Es probable que el presidente Daniel Ortega ni siquiera conozca dónde están Osetia del Sur y Abjasia; y que no sepa a qué se debe el conflicto que ha puesto a esos territorios en el eje de un conflicto internacional y en el centro de la atención mundial. Pero con tal de mostrar su fobia y hostilidad a Estados Unidos y la Europa democrática, Ortega corrió a reconocer, en nombre de Nicaragua, la independencia de esos lejanos territorios caucasianos que se han desprendido —con el respaldo decisivo de Rusia— de la antigua república socialista soviética de Georgia, la cual ahora es uno de los países más democráticos de esa región y por lo tanto uno de los principales amigos y aliados de Estados Unidos y Europa Occidental.
En realidad, Daniel Ortega se ha colocado en este caso junto a los gobernantes más autoritarios del mundo, que son los únicos que se han alineado con Rusia en su enfrentamiento con Estados Unidos y Europa Occidental. Como lo hizo ver la televisión alemana Deutsche Welle en su emisión por Internet, el 22 de agosto pasado: “Sólo los autócratas y dictadores se han puesto del lado ruso. Entre ellos se cuenta a (Hugo) Chávez y (Raúl) Castro. El presidente sirio, Bashar al Assad, y el autoritario presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, elogiaron también al jefe del Kremlin, Dmitri Medvedev, por su actuación en el sur del Cáucaso. Así que el club de apoyo internacional a la incursión moscovita no tiene las mejores recomendaciones”, observó la Deutsche Welle.
En realidad, en el mundo ha causado mucha extrañeza que un país tan pequeño, tan alejado del Cáucaso y tan ajeno al conflicto de Rusia con Estados Unidos y los países europeos de la OTAN, como es Nicaragua, se haya involucrado gratuitamente en este problema al ser el único, después de Rusia, en reconocer a Osetia del Sur y Abjasia como Estados independientes. La misma Deutsche Welle entrevistó el jueves de esta semana al doctor Oliver Dörr, experto en derecho internacional de la Universidad de Osnabrück (la histórica ciudad germano-sajona que fue fundada por Carlomagno en el año 780 después de Cristo y en la cual se firmó la Paz de Westfalia en 1648), al que preguntó cuál es el valor jurídico que puede tener el reconocimiento de Daniel Ortega a la independencia de Abjasia y Osetia del Sur. “El reconocimiento es una declaración que confirma una situación, pero no crea Estados por sí mismo, no es constitutivo”, aseguró el experto germano en derecho internacional, quien precisó que: “Esto es así para evitar que proliferen Estados donde no los hay sólo porque han sido reconocidos, y al contrario: para evitar que algunos Estados puedan entorpecer el nacimiento de otros que ya existen de facto”.
Por supuesto que a Daniel Ortega le deben importar un bledo las normas del derecho internacional y los criterios que se toman en cuenta para el reconocimiento de un nuevo Estado. Pero Ortega no toma en cuenta que al reconocer a Osetia del Sur y Abjasia como nuevos Estados Independientes, debe reconocer también a Kosovo, cuyo derecho a la existencia como país independiente rechazan con ardor precisamente Rusia y sus aliados. En realidad, si en el Cáucaso los osetios y los abjasios tienen derecho de no sentirse georgianos ni querer formar parte de Georgia, igual derecho tienen los kosovares a no ser serbios y a separarse de Serbia en los Balcanes. Y del mismo modo se tendría que reconocer como Estados soberanos a las provincias bolivianas que ahora están luchando por su autonomía frente al régimen centralista, autoritario y sectario de Evo Morales, aliado de Daniel Ortega, si decidieran separarse y proclamar su independencia nacional.
Como sea, lo cierto es que Nicaragua no debería meterse en el pleito de Rusia con Estados Unidos y Europa Occidental. La experiencia del conflicto Este-Oeste en los años ochenta del siglo pasado, en el que el país se vio comprometido por la misma política aventurera que Daniel Ortega y su partido de nuevo están practicando ahora, fue terriblemente frustrante y perjudicial para Nicaragua. Y sólo un gobernante irreflexivo, que pone sus pasiones por encima del interés nacional, es capaz de exponer a la nación a las graves consecuencias que podrían derivarse de formar parte, otra vez, de las intrigas y conflictos de la guerra fría mundial.