el historiador costarricense Cleto González Víquez: “Jamás existió un pueblo que respondiese a la denominación de centroamericano”.

Ciudad Real, Guatemala, San Salvador, Comayagua, Tegucigalpa, León, Granada y Cartago nunca impulsaron un desarrollo a lo interno, que generase en prosperidad. Vivimos en el abandono y la opresión, tanto de España como de Guatemala, y no constituimos un modelo a desarrollar como fue el caso de las trece colonias de Norteamérica .

La idea de la independencia comenzó a germinar en los pasillos de las Cortes de Cádiz. La ineptitud de los Borbones y la ingratitud de Fernando VII fueron abono para la misma. Pero al correr la sangre granadina en Jalteva, un 12 de abril de 1812, patriotas como el alcalde, Juan Argüello y el Regidor, Manuel Antonio de la Cerda, comprendieron en la solicitud de las mazmorras, que la hora de la emancipación había llegado.

Nuestra Acta de Independencia fue redacta por el más preclaro y sabio de los centroamericanos de esa época, el hondureño José Cecilio del Valle. Más tarde nos diría: “Yo tuve el honor de haber escrito el Acta Memorable del 15 de septiembre de 1821, la primera de nuestra Independencia y libertad, recibida con entusiasmo por los pueblos de esta nación, y reimpresa con elogios en otros”.

Pero la hora de los próceres y del debate de ideas, como el que se produjo entre el “Editor Constitucional” y el “Amigo de la Patria” pasó muy pronto.

Incongruente resulta, que precisamente un 15 de septiembre de 1842, Día de la Independencia, el hombre que más contribuyó a la formación de la Nación Centroamericana y cuya identidad había procurado mantener, Francisco Morazán, cae abatido, ante un pelotón de fusilamiento, en San José de Costa Rica. Ante el silencio de una multitud expectante que veía desfilar el cortejo, Morazán dijo: “¡Con qué solemnidad celebramos el día de la Patria!”

El rompimiento con España nos trajo la anarquía. José Zepeda (Jefe de Estado) es asesinado en León y “Siete Pañuelos”, el “Chelón” Valle, Trinidad Gallardo y otros ponen en peligro la República. Malespín, general salvadoreño, y Santos Guardiola, hondureño, incendian y saquean la ciudad de León, un 24 de enero de 1845. Rafael Carreras, de Guatemala, es el primero de los tiranos que hasta la fecha azotan la región. Darío nos diría:

“Y en las tierras de Chicha, Cuzco y Palenque

han visto engalonadas a las panteras”.

Legitimistas y Democráticos no tuvieron límites. Por El Realejo, a invitación nuestra, entra Walker. La Patria, al borde del abismo, es salvada gracias al acuerdo del 12 de septiembre de 1856 entre Máximo Jerez y Tomás Martínez y el apoyo de los ejércitos de los países de Centroamérica, que hacen posible el resplandor del acero de José Dolores Estrada y la inmortal pedrada de Andrés Castro en San Jacinto.

Centroamérica tierra de humanistas como Fray José Antonio Liendo y Goicoechea. De idealistas como Juan José Arévalo y Salvador Mendieta. De novelistas a la altura de Miguel Ángel Asturias. Tierra de santos y santas, los guatemaltecos Pedro de San José Betancur y Madre Encarnación Rosal, reformadora de las Belemitas. Sor María Romero (la monjita que une a Nicaragua y Costa Rica). De patriotas, como Benjamín Zeledón que salvó el honor nacional en La Barranca y Coyotepe. Del muchacho de Niquinohomo: Augusto César Sandino, que se enfrentó a los infantes de marina y toda su parafernalia, en las tierras de Las Segovias. De obispos proféticos que entregan su vida siguiendo el ejemplo de Juan el Bautista, como Antonio de Valdivieso en Nicaragua, Oscar Romero en El Salvador y Juan José Gerardi en Guatemala.

Centroamérica. ¡Está esperando todavía su realización!

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