Por siglos la humanidad ha usado el hierro y el acero para la construcción de armas que han sido levantadas por unos seres humanos en contra de otros. En la antigüedad se usaron flechas, lanzas y espadas; posteriormente se inventó el revólver, el arcabuz y el fusil; más tarde llegó la ametralladora, el cañón, el tanque, el avión; más recientemente los hierros y aceros se han metafóricamente perfeccionado, más allá de su estructura física, en la temible bomba atómica, o bomba nuclear.
Existen actualmente en el mundo unas 28,000 cabezas nucleares diseminadas en menos de una decena de países, con las cuales se podría desintegrar el planeta entero en menos de media hora. Tenebrosa realidad, de la cual la conciencia, la sabiduría y la sensatez nos llaman a estar celosa y diligentemente conscientes.
Pero hay también otras perspectivas desde las cuales se alude al acero y al hierro. Los profetas bíblicos del Antiguo Testamento, Isaías y Miqueas, visualizaron hace 2,700 años, una situación sublime, cuando los seres humanos: “Convertirán sus espadas en rejas de arado, sus azadones y sus lanzas en hoces. No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Isaías 4:3; Amós 2:4).
Las décadas de guerra, confrontación, descalificación, violencia y odios, nos han dejado resultados más que evidentes y espeluznantes: decenas de miles de víctimas, luto y dolor, pobreza, miseria, atraso, analfabetismo, degradación ambiental, récord de ser el segundo país más pobre de América Latina. En modo alguno podemos estar orgullosos de ello, mucho menos satisfechos de tan cruentos y lamentables resultados.
Recientemente, connotados líderes nacionales han estado haciendo peligrosas y nada sensatas alusiones al acero y al hierro, triste y preocupantemente, desde esta perspectiva de violencia y confrontación de hermanos contra hermanos que tan funestos resultados nos ha dejado. No es hora ya más de estar atizando odios, violencias y armamentismo; más que suficiente ya de ello. Es hora de sensatez, es hora de la paz, de la concordia, del diálogo y del consenso, de la hermandad y de la unidad.
Sabemos muy bien que la paz y la unidad hacen la fuerza y que el sumar esfuerzos y voluntades es lo único que nos puede ayudar a salir adelante en la superación de la pobreza y de las tristes condiciones que arrastra nuestra Nicaragua. En realidad, la guerra y el odio benefician a unos cuantos seres deshumanizados, pero la paz, la concordia, la participación, el consenso, tienen grandes y loables réditos para todos. Así lo demuestran fehacientemente, especialmente las sociedades europeas en las últimas cinco décadas.
Hemos elegido autoridades nacionales y políticas para que procuren el bienestar de todos los nicaragüenses; las campañas electorales enfatizaron la erradicación de odios y confrontaciones, cultivando la reconciliación, el amor, la fraternidad, la unidad; muy acertadamente. Se hace imperativo que estos valores imperecederos de la humanidad se traduzcan en realidades concretas, en cumplimiento a esas promesas de campaña y en esperanza de que por fin Nicaragua sea una patria para todos, plena de hermandad, de fraternidad y de oportunidades para los nicaragüenses sin distingos.
Todavía estamos a tiempo de ser parte del cumplimiento de las profecías bíblicas: Que haya aceros y hierros, pero de arados abriendo los surcos que hagan fructificar la pródiga tierra que el Creador nos cedió, con abundancia de frutos, cosechas de la paz, para bendición de las generaciones presentes y futuras.