El gobierno del presidente Daniel Ortega y los medios de comunicación oficialistas, han arremetido también contra organizaciones de la sociedad civil que critican las políticas gubernamentales equivocadas y perjudiciales para el interés popular y nacional. Los medios oficialistas han sido feroces en sus ataques injuriosos y denigrantes incluso contra dirigentes políticos y sociales de izquierda, que fueron prominentes funcionarios en el régimen revolucionario sandinista de los años ochenta pero que ahora disienten de las políticas del presidente Ortega y del FSLN, ya sea por ortodoxia ideológica o porque han evolucionado hacia posiciones moderadas, reformistas y de socialismo democrático.
Los ataques gubernamentales y de los medios oficialistas contra dirigentes políticos, activistas sociales, periodistas e intelectuales de izquierda, son tan injustos, arbitrarios e injuriosos, como los que a diario lanzan contra personas de otras ubicaciones ideológicas. En realidad, el palo con el que golpean a personas de izquierda como Dora María Téllez, Ernesto Cardenal, Carlos Mejía Godoy, Carlos Fernando Chamorro y Sofía Montenegro, por ejemplo, es el mismo garrote con el que atacan a Violeta Granera, a Eduardo Montealegre, a Jaime Arellano, a Jaime Chamorro Cardenal y Eduardo Enríquez, entre tantas otras víctimas de la maquinaria propagandística y represiva del orteguismo.
De manera que no sólo es lógico, sino también necesario, que las víctimas de los ataques orteguista se respalden entre ellas y que se unan para enfrentar las embestidas de la intolerancia gubernamental, sin dejarse dominar por prejuicios ideológicos y resentimientos políticos, sociales e históricos de cualquier clase. Esto es necesario subrayarlo, porque hay quienes creen que no nos debemos solidarizar con personajes de izquierda, como por ejemplo Ernesto Cardenal, porque él formó parte de la dictadura sandinista de los años ochenta que suprimió la libertad de prensa y reprimió al Diario LA PRENSA en particular. Pero lo más importante no es dónde estuvieron esas personas antes, sino dónde están ahora. Es cierto que la historia no se olvida ni se debe olvidar jamás. Sin embargo, eso no significa que la conducta del presente se deba condicionar a rencores y resentimientos por los agravios del pasado. Eso no es sano mental y espiritualmente, ni concuerda con los principios humanistas y cristianos que sustentamos, predicamos y tratamos de practicar. Además, la unidad de las víctimas del autoritarismo y de la intolerancia de ahora, es condición indispensable para resistir la adversidad y sobre todo para vencerla.
Tal vez sea útil en estas condiciones históricas, aprender de aquella historia que contó un sobreviviente del totalitarismo hitleriano en Alemania. Cuando los nazis llegaron a capturar a los judíos, para liquidarlos —dijo—, nadie protestó, ni siquiera yo; después llegaron por los comunistas y los socialdemócratas, pero los demás permanecimos impasibles; cuando llegaron por los sindicalistas y los empresarios, los otros guardamos silencio; y cuando los nazis llegaron por mí historia, ya no quedaba nadie que pudiera protestar y defenderme. Esta anécdota se le ha atribuido al dramaturgo comunista alemán Bertol Brecht, pero en realidad fue dicha por el pastor luterano Martin Niemöller, en un sermón que pronunció durante la Semana Santa de 1946 en la ciudad de Kaiserslaurten. Así explicó aquel religioso cómo el nazismo se aprovechó de la división política, de los prejuicios ideológicos y la indiferencia egoísta, para imponer su diabólica dominación totalitaria.
De manera que más que un error sería una estupidez que las víctimas del orteguismo no se apoyen unas a otras, y que no se unan porque algunas son de izquierda y las otras de derecha o de centro. La unidad de todos los nicaragüenses democráticos, sean de izquierda, de derecha o de centro, es indispensable para derrotar el proyecto de restauración de la dictadura y para construir la república pluralista, democrática y progresista que necesita Nicaragua y que merece la población nicaragüense.
El doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal dijo en tiempos de la dictadura somocista, que “la unidad de todo el pueblo, de todos sus sectores políticos, económicos y sociales, para luchar por la democratización de Nicaragua, es el mandato de nuestra historia y la exigencia apremiante de las circunstancias que vive el país”. Esas sabias palabras tienen de nuevo, ahora, una palpitante validez.